Wednesday, August 09, 2006

Informar desde la dictadura

Informar desde la dictadura

Más de 150 profesionales de los medios de comunicación esperan desde el
pasado 31 de julio el visado para entrar en la isla Algunos de los que
intentan colarse sin el documento son expulsados del país tras ser
detectados en el aeropuerto

Son muchos los periodistas que estos días «luchan» por informar de los
cambios que están ocurriendo en Cuba. Éste es el relato de cómo los
plumillas intentan sortear todas las barreras que pone el régimen. La
imaginación y la discreción son indispensables.

Luis F. Millán Enviado especial

La Habana- El siguiente es el relato de las peripecias, angustias y
desvelos vividos por los periodistas para burlar la censura de la
dictadura cubana y las medidas de seguridad implantadas por el Centro de
Prensa Internacional, dependiente del Ministerio del Interior cubano,
que se encarga de supervisar –«aprobar»– el trabajo de los
corresponsales extranjeros permanentes y en tránsito. El esfuerzo
realizado por varios de los periodistas con los que he tenido el placer
de conversar no tiene otro objeto que ofrecer la información más
completa y objetiva posible a sus audiencias sobre lo que sucede en la
isla, y aportar un granito de arena a la lucha a favor de la libertad de
expresión que libran diariamente los profesionales de los medios de
comunicación. Evidentemente, la mayoría se presenta en La Habana sin el
visado especial de trabajo que exigen las autoridades de la dictadura.
Su tramitación lleva 21 días de media, según establece la burocracia
revolucionaria. No hay otro camino que el de hacerse pasar por uno más
de los millares de turistas que se internan cada semana en la isla en
busca de diversión y solaz esparcimiento. Por cierto que como destino
turístico Cuba es actualmente carísima. Los dólares americanos no los
coge nadie en la calle, el peso cubano cotiza a la par del euro y en
cada transacción descuentan un 15% de comisión. Un trayecto en taxi de
unas 20 calles sale a no menos de diez euros. Consejos desalentadores.
Los más inexpertos dan la primera explicación que se les ocurre en el
control de migración del aeropuerto José Martí, que por lo visto no es
muy difícil de franquear sin problemas. En las recepciones de los
hoteles, como era de esperar, no se aceptan las tarjetas American
Express –no hay transacciones comerciales con EE UU–, pero no se pone
ninguna «pega» a la Visa española. Los que burlan estos controles se dan
de bruces contra la realidad cuando se intenta hacer contacto con una
fuente informativa: «Te van a echar, en cuanto te detecten, te detienen.
Y si te va bien, te ponen en el primer vuelo de regreso y quedas en la
lista negra para no volver a entrar nunca más» es el triste consejo de
los más veteranos que ya se conocen el proceso. Es absolutamente verdad.
Mario Antonio Guzmán, de Radio Cooperativa de Chile; Álvaro Ugaz, de
Radio Programas del Perú, y los enviados especiales de «The Washington
Post», «Los Angeles Times» y «The Miami Herald» fueron detectados en la
fila del control de inmigración del aeropuerto, aislados e interrogados.
A todos se les informó que no estaban autorizados a entrar en el país y
que debían abandonar inmediatamente la isla, corriendo ellos mismos con
los gastos del viaje, claro está. Todo intento de negociación resultó
inútil, y las autoridades migratorias les advirtieron de que no
permitirían el ingreso de ningún periodista no acreditado. Más de 150
profesionales de la comunicación de todo el mundo aguardan el
correspondiente visado de Prensa de las autoridades cubanas desde la
noche del 31 de julio, cuando se difundió la «proclama» de Fidel Castro
delegando temporalmente el poder. El caso de los informadores
estadounidenses, chilenos y peruanos no era el único. LA RAZÓN pudo
contactar en La Habana con el enviado especial de otro medio español que
fue detectado y amenazado con represalias contra su medio si enviaba una
sola crónica. Por el contrario, hubo otro caso de un periodista español
que sí trabajó amparándose en una identidad falsa. Con este panorama tan
halagador y se superan todos los obstáculos, los periodistas se dan a la
tarea de levantar cuanta información pueden, hablando con la gente de la
calle y buscando su confianza y complicidad, siguiendo puntualmente
también los mensajes oficiales del régimen a través de la Prensa
escrita, la radio y la televisión, e intentando hacer contacto con
«fuentes reservadas». No se pueden tomar notas, eso hubiese resultado
demasiado obvio, así que se escucha cuanto se puede y se hacen visitas
al servicio para apuntarlo todo, imbuidos todos del espíritu de Ernest
Hemingway. Con disimulo. Por las noches, con la música de los programas
de la televisión como fondo para no ser escuchados, los periodistas
ilegales escriben en sus ordenadores portátiles en la clandestinidad de
su habitación de hotel, intentando evitar el ruido del teclado. El texto
se guarda en un disquette y a la mañana siguiente los plumillas se
dispersan por alguno de los locales que ofrecen Internet para turistas.
Sabedores de que cualquier empleado puede convertirse en delator si se
le presenta la oportunidad, favor con favor se paga, algunos se pasan la
mañana buceando en páginas deportivas o de la Prensa del corazón, y
cuando se tiene la certeza de que no hay vigilancia, se introduce
discretamente el disquette en el ordenador para vaciar su contenido en
el correo electrónico. Después, cuando nadie mira, se extrae el pequeño
y plano cuadrado de color negro. Después se hacen los «suecos». La
agonía de Fidel puede alargarse meses, así que no es mucho lo que un
periodista clandestino puede hacer. Aún así, los que se han quedado
fuera a buen seguro que seguirán intentado acceder a la dictadura de uno
u otra manera. La historia del relevo en Cuba es demasiado buena.

http://www.larazon.es/noticias/noti_int23333.htm

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