Monday, May 21, 2007

La Justicia Castrista

Cuba - La Justicia Castrista
Publicado el 21 de May, 2007 en Internacional, Columnistas, Salvador E.
Subirá

Salvador SubiráEra 1961 después de Girón. En Junio me volvieron a traer
del G-2 a La Cabaña por segunda vez. Ya habían liberado a muchos de la
gran recogida sobre los que no había convicción de conspiración sino
sólo sospechas, y también algunos que estaban bien comprometidos con la
lucha pero pudieron pasar desapercibidos en el montón. Y en La Cabaña
sólo iban quedando los que íbamos a ser procesados.

En aquella época daban patio colectivo y podíamos acercarnos sin
necesidad de mucho disimulo a otros miembros conocidos de nuestra
organización conspirativa para intercambiar información, así como a
desconocidos de nuestra propia red, y también de otras redes a los que
habíamos conocido en nuestros trajines de la calle. Pero además, y con
los días, se iba ampliando nuestro círculo de relaciones a otras
personas que alguien nos garantizaba eran confiables. Además estaban las
relaciones que surgen del trato, la afinidad humana y la de quienes, por
razones puramente casuales, resultaban nuestros vecinos en el espacio
mínimo de dormir en nuestra galera. Pronto nuestras relaciones fueron
amplias y amistosas con muchos de los que compartían nuestra prisión.
Pero siempre en alerta por saber que el terreno debía estar minado con
agentes infiltrados que trataban de averiguar los datos que le faltaban
a la Seguridad del Estado.

Los Tribunales Revolucionarios, establecidos desde las Sierras Maestra y
Cristal, ya habían estado vigentes en todo el país por más de dos años y
tenían en su haber una larga lista de condenados a muerte por
fusilamiento. En su ejercicio habían demostrado que su concepto de la
justicia era servir al poder y excluía cualquier derecho de los
acusados, que sus procedimientos podían ser tan irregulares como hiciera
falta, y cuyas sentencias eran independientes de la acusación y la
defensa porque venían dictadas previamente por la Seguridad del Estado.
Por tanto no se les podía conceder una equivalencia con lo que
universalmente se conoce como tribunales de justicia.

En los días previos y durante la acción de Girón el Tribunal
Revolucionario #1 de La Habana, radicado en la fortaleza de La Cabaña,
junto con los de otras ciudades del país, habían estado muy activos
condenando a muchos opositores al fusilamiento, y no cabe la menor duda
que lograban mantener una situación de terror generalizado en el país.
Pero en meses posteriores los fusilamientos se concentraban en unos
cuantos días sangrientos con intervalos mayores en los que se juzgaban
causas que, aunque menores, resultaban en largas condenas de muchos
años. Usando la periodicidad para los fusilamientos el régimen se
aseguraba de mantener el terror sobre la población.

Sobre el mes de Julio fuimos instruidos de cargos para una causa que
abarcaba 68 personas, hombres y mujeres, aunque en ella aún no aparecía
todavía ninguna petición fiscal de condenas. Se hacían cargos
específicos para algunos y generales para otros. En su conjunto y a
grandes rasgos, la causa 238 de 1961 en el TR#1 reunía arbitrariamente a
un grupo de brigadistas infiltrados, al ejecutivo de Unidad
Revolucionaria (que incluía al ciudadano inglés Robert Morton Gueddes) y
un grupo de sus miembros, a un grupo de oficiales de la Marina de Guerra
Revolucionaria (que incluía al comandante Gonzalo Miranda García), a un
grupo pequeño del Movimiento de Recuperación Revolucionaria al que yo
pertenecía, a un miembro del Movimiento 30 de Noviembre y a un miembro
del Movimiento Montecristi. Puedo decir que aunque nos presentaban como
grupo organizado yo sólo conocía a otro miembro del MRR. No faltaba la
falsa imputación, que siempre añadían de oficio a todas las causas, de
que estábamos a las órdenes de la CIA. Lo cierto era que así supimos con
quienes íbamos a compartir un destino incierto. Pero la instrucción de
cargos vino acompañada con el rumor, traído por los abogados y
aparentemente válido, de que se pedirían 14 penas de muerte.

