El castrismo agoniza junto a sus símbolos
RAFAEL ROJAS
Si para Cuba existe eso que Michel Camilo, en su último disco con
Charles Flores y Dafnis Prieto, llama spirit of the moment, y hubiera
que definirlo, diríamos que se trata de una nación que espera la muerte
de un caudillo.
Quienes desean y quienes no desean esa muerte, igualmente esperan, a
pesar de que unos y otros sepan que la desaparición física del líder no
necesariamente asegurará el cambio o la permanencia de un régimen no
democrático en la isla.
Tendríamos, entonces, que detenernos a pensar esa espera, a vislumbrar
su horizonte de expectativas, a medir su mayor o menor energía fundacional.
Y he ahí que, a diferencia de hace diez o quince años, la actual espera
por la muerte carece de aquella esperanza, de aquella ansiedad redentora
de los primeros años postcomunistas. Cuando en los 90 se hablaba de
transición o de embargo, de pacto o de invasión, las palabras parecían
abandonar su entorno retórico y llenarse de realidad, ante el
espectáculo convincente de la democratización en Europa del Este y
América Latina. Hoy, quienes hablan de negociación, de asfixia o de
colapso saben que articulan un discurso en el vacío, que lo único real
es el dato de la muerte de Fidel Castro y lo demás es política
testimonial, proyección pública de buenos deseos.
La alta moralización que padece la política cubana --fácilmente legible
en la mezquindad electrónica que la glosa-- tiene que ver con ese
avasallamiento de las fantasías, con el reinado indiscutible del ''deber
ser'' en los discursos y las prácticas. Incluso el dato real de que
hablábamos más arriba, la muerte de Fidel, es, como sabemos, sólo un
hito que consolará a unos e inquietará a otros. Nada más.
Desde el punto de vista de la historia política, más importante será el
día de la firma de una nueva Constitución, las primeras elecciones
libres o la toma de posesión del primer presidente democrático. Pero
esos eventos, si llegaran a producirse, deberán construir su propia
significación en una cultura cansada de mitos, que todavía no acaba de
asimilar la saturación simbólica a que ha sido sometida en el último
medio siglo.
Vivir a la espera de la muerte implica, entonces, experimentar un tiempo
ingrávido, sin una verdadera consistencia histórica, más allá del ritual
celebratorio de la agonía del dictador. Un tiempo que ya no corresponde
al antiguo régimen revolucionario, pero que tampoco puede ser vivido
como el tiempo de la democracia.
Entre la vieja y la nueva era se abre el agujero negro del presente: un
lapso que no se vive, se pasa, nos pasa, se mata y nos mata. Es, como en
la cultura azucarera de la Colonia y la República, el tiempo muerto, un
concepto que motivó una mala comedia de Jorge Mañach en 1928. Matar el
tiempo es la gran afición de la cultura cubana: una forma radical de la
espera, en la que el ''tiempo libre'' se escenifica, pero no se produce
ni se invoca.
Hay en toda esa experiencia de un tiempo sin ser, de una muerte sin fin,
algo profundamente ritual que tendría otras derivas antropológicas en el
alto índice de suicidios y crímenes, la baja natalidad y el
envejecimiento demográfico. La muestra más reciente del pintor José
Bedia, en la galería de Ramis Barquet, en Manhattan, titulada Impulse,
posee ese acento melvilleano, en el que la criatura sola se enfrenta a
la inmensidad: ballenas, tormentas, azares, bosques, tortugas.
Como un Melville en las Antillas, Bedia procede a una ritualización de
la muerte en que figuras evanescentes, espinazos por los que bajan ríos
de sangre, esqueletos de San Sebastián acuchillados, embestidas,
amenazas, cabezas que son cráneos de acero, avanzan a través de montes
marcados por los espíritus o navegan sobre un mar de alegorías y signos.
Desde los cultos ancestrales de las Antillas, Bedia parece tender una
mano, casi imperceptible, a las representaciones de la muerte en los
siglos de la peste por Brueghel o El Bosco. No hay guadañas ni
multitudes en estos cuadros, pero sí ataúdes y calaveras, soledades
silenciadas en la noche.
Porque la muerte ritualizada y comunitaria, es decir, la muerte de un
caudillo y un pueblo, de un rey y una ciudad, difícilmente puede
separarse del tópico de la plaga y el apocalipsis, de aquellas
maldiciones históricas que se manifiestan en forma de epidemia. Cuando
en la película Arte nuevo de hacer ruinas, de Florian Borchmeyer, el
escritor Antonio José Ponte cita Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y
detrás de su voz, como en el filme de Visconti, escuchamos la Quinta
Sinfonía de Mahler, el espectador casi llega a respirar la plaga en el
aire de La Habana.
La exposición Killing Time, de 80 pintores cubanos en la galería Exit
Art, también en Manhattan, curada por Elvis Fuentes, Yuneikys Villalonga
y Glexis Novoa, capta otro ángulo de la actual paradoja del tiempo insular.
En la poética de esa muestra se siente una nostalgia no ligada, como se
ha dicho, a la añoranza de los 80, en tanto última experiencia de
vanguardismo radical en la plástica cubana, sino a la pérdida o
frustración del sentido comunitario de aquel arte por la simbiosis de
mercado e ideología que sobrevino después.
