Friday, February 16, 2007

Los adoradores irracionales de Fidel Castro

Los adoradores irracionales de Fidel Castro
POR JULIO JOSÉ ORDOVÁS
11-2-2007 08:16:06

LA fascinación que la figura de Fidel Castro ha venido ejerciendo sobre
cierta intelectualidad española y sudamericana no tiene, se mire como se
mire, una explicación racional. Escritores que siempre han blasonado de
su lucha por las libertades, los derechos humanos, etcétera, etcétera,
le han rendido una pleitesía lacayuna a ese Tirano Banderas que lleva
casi cincuenta años bailando el chachachá con sus botas militares sobre
la exhausta y ajironada piel de la «isla bonita». Es verdad que hay una
cierta clase de escritores que tienden, quizá de un modo natural, a
interpretar la política románticamente, sobre todo cuando esa política
no afecta de manera directa a sus intereses, es decir, a sus bolsillos.
Y es verdad, asimismo, que hay intelectuales que son incapaces de
sustraerse al «efecto uniforme», especialmente cuando el uniforme es
militar y no ostenta la banderita patria, o sea, cuando no se ven
obligados a sufrir sus consecuencias. Aunque tal vez ese fervor
castrista no sea en realidad sino una reacción -¿alérgica?- provocada
por el antiamericanismo, ese ridículo complejo de inferioridad que la
progresía europea lleva tantas décadas padeciendo, y contra el que no
parece que hayan podido ni querido poner nunca remedio. Habrá incluso
quien piense que en el fondo de lo que se trata es de un caso de
sentimentalismo melancólico, puesto que Cuba fue más o menos española
hasta que estalló el Maine, pero me temo que esa explicación es ya
demasiado folletinesca.

En fin. El caso es que Fidel Castro ha resucitado o más bien lo han
resucitado de entre los muertos, y se ha paseado ante las cámaras de
televisión como un temblequeteo zombi, como un auténtico muerto
viviente, ofreciendo un espectáculo grimoso. La caricatura afantasmada
del anciano dictador. Lo hemos visto tropezando y cayéndose y
levantándose por sí mismo o gracias a la ayuda de sus diligentes
súbditos unas cuantas veces. Y ahora, para colmo, lo vemos resucitar.
Tenemos aún pesadilla para rato. Está visto que no hay vudú que valga
con él. Los dictadores están todos hechos de la piel del demonio. O eso,
o es que el poder rejuvenece.

La desesperada y desesperante resucitación de un Castro comatoso ha
hecho que algunos escritores -es muy probable que tras haberse trasegado
una buena andanada de daiquiris a la salud del dictador- hayan vuelto a
poner sus plumas al servicio del «comandante», como aún siguen
llamándolo con devoción, en un patético acto de vasallaje. Creía uno que
todo el mundo -salvo los incurables, salvo los casos perdidos- estaba ya
curado de «castritis», porque hasta el más ciego acaba rindiéndose ante
la evidencia. Y Cuba no deja lugar a dudas respecto a su estado.
Respecto a su avanzado estado de descomposición, digo. Pero no. El
«tiranocastro» sigue despertando pasiones entre los que se niegan a
aceptar que no hay diferencias entre una y otra dictadura, entre una y
otra satrapía. ¿O es que Castro es un angelito al lado de Pinochet? ¿O
es que los dictadores con barba son mejores, más benévolos o más
simpáticos, que los dictadores con bigote? Venga ya. Hace falta tener
muy poca sal en la mollera, mucho cuajo y ningún escrúpulo para sostener
algo así.

Castro es un muerto en vida que se resiste a morir de una vez por todas,
lo mismo que Pinochet hasta hace cuatro días. Para algunos
intelectuales, ver morir a Castro sería -o será, en el caso de que no
mueran ellos antes- como asistir a la defunción de sus revolucionarios
sueños de juventud. Y eso sería, o será, un durísimo golpe para ellos,
del que quizá no se vean con fuerzas para reponerse. Ay, la juventud. La
revolucionaria juventud, con sus trencas relucientes de caspa y sus
melenas alborotadas al viento negro de la noche y sus ensueños de
marihuana y sus acaloradas y alcoholizadas discusiones hasta el cierre
de los bares. Lo malo, lo terrible, lo trágico de tantos intelectuales
es que no hay forma de que dejen de pensar y de actuar como imberbes.
Porque sólo un imberbe -un imberbe mental- puede seguir entonando loas a
Castro a estas alturas de la historia.

Mario Vargas Llosa escribió un magnífico artículo en el que alertaba muy
seriamente del peligro que corría España de convertirse en una «puta
triste» de Fidel a causa del angelismo de José Luis Rodríguez Zapatero,
propinándole de paso un soberano puyazo a su ex amigo García Márquez, la
«puta» más triste del harén de Castro. ¿Qué les da Fidel Castro a sus
«putas tristes» para que no piensen en abandonarlo y permanezcan por
siempre fieles a él, su todopoderoso «chulo»? Lo dicho: imposible
encontrar una explicación racional.

Hace apenas unos meses, Silvio Rodríguez, el trovador revolucionario, el
cantautor castrista por excelencia, se paseó por varios escenarios
españoles con su guitarra y sus viejas canciones. Al parecer, el pobre
sigue buscando desesperadamente su unicornio azul, aquel que se le
perdió hace tantos años. Y cuesta entender que nadie del público se
levantara en ningún concierto para responder a sus interrogantes
diciéndole que su unicornio se fue porque se cansó de no poder comer
otra cosa que frijoles. Y se fue también porque no podía trotar y correr
y descansar en libertad. Como tantos otros unicornios cubanos, cruzó el
mar en busca de esa felicidad que sólo la da la libertad. A los
unicornios no es posible retenerlos en lugares donde tienen prohibido
ser libres. Pues aunque no tengan alas, salen de allí volando.

Escritor

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-11-02-2007/Opinion/los-adoradores-irracionales-de-fidel-castro_1631408315231.html

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