Por el hecho de participar en la misma causa fue que pude trabar amistad
con muchos de los otros acusados, y especialmente con Manuel Blanco
Navarro, un oficial joven del ejército anterior, muy jovial y espontáneo
con todos, que disfrutaba haciendo jaranas y por el que era fácil sentir
simpatía. También con Rafael García-Rubio Rodríguez que era muy joven.
Ellos habían salido del país para incorporarse a los campos de
entrenamiento y formar parte de la brigada invasora que liberaría al
país. Pero ocurrió que fueron escogidos para los grupos de infiltración
previos a la invasión. Ellos dos, como otros 3 infiltrados de la causa,
habían sido delatados por un sexto llamado Pedro Cuéllar Alonso. Éste
último había sido apresado y quebrado durante los interrogatorios, y
para salvar su vida, se dispuso a la delación de los otros compañeros.
Como todos los infiltrados tenían nombres de guerra e identificaciones
falsas fue necesario que Cuéllar los identificara personalmente, y así
lo hizo. Su delación también llevó al arresto de los miembros de la
Unidad Revolucionaria.

Era un tiempo de incertidumbre donde aparentábamos vivir con
naturalidad, pero era inevitable sentirnos muy preocupados y con una
angustia subyacente. Los días nos habían permitido juzgar nuestra
situación y las de otros, pero siempre cabía la duda de lo impredecible
del régimen. El único que nos podía ayudar en ese momento era Dios, y
hacia Él volvíamos nuestro rostro en actividades religiosas. Allí había
un grupo de la Agrupación Católica Universitaria al que yo pertenecía,
que tratábamos de ayudar en esos menesteres, pero también estábamos
atentos a la incorporación de miembros valiosos para nuestra
institución. Por ello fue que todos estuvimos de acuerdo en invitar para
nuestras Guardias Sabatinas a Manuel Blanco y a Rafael García-Rubio en
calidad de Aspirantes.

Pero una mañana ocurrió algo que aún no puedo explicar. En mi sueño
imaginé una presencia confusa de Cuéllar, a quien yo no conocía, y al
despertar sentía la convicción de que había llegado a La Cabaña. Salí en
la fila de buscar el pobre desayuno y compulsivamente iba mirando hacia
el interior de las otras galeras, hasta que mi vista se quedó fija en
alguien que tenía una verruga en la nariz y de la cual pendía un hilo.
No me cupo duda, aquel era Pedro Cuellar, y realmente era él. Su llegada
a La Cabaña debió haber sido terrible para él que había estado dispuesto
a todo para huir de esa posibilidad. Luego en el patio colectivo algunos
de los delatados lo enfrentaron y expresaron su justa cólera con
violencia que lo dejó sangrante. Entonces la guarnición decidió sacarlo
del patio como protección y lo situó en la única área disponible para
eso que eran celdas de castigo y para la estancia de los condenados a
muerte.

Muy pronto llegó otro período de fusilamientos, y esta vez con especial
sadismo. Cerca de la medianoche se despertaba a toda la población penal
por los altavoces para anunciarles que tendrían su juicio en la mañana
siguiente y para que recogieran la petición fiscal de sus condenas.
Entonces ya sabíamos que a la noche siguiente también escucharíamos la
sucesión de ruidos trágicos por los que otros, prisioneros como
nosotros, se verían enfrentados al momento supremo de su existencia.
Todo ocurriría con la indiferencia de una rutina que terminaría con el
tiro de gracia, uno o varios, apuntados fríamente a lo más vulnerable
para consumar su muerte. La única variante, y que ocurría con
frecuencia, era la presencia de algún grupo de fanáticos del régimen que
asistían para ofender a los reos con los peores insultos en sus últimos
minutos de vida, y después expresar su regocijo. Esa era la demostración
de su militancia y lealtad al régimen.

