Friday, February 16, 2007

Un Tambor a Obbatalá

Un Tambor a Obbatalá
2007-02-15
Shelyn Rojas, Periodista Independiente

La Habana – Los africanos, esclavizados por los españoles, cuando llegaron a la isla trajeron consigo sus creencias. Celebraban las ceremonias y rituales a sus santos en los patios de los amos.

Las ofrendas de frutas, sacrificios de animales y toques de tambores, eran realizados bajo el resplandor que refleja la luna y a la luz de las velas y las antorchas. Esta tradición ha prevalecido hasta la actualidad. La mayoría de los cubanos en sus hogares realizan sus cultos religiosos.

Ana Luisa vive en el reparto capitalino Guanabacoa y practica con devoción la religión yoruba. Ella necesitaba dar un tambor a Obbatalá, Santo mayor y padre de todos los orishas.

Esa mañana, preparó en su pequeña y maltrecha casa de madera un rincón para las soperas de los santos. Vistió las paredes de madera agujereada con cortinas viejas de distintos colores. Las soperas las tapó, según los colores que le corresponden a cada santo.

La de Obbatalá la tapó con un paño blanco. Era la que encabezaba el trono. Delante de todas las soperas, había diversidades de dulces para, después del tambor, repartir a los invitados.

Cayendo la tarde, llegaron los tamboreros. Poco después, todos los allí presente danzaban al compás de tambor. El santero que estaba destinado para bajar a Obbatalá era el más próximo a los tambores. Después de un largo rato, se apoderó de él el trance esperado por todos.

Saludó y fue directo hacia donde se encontraba Ana Luisa. Ella lo esperaba con impaciencia. Eran pasadas las seis de la tarde. Todo marchaba bien cuando el fluido eléctrico se cortó.

Los invitados, a medida que oscurecía, miraban por la puerta. El excesivamente bajo puntal de la casa, sumado al techo de zinc recalentado, hacía el calor insoportable.

Desaparecido el resplandor, las velas remontaron el lugar a siglos atrás. Obbatalá, montado en su caballo, seguía danzando y prediciendo el futuro de todos los que se acercaban a él. La fiesta a la luz de las velas terminó a las nueve de la noche. A esa hora, Obbatalá se despidió sin el toque de los tambores. Los tamboreros apenas podían ver en la oscuridad.

Ana Luisa no tendrá comida al próximo día. Todo lo gastó en la fiesta a su Santo. Obbatalá se lo merecía. Le aseguró que se iría pronto del país. Más pronto de lo que ella pensaba.

Ana Luisa pasará hambre y su casa ruinosa quizás acabe de derrumbarse pero Obbatalá tuvo su tambor. Eso es lo que importa. Ana Luisa está feliz por las predicciones. ¿Para que preocuparse por su hogar si Obbatalá le aseguró que pronto viajará? Un poco de privaciones más no la matará. Por ella, pueden seguir los apagones, que su luz está segura… Obbatalá no le puede fallar.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=8779

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