Suite para Girón
Miguel Fernández-Díaz
Miami 15-04-2011 - 1:52 pm.
A medio siglo de la invasión, el exilio sigue culpando a Kennedy del
fracaso. Pero, ¿qué cuánta culpa tuvieron los propios cubanos?
Memorabilia de la Brigada 2506, en Miami. (AP)
El plan contra el régimen de Castro aprobado por el presidente
Eisenhower el 17 de marzo de 1960 rezaba "acción encubierta". Eisenhower
mismo dijo al jefe de la CIA, Allen Dulles, que "nuestras manos no
pueden aparecer en nada de lo que se haga". El apoyo aéreo masivo y el
desembarco de los marines se descartaron de antemano, porque de haberse
planificado, la intervención de Estados Unidos no podía negarse y hasta
sobraba la Brigada de Asalto. No en balde la operación corrió por cuenta
de la CIA antes que por el Pentágono. Así y todo, el exilio suele
desfogarse en la vacilación de JFK, a quien llegan a tachar incluso de
cobarde. Quizás convenga más mirar adentro.
Preludio
El 15 de abril de 1961, 8 bombarderos B-26 de la Fuerza Aérea de
Liberación (FAL) salieron a bombardear los aeropuertos militares de San
Antonio de los Baños, Ciudad Libertad (Habana) y Santiago de Cuba. Todos
tenían insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria (FAR) de Castro y al
menos dos llevaban el mismo número: 933. El ataque buscaba garantizar la
premisa crucial fijada por la CIA en memorando del 4 de enero de 1961:
destruir o neutralizar las fuerzas aéreas y navales capaces de ofrecer
resistencia al desembarco, antes de que las embarcaciones anfibias se
acercaran a la playa.
Al regreso los pilotos exageraron. Las fotografías de los aviones espías
U-2 rebajarían los aviones destruidos a cinco, sin poder determinar
cuántos fueron dañados. Según la cuenta que dio Castro el 23 de abril,
sólo aviones fuera de servicio fueron destruidos en Ciudad Libertad, uno
de transporte y otro de combate en San Antonio de los Baños, y uno de
combate y dos aeronaves civiles en Santiago. Desde noviembre 13 de 1960
Castro había recibido un informe de inteligencia de seis páginas sobre
los preparativos de la invasión en Guatemala. No sólo había previsto los
puntos más probables de desembarco, sino también el golpe inicial contra
sus FAR: los aviones fuera de servicio estaban a la vista, pero los
demás habían sido camuflados y dispersados con protección antiaérea. Tad
Szulc había sacado ya el artículo Anti- Castro Units Trained to Fight at
Florida Bases (The New York Times, abril 7 de 1961) y Kennedy no pudo
menos que comentar: "Castro no necesita espías en los EE UU; basta con
que lea los periódicos".
A poco de haber despegado el escuadrón de ataque de la FAL, Mario Zúñiga
salió de Puerto Cabezas (Nicaragua) a Miami en otro B-26 número 933. La
cubierta de uno de sus motores había sido desmontada, tiroteada y
reinstalada para dar la impresión de que el avión había sorteado fuego
antiaéreo. Ya sobre el estrecho de la Florida, Zúñiga paró ese motor y
pidió por radio permiso para aterrizar. En tierra se identificó como
Juan García, pidió asilo político y alegó que otros tres pilotos de las
FAR habían desertado y atacado bases aéreas de Castro. Al este de
Guantánamo se malograba el desembarco diversionista de Nino Díaz y sus
comandos. Un caza T-33 de la FAR salió a explorar y cayó al mar. Su
piloto, teniente Orestes Acosta, sería incluido entre los desertores
anunciados en Miami.
Sin embargo, los reporteros más perspicaces notaron que las
ametralladoras del B-26 de Zúñiga no parecían haber disparado y su nariz
era de metal. Los B-26 de Castro tenían narices de plástico. El
presidente del Consejo Revolucionario Cubano (CRC), José Miró Cardona,
declaró que los ataques habían sido realizados por desertores de la FAR.
Castro replicó que ni Hollywood se hubiera atrevido a rodar semejante
película.
A la queja del canciller castrista Raúl Roa, el representante de
Washington ante Naciones Unidas, Adlai Stevenson, respondió que la
cuestión fundamental no era entre Cuba y EE UU, sino entre cubanos. Y
hasta presentó fotos de Zúñiga y su B-26, sin tener idea del papelazo
que estaba haciendo. Lo que sí discurría ya en serio, bajo la dirección
del comandante Efigenio Ameijeiras, era la redada de anticastristas
reales o imaginarios dentro de la Isla.
