Thursday, January 19, 2006

Realismo tragico

PRISIONES
Realismo trágico

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Al décimo día la atmósfera de alienación aún era un obstáculo insuperable. Los altercados constituían un pasatiempo en ocasiones traducido en hechos sumamente peligrosos. Las discusiones originadas por las causas más nimias que se puedan imaginar a menudo concluían en fracturas de huesos, hematomas y magulladuras de diversa magnitud.

Ver un ladrillo en pleno vuelo a escasos 30 centímetros de la cabeza fue una experiencia imborrable. Era el arma de uno de los contendientes de una riña, originada por una presunta trampa durante la partida de dominó. El trozo de concreto se estrelló contra los balaustres.

Estaba en el cubículo 11 del Destacamento 2B de la Prisión Provincial de Guantánamo. Recién había terminado abril y comenzaba a recorrer otro tramo en el sendero de la fatalidad. Mayo de 2003 apenas se desperezaba. Yo allí vestido de gris, sumergido en aquel mundo de la enajenación y el absurdo. Cero civilidad, cero sentido común. Ni sombras de sosiego, sólo tensiones y brutalidad como baluartes de la degradación humana.

Sobrevivía junto a 17 hombres encontrados culpables de delitos comunes. Hechos de sangre, estafas, malversación, robos con violencia y hurtos que no merecían la reclusión. Había un poco de todo en aquella porción del infierno.

Casi ninguno recibía visita de sus familiares. Desarrapados, con olor a cebolla por la falta de jabón e indiferentes ante la asidua fetidez de los alimentos, aquellos hombres dirimían una batalla diaria contra la adversidad. Casualmente se mantenían con vida, pero propensos a la locura y a la violencia como un atajo para escabullirse de las incertidumbres.

Algunos mostraban, con cierto grado de satisfacción, las pequeños surcos sobre su piel y los pespuntes de las suturas. Heridas en los antebrazos, muslos y cuellos, autoinfligidas con el fin de lograr atención a sus demandas o simplemente para exorcizar los demonios que suelen aparecer en estas circunstancias, acentuaban la morbosidad a una escala inconmensurable.

José, tenía en su haber tres intentos de suicidio. Lo vi sin conocimiento, tras ser descubierto en el baño tratando de ahorcarse. La próxima vez se lanzaría del tercer piso del penal. "No puedo resistir más, prefiero estar en una tumba", me decía con una sinceridad de espanto. Sus características evidenciaban notorios fallos mentales. Es posible que ya sea un cadáver. Un status que quería a toda costa.

Una tarde releía la Odisea, el clásico de la literatura griega recostado en la litera, la segunda de una hilera vertical de tres compartimientos. Poco antes aconsejaba a "Carlitín", decidido a hacer algo con tal de que lo llevaran a ver a su madre enferma. Las autoridades no accedían a las peticiones.

Miré a mi izquierda y con la pausa terminó la lectura. Alcancé a ver las últimas puntadas que clausuraron la boca. Se la había cosido, impertérrito, sin una queja, con una aguja vieja y un cordel que un tiempo fue blanco. En el piso, gotas de sangre. Ese día, yo tampoco pude comer.

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