Tuesday, March 18, 2014

Después del obituario

Después del obituario
DARIELA AQUIQUE LUNA | La Habana | 18 Mar 2014 - 7:46 am.

¿Cuán faltos de alternativas nos sentimos ahora, que pensamos como una
opción la de refugiarse en la precaria posibilidad de que un cambio
radical en Cuba dependa del obituario?

Las doctrinas o corrientes promulgadas por ciertos personajes de la
historia (muchos de ellos tristemente célebres), han dado a luz
partidos, movimientos o grupos de fanáticos, que inspirados en las
filosofías, en el caso de los creadores o impulsores, han tomado sus
patronímicos.

De aquí el marxismo, el leninismo, el stalinismo, el maoísmo, el
castrismo o, más recientemente, el chavismo. La teoría trasciende más
que los individuos. Lenin no era nada comparado con el leninismo. Chávez
no es nada comparado con el chavismo. Puesto que Lenin o Stalin o Chávez
son lo individual, sus ismos son lo general.

Pero, ¿hasta qué punto puede el individuo exceder a la doctrina?

Después del triunfo de los barbudos en 1959, muchos cubanos y cubanas
vieron en la figura de Fidel Castro a una especie de Dios en la tierra.
Teniendo en cuenta que desde los primeros años de su gobierno, incluso
hasta nuestros días, el culto a la personalidad fue el ingrediente
principal de su régimen. Muchos de los que hacían parte de las masas
entusiastas se autodefinían fidelistas, más que socialistas, más que
comunistas, y casi hasta más que cubanos.

Sin embargo, con el paso de los años la impopularidad del régimen y, por
supuesto, de su adalid, fue extinguiendo esa percepción hasta quedar
reducida a la nada. De hecho, cuando su hermano Raúl heredó el poder de
la Isla, ya nadie se consideraba ni fidelista, ni castrista. Hoy en la
variopinta sociedad cubana coexisten los opositores, los defensores de
un socialismo diferente, los de ideas anquilosadas, los "no sé qué rumbo
tomar"; en fin, cualquier cosa, menos un castrista.

Lo cierto es que, aunque desde ópticas diferentes, todos parecen
converger en el hecho de que un cambio es inminente, o de que es una
circunstancia casi tangible. Sin embargo, más de una vez he escuchado
una frase que llama mi atención: "Cuando se mueran los Castro…"

Los cubanos y las cubanas hemos vivido durante más de cinco décadas en
la práctica de cuatro opciones:

1) Los que se decepcionaron y se fueron. O los que fueron obligados a irse.

2) Los que se decepcionaron y se quedaron en la inercia, esperando a ver
qué pasa (una suerte de exilio metafísico). O los que sencillamente no
han tenido la manera de irse.

3) Los que todavía albergan esperanzas, porque les cuesta aceptar que
han sido timados en su credo. O los que se acomodaron y le siguieron el
juego al sistema.

4) Los que siguieron luchando desde dentro.

¿Cuán faltos de alternativas nos sentimos ahora, que pensamos como una
opción la de refugiarse en la precaria posibilidad de que un cambio
radical en Cuba dependa del obituario?

Irse del país en éxodos masivos o individuales se convirtió para muchos
en su meta de realización personal o en el llamado de la suerte. Como
habiendo encontrado en la huida la única vía posible para contrarrestar
la inconformidad, las carencias o la impotencia.

Los que fueron obligados a marcharse abarcan un amplio panorama: desde
presos políticos puestos en libertad a cambio de abandonar la Isla,
hasta quienes tenían en juego su integridad física. O los expulsados,
como tantos, en los días del Mariel.

Lo cierto es que el exilio ha costado sobradas vidas y demasiadas
tristezas. En este grupo, muchos sueñan con regresar cuando todo cambie
a refundar el país. Y esperan la noticia del deceso de los Castro como
si ese momento fuera el punto de partida para ese futuro diferente y
añorado.

Los que se han arraigado a la cotidianidad, los devotos y practicantes
del conformismo; los que van a las reuniones y levantan la mano por no
buscarse problemas; los "no, yo no hablo de política..."; los "a mí, me
da lo mismo…"; los "no cojas lucha, mijo, tú estás en Cuba…"; los
"nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino...": este sector ha sido el
más afectado por el daño antropológico que el sistema conscientemente
les ocasionó, atrapándolos en la desidia. Esta gente, sin embargo, se
queja en voz baja y sueñan que un día tal vez todo cambie. Y hasta
inconscientemente tienen cifradas sus esperanzas en esa noticia, que no
se atreven a pronunciar pero que les crea expectativas.

Por otro lado, está la caterva de los acomodados, los que vendieron su
alma al diablo y gozan de ciertas prebendas. Los de sempiterna vocación
de dirigentes. Los chivatos por naturaleza. Los intelectuales, militares
de carrera y otras juntas de la oficialidad. Los corruptos en la cima,
aferrados a sus puestos. A estos obviamente les preocupa el posible
cambio. Y se preguntarán muchas veces qué hacer el día de la noticia.

Mire usted hasta qué punto puede un individuo exceder a la doctrina, que
los cubanos pensamos una Cuba, si no mejor por lo menos distinta, solo
después de escuchar el obituario.

Source: Después del obituario | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1395085886_7669.html

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