Allemande
El 16 de abril, antes que el cortejo fúnebre de las víctimas del
bombardeo del día anterior entrara en el Cementerio de Colón, Castro
tildó a los enemigos de "mercenarios", ratificó el estado de alerta y
soltó que había "hecho una revolución socialista en las propias narices
de Estados Unidos". Entretanto, la Fuerza Expedicionaria Cubana (FEC)
venía llegando al punto de encuentro "Zulú", a unas 40 millas (65 km) de
las costas de Cuba, escoltada por destructores de la marina de EE UU.
Luego seguiría sin escolta hacia Bahía de Cochinos. El dictador
nicaragüense Luis Somoza habría despedido en los muelles de Puerto
Cabezas a la FEC y pedido a sus jefes que le trajeran de vuelta unos
pelos de la barba de Castro.
Los cargueros Houston, Río Escondido, Caribe y Atlántico trajeron casi
1.500 hombres con su armamento, y Lake Charles transportó personal de
infiltración y suministros. Todos navegaron con bandera de Liberia, en
compañía de los buques de asalto anfibio (LCI, por sus siglas en ingles)
Blagar y Bárbara J, bajo bandera nicaragüense. Radio Swan trasmitía
mensajes que aparentaban claves para activar la resistencia dentro de la
Isla: "¡Alerta! ¡Alerta! Mira el arcoiris. El pez se levantará en breve.
Chico está en casa. Visítalo. El cielo es azul…". La Casa Blanca canceló
otras incursiones aéreas para no dar pie a acusaciones por violación del
Derecho Internacional. La CIA protestó, pero el secretario de Estado,
Dean Rusk, se mantuvo en sus trece. La orden llegó a Puerto Cabezas
cuando los pilotos de la FAL ya estaban listos para despegar.
El comandante Juan Almeida, designado por Castro jefe militar en la
región central, pasa por Punta Perdiz, a unos 11 kilómetros de Playa
Girón, y recibe informes de actividad en el mar y de guerrilleros
anticastristas en la zona rural de Amarillas. Los policías de Ameijeiras
y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) han detenido en pocas
horas a miles y miles de sospechosos para dar al traste con la Operación
Generosa, que la CIA había urdido para levantar quinta columna contra
Castro.
La FAR alista cuatro cazas a chorro T-33, cuatro cazas de hélice Sea
Fury y al menos cinco B-26, tanto para el combate aéreo como para atacar
objetivos navales y terrestres. La CIA desconocía que los T-33 estaban
artillados con ametralladoras M-3 y así cogerían mangos bajitos frente a
los B-26 de la FAL, que no tenían ametralladoras de cola.
Courante
Al filo de la medianoche del 16 para el 17 de abril, el jefe de la posta
de milicianos en Playa Girón, Mariano Mustelier, ve unas luces en el mar
y piensa que alguna embarcación perdió el rumbo. Hace señales con las
luces de su jeep y le responden con fuego cerrado: "Llegaron los
americanos", gritó Mustelier y corrió a avisar.
A bordo del Blagar, el agente de la CIA Grayston Lynch recibe un mensaje
espeluznante de Washington: la aviación de Castro no ha perdido su
capacidad combativa. La Brigada de Asalto 2506 comienza a desembarcar a
eso de la una de la madrugada. Poco después Castro despierta con la
noticia y manda enseguida a José Ramón El Gallego Fernández a enrumbar
con el batallón de la Escuela de Responsables de Milicias (Matanzas)
hacia Playa Larga. Así mismo ordenó al capitán Raúl Curbelo Morales que
la FAR atacara los buques de la FEC.
Radio Swan dejó de trasmitir en clave y llamó a la insurrección, con
especial interés en impedir que los aviones de Castro despegaran:
"Rompan sus instrumentos, pinchen sus tanques de combustible". El
embullo llegó al punto de reportar el avance de la fuerza invasora en
todos los frentes y aun el suicidio de Raúl Castro.
