Thursday, March 13, 2014

Crisis ucraniana o el legado de Stalin

Crisis ucraniana o el legado de Stalin
[13-03-2014 11:05:08]
René Gómez Manzano
Abogado y periodista independiente

(www.miscelaneasdecuba.net).- Para resolver el conflicto entre Ucrania y
Rusia debe respetarse la integridad territorial de ambas.
El pueblo de Ucrania, al costo de un centenar de mártires, obtuvo un
formidable triunfo al derrocar el régimen autoritario y gangsteril de
Víktor Yanukovich. Los problemas se centran ahora en la postura asumida
ante ese importante acontecimiento por el gobierno de Moscú, así como
por los rusoparlantes, que predominan en el Oriente y el Sur del país.

La presencia minoritaria de los ucranianos en buena parte de su
república se debe al proceso de rusificación, que comenzó con el
zarismo, pero se incrementó bajo el comunismo. La cuenca del Donbass y
la ciudad portuaria de Odessa, inundadas durante decenios por
trabajadores procedentes de otras zonas del gigantesco estado soviético,
son buen ejemplo de ello.

Mención aparte merece Crimea. Esta península se ha convertido en tema
noticioso de primer orden y centro de atención de la diplomacia mundial.
Hace unas horas, las autoridades de ese territorio —la única república
autónoma de Ucrania— decidieron separarse de este país e incorporarse a
la Federación de Rusia.

Esta maniobra no carece de antecedentes étnicos e históricos. La
población rusófona predomina ampliamente en Crimea. Desde 1918, la
península formó parte de la República Socialista Federativa Soviética de
Rusia. Pero poco antes de morir, el tirano Stalin dispuso otra cosa.

Resultan sorprendentes los enrevesados razonamientos del déspota
georgiano. Molesto por la masiva resistencia de los campesinos
ucranianos a la colectivización, el "Padrecito de los Pueblos" organizó
y ejecutó contra ellos, en los años treinta, el Golodomor, una terrible
hambruna inducida que ocasionó la muerte de más de cinco millones de
seres humanos. Se calcula que otra cifra similar fue a parar a las islas
del tenebroso Archipiélago GULAG.

Con esas dos medidas genocidas, el tirano del Kremlin logró frenar el
desarrollo del movimiento nacionalista. Sin embargo, en 1953, el mismo
Stalin, de manera contradictoria, decidió hacer un peculiar "regalo" a
los ucranianos: Crimea pasaría de una república a otra. La decisión fue
implementada al año siguiente, cuando ya el bigotudo georgiano había
abandonado este mundo.

Es sobre esta base que surge el actual conflicto. Los sentimientos
secesionistas han sido exacerbados por las poses chovinistas de los
líderes y el aliento de la Administración de Putin en el Kremlin. El
diferendo ha creado una situación difícil, cuya única solución razonable
debe ser en base al principio de la intangibilidad de las fronteras
existentes, que en su momento fuera proclamado en los Acuerdos de
Helsinki. Esta sabia regla ha puesto fin a los innumerables conflictos
territoriales que sufrió la vieja Europa durante siglos.

Por supuesto, el respeto a la integridad territorial de Ucrania debe ir
acompañado por una política razonable de parte de las autoridades de
Kíev, en el sentido de respetar las minorías étnicas que existen en ese
país. En especial a la mayor de éstas, constituida por la población
rusoparlante.

En el largo plazo, los ucranianos deberán tener presente las
experiencias de algunas otras antiguas repúblicas soviéticas. Un ejemplo
es Estonia. Al disolverse la URSS, en ese país báltico surgieron
conflictos con la población rusófona, que predomina en zonas fronterizas
como la ciudad de Narva. En un inicio, se habló también de la secesión
de esos territorios.

En alguna medida exacerbó el conflicto la demanda de las nuevas
autoridades de Tallinn: que la población no autóctona acreditara conocer
el idioma local. En realidad, el nivel de conocimientos que se exigía no
era elevado; pero los rusos, como malos colonos, se habían radicado allí
sin siquiera molestarse en aprender las frases de uso más corriente.
Felizmente, el conflicto se superó, y al momento actual la situación ha
cambiado en forma radical.

Si a los rusos étnicos de Estonia les plantearan hoy la opción de
reintegrarse a su Madre Patria o continuar habitando en el estado
báltico independiente, su decisión sería indudable. Antes que sumergirse
en el gigantesco país plagado por el autoritarismo, la corrupción y las
mafias, con seguridad preferirían seguir viviendo en la pequeña
república, cuyo desarrollo económico y democrático ha sido ejemplar.

Resulta razonable esperar una salida similar para Ucrania. Por
desgracia, este tipo de solución se ha demorado, pues este país eslavo,
desde el logro de su independencia, ha permanecido la mayor parte del
tiempo bajo el control de grupos politiqueros que también han propiciado
la corrupción y el estancamiento.

Esperemos que la decisión adoptada ahora por el pueblo ucraniano, que ha
dejado bien claro que prefiere Bruselas a Moscú, permita el
establecimiento de un gobierno progresista y dinámico, que haga surgir
un nuevo estado, en el que ucranianos, rusos y otras etnias tengan
acceso igual al bienestar, la seguridad y las libertades públicas.

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