Thursday, February 15, 2007

Un Tambor a Obbatala

Un Tambor a Obbatalá
2007-02-15
Shelyn Rojas, Periodista Independiente

La Habana – Los africanos, esclavizados por los españoles, cuando
llegaron a la isla trajeron consigo sus creencias. Celebraban las
ceremonias y rituales a sus santos en los patios de los amos.

Las ofrendas de frutas, sacrificios de animales y toques de tambores,
eran realizados bajo el resplandor que refleja la luna y a la luz de las
velas y las antorchas. Esta tradición ha prevalecido hasta la
actualidad. La mayoría de los cubanos en sus hogares realizan sus cultos
religiosos.

Ana Luisa vive en el reparto capitalino Guanabacoa y practica con
devoción la religión yoruba. Ella necesitaba dar un tambor a Obbatalá,
Santo mayor y padre de todos los orishas.

Esa mañana, preparó en su pequeña y maltrecha casa de madera un rincón
para las soperas de los santos. Vistió las paredes de madera agujereada
con cortinas viejas de distintos colores. Las soperas las tapó, según
los colores que le corresponden a cada santo.

La de Obbatalá la tapó con un paño blanco. Era la que encabezaba el
trono. Delante de todas las soperas, había diversidades de dulces para,
después del tambor, repartir a los invitados.

Cayendo la tarde, llegaron los tamboreros. Poco después, todos los allí
presente danzaban al compás de tambor. El santero que estaba destinado
para bajar a Obbatalá era el más próximo a los tambores. Después de un
largo rato, se apoderó de él el trance esperado por todos.

Saludó y fue directo hacia donde se encontraba Ana Luisa. Ella lo
esperaba con impaciencia. Eran pasadas las seis de la tarde. Todo
marchaba bien cuando el fluido eléctrico se cortó.

Los invitados, a medida que oscurecía, miraban por la puerta. El
excesivamente bajo puntal de la casa, sumado al techo de zinc
recalentado, hacía el calor insoportable.

Desaparecido el resplandor, las velas remontaron el lugar a siglos
atrás. Obbatalá, montado en su caballo, seguía danzando y prediciendo
el futuro de todos los que se acercaban a él. La fiesta a la luz de las
velas terminó a las nueve de la noche. A esa hora, Obbatalá se despidió
sin el toque de los tambores. Los tamboreros apenas podían ver en la
oscuridad.

Ana Luisa no tendrá comida al próximo día. Todo lo gastó en la fiesta a
su Santo. Obbatalá se lo merecía. Le aseguró que se iría pronto del
país. Más pronto de lo que ella pensaba.

Ana Luisa pasará hambre y su casa ruinosa quizás acabe de derrumbarse
pero Obbatalá tuvo su tambor. Eso es lo que importa. Ana Luisa está
feliz por las predicciones. ¿Para que preocuparse por su hogar si
Obbatalá le aseguró que pronto viajará? Un poco de privaciones más no la
matará. Por ella, pueden seguir los apagones, que su luz está segura…
Obbatalá no le puede fallar.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=8779

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