La FAR ataca con éxito al carguero Houston, que encalla, y al buque de
asalto anfibio Barbara J. El prurito cubano de ser primero queda
satisfecho con los paracaidistas de la brigada que protagonizan la
primera acción militar de este tipo en América Latina. El fuego
antiaéreo del Blagar tumba un avión de Castro, pero otro consigue
impacto directo de rocket contra el carguero Río Escondido, que llevaba
145 toneladas de municiones y más de 40 mil galones de combustible. Al
escuchar el estruendo, el agente de la CIA Rip Robertson vocifera por
radio en Playa Girón: God Almighty, what was that? Fidel got the
A[tomic] bomb? Su colega Grayston Lynch responde: Naw, that was the
damned Río Escondido that blew.
El CRC difunde su primer boletín con la profecía de que antes del
amanecer los cubanos se levantarán en masa para barrer al comunismo. En
otro afirmaron que muchos milicianos habían desertado, pero un asistente
del jefe de la CIA decía ya que la Operación Zapata colgaba de un
hilito. Al ser notificado de otra acción de paracaidistas en Horquita,
entre San Blas y Yaguaramas, Castro repuso tranquilo que estaban
condenados a muerte y ordenó: "Échenle a las milicias". Y al recibir el
parte de que el batallón de la Escuela de Responsables de Milicias había
tomado el caserío de Pálpite, exclamó con sobrada razón: ¡Ya ganamos!
Sarabande
El 18 de abril los tanques de Castro avanzan hacia Playa Larga, Playa
Girón y San Blas. Los T-33 de la FAR derribaban tan fácil a los B-26 de
la FAL que la CIA ordena bombardear otra vez la base aérea de San
Antonio de los Baños, pero el escuadrón ad hoc no encontró el blanco. El
asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, reporta a JFK que las
fuerzas armadas de Castro no ceden, no llega la respuesta esperada del
pueblo a la expedición y la situación de la brigada se complica. La CIA
recurre por primera vez a pilotos estadounidenses para acciones
combativas. El Fiscal General, Robert Kennedy, susurra al senador George
Smathers (D-Florida): The shit has hit the fan, pero el CRC declara en
Nueva York que el territorio liberado se expande y cada vez más
campesinos, obreros y milicianos se viran contra Castro. Radio Swan
llama a los habaneros a conectar todos los electrodomésticos y encender
todas las luces para provocar un apagón a las 7:45 de la mañana. En
Naciones Unidas, el delegado soviético lee nota de Jruschov y su colega
estadounidense, la respuesta de JFK, que niega categóricamente la
participación de pilotos de EE UU.
Un batallón de milicianos llega a Cayo Ramona por la noche y ocupa
posiciones para impedir que los brigadistas escapen al interior de la
Isla. Media docena de B-26 de la FAL atacan una caravana de vehículos.
Entre los pilotos hay dos americanos contratistas de la CIA. La caravana
se reorganiza y prosigue su marcha hacia Punta Perdiz.
En su informe del 31 de enero de 1961, el brigadier David Gray aseveró
que la Brigada de Asalto 2506 podría resistir hasta cuatro días en
condiciones de ataque por sorpresa y supremacía aérea, pero el éxito
completo dependía del alzamiento popular en Cuba. Para ello el Pentágono
y la CIA habían preparado 35.000 módulos de combate. Unos 15 mil se
embarcaron en la FEC, junto con cañones sin retroceso, morteros, jeeps y
camiones. Desde abril 10 de 1961, la CIA había informado a Bobby Kennedy
que, en el peor de los casos, la FEC se convertiría en guerrilla. Sólo
que por donde desembarcaron no había fácil acceso al Escambray.
Gavotte
El 19 de abril el almirante Arleigh Burke pide a JFK usar dos cazas a
chorro para tumbar los aviones de Castro, pero el presidente repone que
había advertido que las fuerzas estadounidenses no entrarían en combate.
A regañadientes se autoriza que un escuadrón del portaviones Essex haga
el paripé de escoltar a los B-26 para intimidar a los pilotos de Castro,
pero la CIA y el Pentágono pasan por alto la diferencia horaria entre
Cuba y Nicaragua. A los 9 ó 10 aviones perdidos la FAL sumaría perder el
tiempo sin encontrar aquella escolta.
Para colmo, los pilotos americanos Leo Francis Berliss y Thomas Williard
Ray atacan con su B-26 el central Australia y van alegremente al
re-enganche, para acabar siendo derribados. Logran catapultarse, pero
son liquidados en tierra. Raúl Roa saca a relucir en la ONU el cadáver
de Berliss, con su Número de Seguridad Social (014-07-6921) y todo. El
secretario general (U Thant) admite con prudencia birmana que hay prueba
bastante de que algunos poderes externos están involucrados en la
escalada del conflicto. Adlai Stevenson no encuentra dónde meter la
cabeza tras soltar Roa: Naturally, these planes came from the moon. En
1979 el cadáver de Pete Ray fue repatriado a EE UU y la CIA terminaría
por admitir su vínculo al concederle la distinción Intelligence Star.
