19 de mayo de 1895 - El testamento de Martí
En el campamento, en mangas de camisa, Martí escribe una carta al
mexicano Manuel Mercado, su amigo entrañable. Le cuenta que todos los
días corre peligro su vida, y que bien vale la pena darla por su país y
por mi deber de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se
extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza
más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré,
es para eso. En silencio ha tenido que ser... Derramando sangre, escribe
Martí, los cubanos están impidiendo la anexión de los pueblos de nuestra
América al Norte revuelto y brutal que los desprecia... Viví en el
monstruo y le conozco las entrañas- y mi honda es la de David. Y más
adelante: Esto es muerte o vida, y no cabe errar.
Después, cambia de tono. Tiene otras cosas que contar: Y ahora, le
hablaré de mí. Pero la noche lo para, o quizás el pudor, no bien empieza
a ofrecer a su amigo esos adentros del alma. Hay afectos de tan delicada
honestidad... escribe, y eso es lo último que escribe.
Al mediodía siguiente, una bala lo voltea del caballo.
Carta a Manuel Mercado
Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895
Sr. Manuel Mercado
Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué
ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y
mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi
vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos
con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que
se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa
fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y
haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente,
porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de
proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias
para alcanzar sobre ellas el fin.
Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ése de
Ud. Y mío,—más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra,
por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino
que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión
de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los
desprecia,—les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a
este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos.
Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de
David. Ahora mismo, pues días hace, al pie de la victoria con que los
cubanos saludaron nuestra salida libre de las sierras en que anduvimos
los seis hombres de la expedición catorce días, el corresponsal del
Herald, que me sacó de la hamaca en mi rancho, me habla de la actitud
anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la
especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su
complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba,
contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o
les cree, en premio de oficios celestinos, la posición de prohombres,
desdeñosos de la masa pujante,—la masa mestiza, hábil y conmovedora del
país,—la masa inteligente y creadora de blancos y de negros.
Y de más me habla el corresponsal del Herald, Eugenio Bryson:—de un
sindicato yanqui—que no será—con garantía de las aduanas, harto
empeñadas con los rapaces bancos, para que quede asidero a los del
Norte;—incapacitado afortunadamente, por su entrabada y compleja
constitución política, para emprender o apoyar la idea como obra de
gobierno. Y de más me habló Bryson,—aunque la certeza de la conversación
que me refería, sólo la puede comprender quien conozca de cerca el brío
con que hemos levantado la revolución,—y la incapacidad de España para
allegar en Cuba o fuera los recursos contra la guerra, que en la vez
anterior sólo sacó de Cuba.—Bryson me contó su conversación con Martínez
Campos, al final de la cual le dio a entender éste que sin duda, llegada
la hora, España preferiría entenderse con Estados Unidos a rendir la
isla a los cubanos.—Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y
de lo que en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos,
para cuando el actual Presidente desaparezca, a la presidencia de México.
Por acá yo hago mi deber. La guerra de Cuba, realidad superior a los
vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas, a que
sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha
venido a su hora en América, para evitar, aun contra el empleo franco de
todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, que jamás
la aceptarán de un país en guerra, ni pueden contraer, puesto que la
guerra no aceptará la anexión, el compromiso odioso y absurdo de abatir
por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana.
Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a
tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará,—o yo se lo hallaré.— Esto es
muerte o vida, y no cabe errar. El modo discreto es lo único que se ha
de ver. Ya yo lo habría hallado y propuesto. Pero he de tener más
autoridad en mí, o de saber quién la tiene, antes de obrar o aconsejar.
Acabo de llegar. Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y
estable, la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo. Nuestra
alma es una, y la sé, y la voluntad del país; pero estas cosas son
siempre obra de relación, momento y acomodos. Con la representación que
tengo, no quiero hacer nada que parezca extensión caprichosa de ella.
Llegué con el General Máximo Gómez y cuatro más, en un bote en el que
llevé el remo de proa bajo el temporal, a una pedrera desconocida de
nuestras playas; cargué, catorce días, a pie por espinas y alturas, mi
morral y mi rifle;—alzamos gente a nuestro paso;—siento en la
benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del
hombre y a la justicia de remediarla; los campos son nuestros sin
disputa, a tal punto, que en un mes sólo he podido oír un fuego; y a las
puertas de las ciudades, o ganamos una victoria, o pasamos revista, ante
entusiasmo parecido al fuego religioso, a tres mil armas; seguimos
camino, al centro de la isla, a deponer yo, ante la revolución que he
hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro,
y debe renovar conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del
pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas. La revolución
desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso
una cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de
republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura de
un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez
sucinta y respetable representación republicana,—la misma alma de
humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la
representación de la república, que la que empuja y mantiene en la
guerra a los revolucionarios. Por mí, entiendo que no se puede guiar a
un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se
encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y
la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. Pero en
cuanto a formas, caben muchas ideas, y las cosas de hombres, hombres son
quienes las hacen. Me conoce. En mí, sólo defenderé lo que tengo yo por
garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no
desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad. Y en cuanto
tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí o a otros.
Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que
sólo la emoción de este deber pudo alzar de la muerte apetecida al
hombre que, ahora que Nájera no vive donde se lo vea, mejor lo conoce y
acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Ud. Lo enorgullece.
Ya sé sus regaños, callados, después de mi viaje. ¡Y tanto que le dimos,
de toda nuestra alma; y callado él! ¡Qué engaño es éste y qué alma tan
encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto no ha
podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y de
periódico que llena al día!
Hay afectos de tan delicada honestidad…
Es de suponer que esta carta la suspendió Martí para continuarla luego,
pero no llegó a terminarla después.
Tomado de: José Martí, Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo III, Editora
Política, La Habana, 1981.
Patria Grande : Cuba : José Martí
http://www.bitacoracubana.com/desdecuba/portada2.php?id=2069
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