CUBA: LA GENERACIÓN DESCONECTADA
LA HABANA, Cuba.- Si Karl Marx levantara estos días la lápida que le
atenaza las barbas en las colinas de Highgate, seguramente agarraría el
primer vuelo hacia Cuba para observar de primera mano qué está pasando
con la última revolución socialista de Occidente.
Ante el teatro que lleva su nombre en La Habana se mesaría la alborotada
cabellera, y se quedaría petrificado al entrar en la sala Atril, el
antro abierto en el mismo edifi cio del teatro, en el que se dan cita
jóvenes con celulares de última generación, vestimenta de Zara y unas
irreprimibles ganas de regodeo.
Cualquier visitante que, como el fantasma del pensador alemán, se deje
caer un sábado por la noche por la sala Atril, pensará por un instante
que se encuentra en una ciudad capitalista, y no en La Habana de la
libreta de racionamiento, los Comités de Defensa de la Revolución y las
marchas del pueblo combatiente.
Abierto hasta la madrugada, el antro acoge cada fi n de semana a decenas
de jóvenes que bailan desenfrenadamente las canciones de los Van Van o
el último éxito de Shakira. La barra del local no da abasto. Corre el
alcohol de una mesa a otra y los billetes de pesos convertibles (la
moneda fuerte del país tras la salida de la circulación del dólar en
2004) colman una caja registradora que tiene cuño socialista.
La clientela de la sala Atril representa a una parte de la juventud
cubana que imita las pautas de comportamiento capitalistas.
Su procedencia social es variopinta.
Ahí se dan cita los "hijos del régimen" con posibilidades, los jóvenes
profesionales que trabajan en empresas extranjeras y los estraperlistas
que dejan en una noche lo que han ganado en una semana en el mercado negro.
En la Cuba del siglo XXI, con dos monedas en circulación (el peso cubano
y el CUC, o peso convertible), las desigualdades en el nivel de vida de
la población están a la orden del día, como reconocen las propias
autoridades.
Y muchos jóvenes no tienen otra salida que mirar más allá de la raya del
mar. Eso es lo que hace Nelson, 26 años, apostado en el malecón: "Yo soy
de Holguín y vine a La Habana porque allá no hay futuro.
Pero esto está igual de malo, y peor que se va a poner ahora". Como
Nelson, la mayoría de los jóvenes reclama una apertura económica, antes
que un cambio político.
No son muchas las voces disconformes que se dejan oír en La Habana.
Desconfi ados hasta de su sombra, los cubanos recelan de todo aquel que
se interesa por su opinión política. En estas últimas dos semanas, desde
que Fidel Castro anunció en su "Proclama al pueblo de Cuba" que cedía
temporalmente el poder a su hermano Raúl por problemas de salud, en la
capital cubana reina, junto a la calma, un silencio abrumador.
"Si me preguntas de beisbol, no paro, pero del hombre (Fidel) no voy a
hablar. ¡Qué va!", se excusa un joven negro del barrio de Centro Habana,
uno de los más confl ictivos de la capital cubana.
La Universidad de La Habana alza sus muros neoclásicos en pleno centro
de la ciudad. En agosto sus aulas están cerradas.
Sólo algún estudiante despistado deambula por allí. En las escalinatas
que conducen al rectorado una joven avanza apresurada.
Al interpelarla por la inédita situación política que vive el país, se
le descompone la mirada: "Lo siento, estoy apurada, pregúntele a otro".
Ante la insistencia, la joven, airada, ofrece una respuesta críptica:
"Está todo normal; lo único que puedo decir es que los jóvenes estamos
más dispuestos a defender lo nuestro".
Un joven licenciado en Filosofía, que prefi ere escudarse en el
anonimato, ofrece su versión de la actitud de los jóvenes: "No
encontramos espacios donde afl ore el debate".
http://www.expreso.com.mx/index.php?s=vernota&id=13335
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