Todavía un C-46 logra aterrizar en la pista de Playa Girón con
municiones y equipos para la brigada, pero el Blagar no puede llevar
tres lanchones de suministros sin destructor de escolta. El capitán dijo
por radio que la tripulación cubana se amotinaría. La infantería de
Castro, con apoyo de tanques y artillería, ha tomado Playa Larga, asedia
Playa Girón y antes del mediodía entra en San Blas. El comandante de la
brigada envía su último mensaje a Blagar: I´m destroying all equipment
and communications. I have nothing left to fight with. I´m taking to the
woods. I can't wait for you. El CRC emite su último boletín para aclarar
que Castro había tildado el desembarco de invasión, pero se trataba de
suministro y apoyo a patriotas que venían luchando dentro de la Isla por
meses. Dulles confiesa al ex vice Nixon: Everything is lost. The Cuban
invasion is a total failure. Hasta el presidente protocolar de Cuba,
Osvaldo Dorticós, está en el teatro de operaciones cuando Castro anuncia
la caída del último reducto enemigo (Playa Girón) a las 5:30 pm.
Guigue
El 20 de abril Castro practica tiro con un cañón autopropulsado SAU-100
contra el Houston encallado, luego de comprobar que no habría
participación directa de tropas regulares de EE UU. Esta circunstancia
había sellado la mala suerte de la FEC desde que Eisenhower aprobara, el
18 de agosto de 1960, el presupuesto de $13 millones para la acción
encubierta contra Castro. Tal y como explica Piero Gleijeses en Ships in
the Night: The CIA, the White House and the Bay of Pigs (Journal of
Latin American Studies, Número 27, febrero de 1995, páginas 37-42), la
Casa Blanca y la CIA creyeron que estaban en sintonía con respecto a la
operación y manejaban en realidad nociones diferentes: JFK pensaba que
la Brigada de Asalto 2506 podía pasar a la guerra de guerrillas en las
montañas y la CIA, que JFK recurriría a los marines antes que abandonar
a la brigada.
Al examinar el 8 de diciembre de 1960 el tinglado armado por la CIA
contra Castro, el coronel Edward Lansdale dudó que el pueblo se
levantara por causa de la invasión y puso en entredicho la base política
de aquel montaje. También el almirante Robert Dennison abrigaba serias
dudas y remitió a la CIA, el 20 de diciembre de 1960, un cuestionario de
119 preguntas. Sólo 12 fueron contestadas. El 15 de febrero de 1961, el
subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Thomas Mann, pasó
al Secretario de Estado, Dean Rusk, un memorando que desmentía la
invasión como detonante de revuelta popular contra Castro. Mann predijo
que, por el contrario, la Operación Zapata conduciría a la encrucijada
de tener que abandonar la brigada a su suerte, intentar trasladarla
hacia las montañas o intervenir militarmente en Cuba.
Otro subsecretario de Estado, Chester Bowles, advirtió en marzo 31 de
1961 a Rusk que la posibilidad de éxito era tan baja que la invasión
sólo contribuiría a reforzar el prestigio de Castro. Y el asesor
presidencial Arthur Schlesinger alegaría el 5 de abril de 1961 que la
brigada no tenía fuerza suficiente para tumbar rápido a Castro: para
hacerlo había que desembarcar con los marines, pero de este modo Cuba en
1961 sería para EE UU lo que Hungría para la Unión Soviética en 1956.
Los oficiales de la CIA Jacob Esterline y Jack Hawkins visitaron el 8 de
abril de 1961 en su propia casa al jefe de planes, Richard Bissell, para
plantear sus renuncias porque la Casa Blanca había podado tanto la
acción contra Castro que la victoria era técnicamente imposible. Tras
efectuar la autopsia de la invasión, el inspector general de la CIA,
Lyman Kirkpatrick, concluyó en octubre de 1961 que la envergadura de la
operación excedía las capacidades de la CIA. A igual conclusión había
arribado el 11 de mayo de 1961 la comisión del Pentágono presidida por
el general Maxwell Taylor.
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