2007-02-16
Shelyn Rojas, Periodista Independiente
16 de febrero de 2007. La Habana – Antonio es feo, negro, delgado y de
baja estatura. Le gusta cantar pero su voz no lo acompaña. La única
virtud musical de Antonio es tocar durante horas un tambor para los santos.
Terminó sus estudios de técnico en refrigeración. Nada tenía que ver con
sus deseos: escenarios, luces, una gran orquesta y… ¡música, maestro!
Sus padres practicaban la religión yoruba. Una tarde del año 1998, en
una fiesta de santos, alguien le colocó un ramo de collares en su
cuello. Así quedó amarrado en la Regla Ocha, para iniciarse en el Santo,
lo más pronto posible. No era por salud, tampoco por dinero, a pesar de
no tener un kilo.
Meses después, Ochún, que coronó su cabeza desde ese momento, le dijo en
el itá que si se dedicaba a tocar para ella y los demás orishas, lo
recompensaría con creces.
Antonio creyó que se derrumbaban sus esperanzas, pues sólo era técnico
en refrigeración. La iniciación de tamborero cuesta el doble de lo que
costaría hacerse santo. Para eso tenía que jurarse en Orún. Es una
ceremonia secreta muy cara y sólo se celebra una vez al año.
Ochún lo ayudó. Le permitió trabajar reparando refrigeradores sin que lo
molestaran los inspectores. A diferencia de otros de sus colegas, no
pagaba un centavo de licencias. Nunca lo descubrieron, ni lo acusaron de
enriquecimiento ilícito. Así pudo reunir el dinero en el tiempo
necesario. Después de la ceremonia, un viejo tamborero de Matanzas lo
enseñó a tocar.
Los tambores llamados Añá, en lengua Lucumí, son tres: el Isóteles,
el pequeño y el Oconcoró, el mediano. Pero Antonio descubrió con asombro
como sus manos se apoderaban del tambor mayor, el Iyá, y que su voz en
coro no se escuchaba mal.
Las mujeres menstruando no pueden estar cerca del tambor. Es increíble
como el tambor se debilita y empieza a desafinar y tocar bajo. Lo
aprendió en una fiesta. Una mulata de Cayo Hueso contoneaba sus caderas
cerca de él. No le quitaba los ojos de encima. Por más fuerte que
golpeaba el tambor, no lograba que sonara fuerte. Supo por qué, un par
de horas más tarde, cuando no pudo llevársela a la cama.
En Cuba, no falta trabajo para los tamboreros. Siempre hay alguien que
quiere dar un tambor en agradecimiento o para pedir algo. Antonio, como
todo tamborero, no toca después de las 9 de la noche.
Ochún coronó su cabeza y su vida también. Sería un rey y un tamborero de
los buenos. No le falló. Ochún siempre cumple sus promesas.
Antonio ya no arregla refrigeradores. Ahora toca el Iyá. No le interesa
la política ni quien mande. Con sucesión o transición, como sea, lo suyo
es tocar.
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