En aquella década, como han estudiado Gerardo Mosquera e Iván de la
Nuez, el arte cubano salió de la pintura y buscó la calle. Pero, justo
ahí, donde procuraba al ciudadano encontró la resistencia, a veces
sutil, a veces despiadada, de la burocracia y la policía.
La memorialización del arte de los 80, emblemáticamente practicada en la
cronología hemerográfica y documental de Glexis Novoa, supone la
cancelación de ese tiempo como ''oportunidad perdida'' o como
frustración histórica.
De ahí que recuperar aquellos años, a través de una política de la
memoria, sea, también, matarlos, incorporarlos a un archivo cultural que
ofrece pocas posibilidades de reproducción artística en el presente.
En buena medida, el gesto arqueológico de mirar atrás, de archivar
aquella experiencia, afirma el lugar del ahora, del tiempo muerto, como
una dimensión segura, libre de los peligros de esa década en que el
tiempo estaba vivo.
En La Habana de los 80, el arte fue intensamente político porque los
artistas creían que podían y debían intervenir en la constitución de los
sujetos de un cambio.
Tan sólo habría que recordar, como se hizo en una mesa integrada por
Glexis Novoa, Elvis Fuentes, Rubén Torres Llorca, César Trasobares,
Rafael López Ramos y un miembro del grupo Enema, seguida de los
performances de Fernando García, Alonso Mateo, Maritza Molina, Juan-Si
González, Alejandro López, El Soca & Fabián, que la neutralización de
aquel movimiento no sólo recurrió al éxodo, apadrinado o no, sino a la
cruda criminalización del hecho estético en casos como los de Angel
Delgado, Jorge Crespo o Marco Antonio Abad, quienes pasaron temporadas
en prisión por producir un arte público.
En algún momento de aquella mesa, Torres Llorca se levantó y, con gesto
profesoral, distribuyó entre el público un volante en el que se lee:
``Cuba no será libre mientras quede un cubano vivo''.
¿A qué muerte se refiere Torres Llorca? Se trata, por supuesto, de la
muerte de Fidel, pero también de la muerte de una comunidad engendrada
por el paso de Fidel en la historia.
La frase ''un cubano vivo'' significa uno y muchos a la vez. Un
individuo y una comunidad que no abarcan todos los cubanos, incluidos
los de ayer y los de mañana, pero sí aquellos moldeados por el orden
revolucionario y que no pueden, siquiera, vislumbrar la existencia de
Cuba antes y después del caudillo y su régimen.
La muerte de esa comunidad sería el fin del tiempo muerto de la nación
cubana: una solución biológica, no sólo para una dictadura, sino para
todo un grupo humano, si es que ese grupo desea organizarse desde los
patrones institucionales, no digo de una nación, sino de cualquier
civilización moderna.
El ''espíritu del momento'' en la cultura cubana impone la muerte como
categoría política. Pero, ¿es la muerte una noción política? En su libro
Categorías de lo impolítico (2006), el filósofo napolitano Roberto
Esposito, a partir de un conocido texto de Mann, sostiene otra cosa.
Cuando la política se vuelve escatología y se identifica con dimensiones
ajenas a la presencia vital, como el silencio, la ascesis, el exilio o
la muerte, surge entonces, no la antipolítica, que es política mal
practicada, o la apolítica, que es la utopía del neutral, sino la
impolítica, el reino de la ausencia, el funcionamiento público de una
comunidad que no puede ser representada.
Cuba hoy vendría siendo eso: una comunidad indecible, irrepresentable e
inconfesable, a la espera de su desintegración final, de su parálisis,
de su nada.
Quienes todavía tienen fe en la nación cubana y en la posibilidad de su
democratización deberán movilizar legiones espirituales contra la
impolítica de la muerte.
Sólo que esas resistencias, si quieren ser eficaces, tendrán que eludir
la tentación teológica, contra la que advierte Esposito y antes advirtió
Walter Benjamin en su Fragmento teológico político.
Fue una religión secular, en sus variantes nacionalista y comunista, la
que nos llevó a la dislocación temporal que vivimos hoy. El fin del
actual tiempo muerto no debería, entonces, significar la revelación de
ningún ''misterio de la isla'' o la ''buena nueva'' de algún
renacimiento nacional.
Las naciones sólo nacen una vez, cívicamente, como nació Cuba el 20 de
mayo de 1902.
Cuando renacen, ideológicamente, como en enero de 1959, terminan por
diseminarse junto con el régimen que las refundó y asimiló.
No quiero decir con esto, entiéndase bien, que no haya futuro para Cuba
y los cubanos después de Fidel y la Revolución.
Hubo una República en el pasado de ambos y puede haber una democracia en
el futuro de todos.
Sólo sugiero que la política de ese porvenir comience a ser pensada de
modo radicalmente distinto a como se hizo en la República y en la
Revolución, abandonando cualquier representación de la comunidad que
espiritualice el cuerpo de la ciudadanía.
La comunidad que en la isla y en el exilio busca una nueva política,
ajena a la racionalidad del orden totalitario, no debe ser imaginada
como un sujeto deseoso de ser representado ideológicamente o como una
presencia que debe ser dotada de sentidos morales.
Por ahora, esa comunidad vive el momento de la muerte. Después, habrá
tiempo para descifrar sus pulsiones y testimonios.
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