Friday, April 15, 2011 | Por José Hugo Fernández
LA HABANA, Cuba, abril, www.cubanet.org -Como en tiempo de Ramadán para
los islamitas, los días previos al sexto congreso del partido comunista
han paralizado el curso de la vida habitual en La Habana.
Calles prohibidas para el tráfico común, establecimientos cerrados,
escuelas sin clases, afectaciones en el transporte público, mientras que
hileras de ómnibus y otros vehículos gastan ingentes cantidades de
combustible en el traslado de cientos de miles de soldados y civiles que
han estado ensayando para la realización del gran desfile en la Plaza de
la Revolución…
La circunstancia se ha pintado sola para ratificar el carácter
extemporáneamente militarista y el talante amenazador de la dictadura.
Hemos comprobado otra vez que en la capital hay más policías (tanto en
uniforme como de paisano) que perros callejeros o mujeres lindas y
baches por metro cuadrado.
Vuelven a relucir los viejos métodos coercitivos en los centros
laborales: si no vas al desfile te descuento el día de trabajo. Y
muestra nuevamente su triste jeta el clima de silencio tenso y de
simulada resignación por parte de la gente de a pie.
Los burócratas, claro, no podían dejar pasar su chance. Ante cualquier
gestión de servicios públicos que intentaras realizar en vísperas del
sagrado acontecimiento, recibirías siempre la misma respuesta: "no hay
respuesta hasta después del congreso".
Lo demás ha sido lo de menos, es decir, lo acostumbrado: mucho ruido y
pocas nueces.
Resulta paradójica la expectativa que este sexto congreso del partido
comunista parece haber despertado en algunos medios de información del
exterior. Sobre todo si se tiene en cuenta la poca importancia que le ha
concedido el pueblo cubano. Algo que no sería difícil constatar, en modo
alguno.
Somos como los ovejeros que se muestran indiferentes ante el anuncio de
la cercanía del lobo. No porque no le tengamos miedo, sino porque
prevemos que el anuncio sea exagerado. Venga el lobo o no venga, nada
nuevo sufriremos que no hayamos sufrido ya. Y menos hoy, sabedores de
que el lobo, viejo, desdentado y achacoso, no dispone más que de sus
rugidos para tratar de asustarnos.
Miedo, en todo caso, tendrían que sentir ellos. Pues tal vez no haya
amenaza mayor, aunque no rujan, que nuestro silencio tenso y nuestra
simulada resignación.
Porque, nadie lo dude, no existen los pueblos perennemente asustados o
perennemente conservadores. Existen las oportunidades históricas. Y no
están escritas.
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