Se sabía cuando empezaban los fusilamientos pero no cuando iban a
finalizar. En la noche, o noches siguientes, se llamaría a otra o varias
causas para el mismo itinerario de muerte. En esos días un duro cerco de
silencio rodeaba a las posibles nuevas víctimas, no por indiferencia
sino por ignorar el discurso apropiado para hablarles. Pero no había
otro discurso posible que el de Dios, y a mí me tocó suplir donde no
había otros. Hablé con muchos, incluyendo todos los de mi causa, y luego
he sentido la paz de haberlo hecho. Pronto supimos que llegaba nuestro
momento y todo ocurrió tal y como lo esperábamos. En mi tránsito para la
oficina a recoger la petición fiscal ya supe que mi condena sólo era
para largos años y respiré aliviado. Pero también supe que se pedía la
pena de muerte para 6 infiltrados, Angel Posada Gutiérrez (Polin),
Braulio Contreras Masó (Boris), Jorge Rojas Castellanos, Rafael
García-Rubio Rodríguez, Manuel Blanco Navarro y también Pedro Cuéllar
Alonso. Sentí que se me afinaba la compasión por aquellas vidas jóvenes
y útiles, y que casi seguro e injustamente, llegarían a su final. Cuando
entré a la oficina salieron otros de mis compañeros que estaban en lo
mismo que yo, y quedé sólo por unos minutos con el oficial que entregaba
los papeles. En ese momento también trajeron a Pedro Cuéllar desde su
encierro de protección para recoger su copia. Venía confiado y
probablemente ajeno a lo que encontraría en el papel, y un relámpago
interior me alertó que sería el único testigo de su segura reacción tras
saber que su delación no lo excluía de la pena capital. Pero sentí
vergüenza por aquella ocurrencia maligna y bajé la mirada.

Durante la noche pensé mucho en lo que no podía remediar. Y en medio de
la impotencia decidí entregarle a Manuel, antes del juicio, aquel pomito
pequeño con agua de Lourdes que mi madre me había entregado con
devoción. Temprano nos vestimos para el juicio y salimos a formar.
Entonces me acerqué a Manuel, le di el pomito, y le dije que era agua de
Lourdes. El lo cogió y lo metió en el bolsillo de su camisa.

Pronto y con fuerte custodia, nos condujeron por la calle empedrada
entre los viejos edificios de la fortaleza hasta salir por la entrada
principal y atravesar el puente de acceso sobre el foso. Allá abajo en
el foso se podía ver el paredón con su poste de madera y la argolla de
metal a media altura, el suelo con manchas negruzcas de sangre y detrás
la pared del foso acribillada con perforaciones. El local para nuestro
juicio estaba fuera de la fortaleza y era el club de oficiales en un
edificio bastante moderno. Las mujeres de la causa llegaron procedentes
de otras cárceles; una de ellas, Mercedes Roselló Blanco, fue sacada de
su ingreso en un hospital y traída en silla de ruedas, mientras que
Norma Albuerne González (esposa de Angel Posada) estaba en avanzado
estado de gestación. Allí sería donde se celebraría nuestro juicio y se
decidiría sobre la vida o largas condenas para 68 personas que luchaban
por la libertad de Cuba.

Vinimos organizados por orden alfabético y así nos sentaron, mientras
nos mantenían rodeados por una fuerte guarnición. Había muchos
familiares de pie en el fondo del salón. Junto a una pared lateral,
sentados y más próximos a la tribuna, estaban los abogados de la defensa
y un miembro del cuerpo diplomático inglés, a quien se le permitió
asistir por haber en la causa un acusado de esa nacionalidad. Los
miembros de la fiscalía ocupaban una mesa al otro lado y también
próximos a la tribuna. El juez de nuestra causa fue Pelayo Fernández, a
quien se le conocía como Pelayo Paredón, y el fiscal fue Fernando Flores
Ibarra, al que popularmente se le conocía como Charco de Sangre. La
razón de ambos apodos, lógicamente, era por el alto número de sentencias
a pena de muerte que ambos habían impartido. El juicio comenzó temprano
en la mañana y había de durar hasta las once de la noche, con la única
interrupción de un almuerzo ligero que se nos repartió en bandejas y en
nuestras propias sillas, y que en un día como aquel resultaba una
frivolidad.

El fiscal inició la exposición de los cargos y a presentar sus testigos,
que no eran los infiltrados reales que habían tratado con los acusados,
sino miembros del equipo de interrogadores de la Seguridad del Estado
que se expresaban como si hubiera sido con ellos mismos. Se fue llamando
a cada uno de nosotros al frente del tribunal para responder preguntas
del fiscal y sobre los cargos imputados, lo que por la cantidad de
acusados fue un proceso lento, dilatado y tedioso, aunque con fuertes
emociones de nuestra parte, sobre todo cuando se referían a quienes se
le había solicitado la pena de muerte. Hubo quien se abstuvo de
declaración alguna. A los abogados defensores, que eran verdaderos
profesionales del foro que habían actuado en la legalidad democrática,
no se les permitió hacer preguntas sino solamente una exposición para la
defensa de sus clientes.

