Tuesday, May 16, 2006

Dejemos a Bolivar descansar en paz

Dejemos a Bolívar descansar en paz

«Humanidad hasta dónde nos vas a llevar / por tu trágico sino / cuál
será mi destino ».

« Humanidad hasta dónde nos vas a llevar / por tu trágico sino / cuál
será mi destino ». Estos versos del compositor Alberto Domínguez, los
cantaba el bolerista caraqueño Alfredo Sadel con voz aterciopelada y
profundo sentir. Sadel, cuyo verdadero nombre era Alfredo Sánchez Luna,
había nacido en la capital venezolana en 1930 y después de una carrera
exitosa en su país, en Estados Unidos y Cuba, regresó a Caracas para
fundar el Plan de la Opera de Venezuela, en 1973. Lejos estaba Sadel
entonces de imaginar que su réplica amorosa pudiera servir, casi
cuarenta años después, a millones de venezolanos que preguntan y se
preguntan hoy cuál será el destino de su país.

Venezuela, como Cuba, tiene mitos fundacionales que, si por una parte
legitiman la soberanía nacional ; por otra, han prestado fundamento
ideológico a todo tipo de pretensiones caudillistas. José Martí, el
héroe de la independencia cubana, ha sido evocado hasta la saciedad por
los gobernantes cubanos de la época republicana, y por supuesto por la
larga desrepública castrista, en aras de un ideal de justicia social que
raras veces (ahora menos que nunca, por supuesto) ha sido aplicado.
Simón Bolívar, gestor de un panamericanismo frustrado y actor de la
independencia de la Gran Colombia, intentó dar unidad al sueño
hegemónico latinoamericano, ha sido citado, hasta la saciedad también,
en cada intento de allanamiento constitucional por parte de quienes han
deseado eternizarse en el poder. A los efectos del caudillismo, Martí y
Bolívar, por su enorme arraigo en las sociedades cubana y venezolana de
todos los tiempos han sido los comodines ideológicos de nuestros
dictadorzuelos de pacotilla.

Mas veo muy mal fundamentada esta alianza que fraguan hoy día el
caudillo en Jefe Fidel Castro y su aprendiz venezolano, el protocaudillo
Hugo Chávez, en honor a los ideales libertarios del héroe de Cúcuta y
Pamplona. Quizás cubanos y venezolanos ignoren que, si bien la
influencia de Simón Bolívar fue capital para la independencia de las
repúblicas del norte sudamericano, la magnitud de esta influencia fue
nefasta a las pretensiones de los criollos cubanos de terminar de una
vez con la presencia de la metrópoli española en la isla de Cuba. Me
explico.

Masonería de por medio, un número considerable de patriotas de Venezuela
y Cuba, colaboraban desde principios del siglo XIX por la libertad de
ambas tierras. El bayamés Joaquín Infante, había llegado a Venezuela en
1811 para revalidar, ante la Alta Corte de Justicia de Caracas su título
de abogado. En Puerto Cabello, Infante sirvió como auditor de guerra y
marina bajo las órdenes de Bolívar hasta que cayera prisionero meses
después y fuera devuelto a La Habana. Años más tarde, el venezolano
Narciso López llega a Cuba y se convierte en el alma de la Conspiración
de la Mina de la Rosa Cubana (1846), cuyo nombre evocaba las propiedades
mineras de la aristócrata cubana Dolores Frías, condesa de Pozos Dulces,
con quien el venezolano se había casado. Ferozmente independentista,
Narciso López prepara dos expediciones armadas contra Cuba y logra, en
1850, durante la primera de ellas, en el poblado matancero de Cárdenas
izar, por primera vez en suelo cubano, la bandera de la estrella
solitaria. López será capturado y fusilado por las autoridades españolas
tras su segundo intento de invasión a la isla, en 1853.

En cambio, Cuba nunca constituyó para El Libertador más que una pieza
canjeable en sus negociaciones con vista a que España reconociese
primero, y respetase luego, la soberanía de las tierras liberadas. En la
Carta de Jamaica (6 de septiembre de 1815) Bolívar se pregunta si no son
acaso los cubanos tan americanos como los otros pueblos del continente y
si no han sido también vejados, al igual que éstos, por los españoles.
Es probablemente la única incitación clara de parte del Libertador a
incluir a la isla en los planes independentistas de Venezuela. Sin
embargo, ante la amenaza española de frustrar el pacto de independencia,
chantajea a Fernando VII con invadir a Cuba si España no acepta la
emergente república bolivariana.