Para los abogados defensores aquellos juicios resultaban algo
surrealista. No podían defender a sus clientes con los argumentos de una
legalidad basada en los derechos de la persona y en los valores
democráticos. Eso era ilusorio, no tenía validez y no conducía a ningún
resultado. Si querían intentar ayudar a los acusados (y digo "intentar"
porque la justicia revolucionaria no aceptaba ningún compromiso con la
verdad ni con la lógica) tenían que argumentar dentro del rígido marco
de criterios impuestos por el régimen.

"No se podía considerar ilegal a nada que hubiera hecho la revolución
porque ella era la única fuente de derecho. Lo que la revolución decía
siempre era prioritario sobre cualquier consenso universal o lógico,
porque la "verdad" era sólo el camino que la revolución necesitaba y
definía. La revolución nunca cometía errores porque ella, y todo lo que
ella hace, es la única y toda la "verdad". Y a pesar de cualquier
apariencia de injusticia o exceso, la revolución no puede ser reprochada
porque siempre ha sido y debe seguir siendo considerada como
extremadamente generosa".

Dentro de ese marco no hay argumentación posible para defender lo que la
revolución decide que es un delito contrarrevolucionario. Salirse fuera
de esos dogmas prescritos, no sólo comprometía al abogado, sino que
tampoco ayudaba al defendido. Por ello los abogados, en sus defensas, y
con el fin de poder obtener algún beneficio para su defendido,
terminaban con alguna fingida apelación a "la generosidad de la
revolución". Puede decirse que las defensas eran casi inútiles para
beneficiar a los acusados, y el régimen las permitía porque no
estorbaban los resultados que el régimen deseaba, y además concedía a
sus procesos judiciales una apariencia regular y honorable para el
consumo internacional.

No hay forma de narrar todos los incidentes de aquel proceso que
lentamente se fue acercando a su final. Ya cerca de las once de la noche
se dieron por terminadas las exposiciones, y el fiscal concluyó
ratificando su solicitud original de condenas como definitiva. Ese era
el momento temido por todos. Había terminado la mascarada pero las
emociones se pusieron al tope. Manuel Blanco Navarro me buscó con la
mirada hacia atrás y enseñándome el pomito con agua de Lourdes me
preguntó con un gesto que debía hacer con él. Lo único que se me ocurrió
fue decirle que se lo bebiera, y él lo hizo. La esposa embarazada y
llorando quiso darle un beso de despedida al padre de su futuro hijo,
pero no se lo permitieron. Nadie pudo tener contacto con las familias
que habían asistido al juicio. Los custodios dieron la orden de
levantarnos y salir en fila a la oscuridad de la noche para regresar a
la fortaleza.

Aunque la sentencia no estaba dictada no había mucha esperanza sobre su
resultado. Yo me creí obligado de acercarme a Manuel para darle al menos
un último abrazo amistoso y de despedida, aunque sabía que no había
manera de confortarlo en aquel momento. Mientras lo hacía llegó un
custodio con unas esposas que aprisionó la mano derecha mía con la
izquierda de Manuel, y escuché como un oficial instruía a otros
custodios para que esposaran en parejas a quienes se les había pedido la
pena de muerte. No tengo que decir el escalofrío que me recorrió el
cuerpo porque aquel error cometido conmigo quedase así y no lo
corrigieran, porque en aquel régimen improvisado no había nada
imposible. Pero también era indelicado el que yo protestara aclarando
que sólo era Manuel y no yo. Para mi descanso intervino otro custodio
ordenando que yo no debía ser esposado y me soltaron la mano.

Debemos aclarar que, cuando se dictaban sentencias a la pena de muerte,
el régimen había establecido que de oficio e inmediatamente se
procediera a revisar la sentencia con una apelación que se completaba en
un tiempo muy breve. Pero lo curioso del caso era que el presidente del
tribunal y el fiscal sólo se intercambiaban para juzgar dicha apelación.
Por lo cual resultaba poco probable que se dictaran sentencias más benignas.

En ese momento apareció una camioneta pick up e hicieron montar en ella
a los 6 esposados. Como éramos muchos y nos mantenían en el centro de la
calle con los numerosos custodios a ambos lados, la camioneta no pudo
adelantarse y avanzaba lentamente dentro del grupo y a mi lado. Yo no sé
si aquella noche tenía luna y estrellas, pero sí recuerdo vivamente lo
que vimos cuando nos acercamos al puente que volaba el foso para dar
acceso a la fortaleza. Como ya dijimos era más de las once de la noche y
sobre el puente se veía a un grupo desorganizado y numeroso de niños y
niñas, entre los seis y los trece años de edad, vestidos irregularmente
con piezas civiles y de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), algunos
con boina, y sin personas mayores responsables por ellos. ¿Qué estaban
haciendo aquellos niños y niñas solos, allí, y a aquella hora?. ¿Dónde
estaban sus padres?.

Recuerdo haber visto a un varoncito muy pequeño sentado en la acera
peatonal y con las piernas en el vacío. Ellos nos veían venir pero no
tenían interés por nosotros. Su atención era hacia el foso que aparecía
iluminado con una luz muy intensa. Pronto alcanzamos a ver que en el
fondo del foso, y aunque la apelación se estaba debatiendo todavía, ya
estaban esperando los guardias del pelotón, con sus fusiles listos y
conversando. Hasta se veía alguno con la mano apoyada en el fatídico
poste. Entonces sí supimos lo que los niños hacían allí. Y para
corroborarlo escuchamos como una niña próxima exhortaba a otra a que no
se marcharse porque "ya les faltaba poco". Aquello daba vértigo. Pero
Manuel, que la había escuchado a su lado, se inclinó galantemente hacia
ella y le dijo: "Ciertamente joven no se marche, que pronto venimos y
esperamos ofrecerle un buen espectáculo". Entonces la niña viró su
rostro, miró a Manuel y a los otros esposados, y parece que
comprendiendo lo trágico de aquella situación, se cubrió la cara con las
dos manos y sollozó. Hoy al cabo de 42 años, me pregunto cuál habrá sido
el recorrido y el destino de los niños de aquella noche que a tan
temprana edad fueron inducidos, o se les permitió, ser testigos de la
crueldad de los fusilamientos.

Paso a paso, arrastrándonos y con el ánimo roto, atravesamos la puerta
de entrada de la fortaleza. Seguimos escurriéndonos por la oscuridad de
las callejuelas hasta que llegamos a la reja grande del patio, pronto
nos entraron y nos fuimos dividiendo hacia nuestras galeras. No pudimos
ver cuando nuestros compañeros fueron llevados a las celdas de los
condenados a muerte para esperar el resultado del juicio y la apelación.
En las galeras ya dormían y se despertaron para preguntarnos por el
juicio y especialmente por "ellos", y al saber todos bajaban la mirada.
Hacía sólo una semana que me había tocado una cama por la lista. Me tiré
en ella y me puse a pensar en que aquella noche no era decente dormir.
¿De dónde habían salido estos cubanos, que sólo dos años atrás, decían
defender la libertad y la justicia?. Pasó un tiempo largo e implacable y
la extenuación nos rendía cuando empezó la secuencia de los ruidos
fatídicos. Pronto se oyó el primer grito de ¡Viva Cuba Libre!, con la
descarga y el tiro de gracia frío y cruel. ¿Quién sería?… Después el
segundo. Así hasta 5 veces. Luego el silencio se hacía largo, y más
largo, larguísimo…., ¿es que se habría acabado?… ¿Quizás Pedro
Cuéllar?…seguro. No recuerdo como fue el resto de la noche.

Por la mañana saliendo al desayuno, supimos que a Rafaelito lo trajeron
tarde para la galera, ¡No me digas!. Me explicaron, fue porque sólo
tenía 18 años.

Al día siguiente leímos las sentencias de todos que publicaba la prensa:
6 penas de muerte por fusilamiento (fueron 5), dieciocho condenados a 30
años, cuarenta condenados a 20 años, dos condenados a 9 años, y sólo 1
acusado absuelto.

Autor: Salvador Subirá

http://www.lahistoriaparalela.com.ar/2007/05/21/cuba-la-justicia-castrista/

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