En 1823, nace en Cuba una de las Conspiraciones más importantes del
período pre-independentista. Lleva ésta por nombre Soles y Rayos de
Bolívar. Poco después saldrá hacia Caracas una delegación de patriotas
cubanos portadores de un mensaje independentista para la isla. Realizan
un viaje penoso que durará meses entre Caracas y Bogotá. En esta última
ciudad los recibe el general Francisco de Paula Santander quien les
anuncia, con otras palabras pero idéntico mensaje, que Bolívar está
demasiado enfrascado en la liberación del Perú para ocuparse de la
independencia de Cuba. En una carta del 25 de febrero de 1824 a
Santander, Bolívar sólo incluye una línea sobre la situación cubana : «
Vea Ud. si puede hacer algo contra La Habana » (el subrayado es mío : no
se trata de hacer algo por La Habana, sino contra La Habana, o sea,
contra el poder español en la capital de la isla y no exactamente en
favor de las reivindicaciones de los criollos cubanos). A finales de ese
mismo año, en otra misiva al mismo general, Bolívar escribe en francés :
« j’ai ma politique à moi », para explicar que « La Habana independiente
[le] daría mucho que hacer » y que « la amenaza [les] valdrá más que la
insurrección ». O sea, Cuba en sus planes sigue siendo la pieza de canje
para contener cualquier intentona bélica de parte de España. El sol de
Bolívar alumbaraba el futuro de Cuba, pero sus rayos nunca alcanzaron a
sus hijos.

En el contexto de la casta militar que como una corte rodeaba al
Libertador sólo el general José Antonio Páez, héroe de Carabobo,
incitaba a Bolívar a ocuparse del caso cubano. El 19 de agosto de 1820
le anunciaba en una carta que « después del Perú no [les] quedaría otro
padrastro que La Habana » (aquí el papel ultrajante que se le asigna al
personaje del padrastro en el contexto de la familia no puede resultar
menos que gracioso). Sin embargo, todo queda sólo sobre papel y ninguna
acción contra el colonialismo español en Cuba parece interesarle al
libertador de Boyacá. El último intento de contacto de parte de los
cubanos tendrá lugar en 1827, cuando el sacarócrata cubano Aniceto
Iznaga se entrevista con él en Caracas. Este encuentro resulta para la
historiografía de ambos pueblos muy revelador. Bolívar le confiesa a
Iznaga la imposibilidad de extender sus ideales republicanos hasta el
bastión militar español de la isla de Cuba. España no sólo ha llevado
hasta allá una parte considerable del arsenal militar cesante tras las
independencias americanas, sino que Estados Unidos e Inglaterra se
opondrían a que Cuba fuese ocupada por las huestes libertarias. Bolívar
podía enfrentarse y se había enfrentado a la decrépita España, pero no
podría competir con la pujante Confederación del Norte ni con el poderío
naval del Reino Unido. La independencia americana nacía bajo la estricta
vigilancia de un nuevo poder. A Cuba, por primera vez, no le quedaría
más remedio que esperar. La insularidad y la cercanía geográfica a
Estados Unidos se manifiestan, por primera vez también, en nuestra
historia como nuestros peores enemigos.

He contado este episodio de la historia común entre Venezuela y Cuba por
varias razones. La primera es que nuestros dictadores suelen reescribir,
para conveniencia propia, nuestra historia. Lamento decirlo (y más debe
lamentarlo Fidel Castro) pero el ideal libertario bolivariano en nada
compromete a la historia colonial de Cuba. Muy a pesar de ello, y quizás
por el valor que el sentido republicano de Bolívar implicaba para todas
las naciones latinoamericanas, La Habana decidió inaugurar, allá por los
años ochenta, en un antiguo palacete del casco antiguo de la ciudad, una
Casa Simón Bolívar, a la memoria de éste. Para hacerle honor a la verdad
yo hubiera preferido que a esa institución al servicio de la amistad
cubano-venezolana (que tantas pruebas ha dado) se le hubiera puesto el
nombre del general Antonio Páez, menos conocido pero más comprometido,
al menos en lo que a la historia de Cuba se refiere. La segunda razón, y
quizás la más importante por cuanto la historia ha sido reescrita tantas
veces que ya no nos queda otro opción que leerla entre líneas, es que,
más de dos siglos después, la principal amenaza para la soberanía de
Venezuela es, y también lamento decirlo, Cuba.

Poco a poco hemos estado asistiendo, durante los últimos cuatro años del
¿gobierno? de Hugo Chávez a lo que ya hoy día se llama la « cubanización
» de Venezuela. Una vez más, el término no me complace del todo y debo
decir por qué : Cuba es, sin dudas, otra cosa que Fidel Castro porque
Cuba es una nación a flote donde desde los cuatro puntos cardinales de
la Tierra los cubanos padecen y sufren por tantas décadas de opresión
castrista. Pero Cuba ha sido además, durante muchos años, y antes de la
llegada del castrismo, la tierra de adopción de miles de extranjeros que
huían de la incomprensión y del odio en sus propias tierras. Cuba es una
isla que sufre por dentro y por fuera, y son más los cubanos que temen
por Venezuela que los que pudieran apoyar el establecimiento de un
régimen similar al que nos ha estado oprimiendo desde hace 44 años. Eso
también quiero que lo sepan nuestros hermanos venezolanos (los dignos al
menos, los otros entenderán que es mejor ignorarlo). Entonces, retomando
y rectificando la prefiero decir que la segunda razón es la «
castrización » (casi digo « castración ») de Venezuela.

Curiosamente, ha sido, una vez más, ese cajón de sastre que es el
antiimperialismo lo que le ha abierto la brecha del populismo al
protocaudillo de Venezuela, como se la abriera otrora (y sigue
abriéndosela en los círculos cegatos de las izquierdas occidentales vg :
recientemente en Argentina) a Fidel Castro. Aquí tendría que intercalar
una segunda historia, esta vez familiar, a la que doy más crédito que a
las que aperecen en los libros porque siendo éstas tan vivenciales no
han podido ser reescritas. En los primeros años de la década del treinta
la situación económica de Cuba, bajo el gobierno de Gerardo Machado
(otro dictadorzuelo que se quedó en la fase « proto ») era
particularmente delicada. Mi abuelo paterno y sus ocho hermanos, todos
contadores, técnicos o ingenieros, ante las dificultades económicas de
Cuba hallaron refugio laboral en un consorcio norteamericano de La
Guaira llamado Frederick Snare Corporation. Esa fue nuestra etapa
familiar venezolana y durante cinco años, hasta tanto la situación en
Cuba no mejorara tras la caída de Machado, toda esa rama de la familia
sobrevivió con dinero ganado en Venezuela. Conservo, por esa misteriosa
manía de los cubanos de agarrarnos a las tablas flotantes de nuestra
historia para que no nos roben del todo la memoria, los tablonarios de
cheques que a través del Irving Trust Company de Nueva York recibía mi
abuela y la otra parte de la familia que había quedado en Cuba durante
ese período de recesión. Decir esto, a estas alturas, con el coro de
vociferantes de la antimundialización presto a darme un mitin de repudio
es casi un suicidio o la invitación inconsciente a que se cometa, con
respecto a mi persona, un homicidio. Pero lo cierto es que gracias a
aquella Corporación norteamericana ocupada en la explotación de las
salinas de La Guaira, toda mi rama familiar paterna pudo cobijarse a
buen resguardo durante el tiempo que duraron los huracanados embates del
machadato en Cuba. Quiere esto decir, que no veo en qué radica el
antiimperialismo, y me cuesta mucho más trabajo entenderlo cuando leo el
monto de los cheques enviados semanalmente a la familia en Cuba. O sea,
que tampoco entiendo que qué habla Chávez.

Ahora bien, en las condiciones actuales venezolanas el pretendido ideal
de justicia chavizta basado en el antiimperialismo no puede ser más que
una hoja de parra para cubrir la desvergüenza de tanto empeño en
destruir la economía, pero también, la sociedad de un país. La hoja de
parra del antiimperialismo le tapará muy poco, si se toma en cuenta que
para amarrársela como se debe está utilizando a ese viejo-tonto-útil que
es el castrismo. En la medida en que la impronta del castrismo se haga
más presente en Venezuela no habrá ya más hoja de vides para cubrirle
tanta desnudez desfachatada.

Se van encaminando las estructuras sociales venezolanas a la temida «
castrización » del país. Los venezolanos no han entendido –porque no lo
han vivido tal vez– que muy poco pueden las cláusulas legales de la
Constitución democrática contra el frenesí dictatorial de un solo hombre
y sus huestes de ignavos y/o oportunistas secuaces. Acabo de leer en
algún diario que ahora se prohíbe todo tipo de campaña publicitaria en
favor de un « sí » durante el Referendo Revocatorio. ¿Es o no
constitucional defender ante la población electoral de un país la
posición política individual de cada cual? Sin lugar a dudas, al impedir
que la oposición cree un estado de opinión favorable al fin de su
¿gobierno?, Chávez tiene todas las de ganar. Por una razón esencial :
estando él en el poder y manejando a su antojo los medios de
comunicación no necesita hacer una campaña a favor de su ¿gobierno?
porque la campaña la está haciendo todos los días elogiándose a sí mismo
y a su ¿proyecto revolucionario? también. Esto se está pareciendo cada
vez más al régimen de La Habana. En Cuba se puede hacer propaganda a
favor del régimen, pero quienes no estén a favor de él tienen que fingir
estarlo o simplemente callarse. Si no ya saben : cárcel o exilio. Cien
firmazos no bastarán para sacar a Chávez de ahí. Raramente he oído
hablar de un paro tan perseverante como el que la oposición organizó
para Venezuela en los últimos meses. Mas la legalidad no basta para
sacar del poder a un hombre que construye su inmunidad desde la ilegalidad.

Los venezolanos que tienen la dicha de tener los ojos abiertos tendrán
que clamar por la unidad. Los que los conservan cerrados o fingen no ver
el peligro que se cierne sobre Venezuela, creyendo que no les llegará
también su hora de exilio, tendrán que mirar hacia Cuba y el deplorado
destino de nuestra nación. A ambos les toca salvar a Venezuela. Luchar
incansablemente porque Hugo Chávez no se eternice en el poder, porque
Venezuela no tenga como Cuba tantos muertos que llorar, ni tanto odio
que remediar, ni tanta miseria que ocultar. Pero sobre todo para que no
tengan que cantar inconsolablemente, como Alfredo Sadel en su bolero, «
cuál será mi destino, humanidad ». Y otra cosa, tan sana o más : dejen
que Bolívar descanse en paz.

París, 5 de junio de 2003

http://www.cubanuestra.nu/web/article.asp?artID=1388

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