Los autores señalan como clave de la falsedad, además de los testimonios
recabados, el incumplimiento del anuncio de que se practicaría a los
restos una prueba de ADN.
Agencias
lunes 12 de febrero de 2007 12:29:00
El hallazgo de los restos del Che Guevara en Bolivia en 1997 fue un
montaje organizado por el gobierno de Fidel Castro para distraer la
atención de la población sobre la grave crisis que vivía la Isla, según
una investigación publicada por la revista hispano-mexicana Letras
Libres, infomó EFE.
De acuerdo con la investigación, la operación para hallar los restos del
Che en Vallegrande (Bolivia) —adonde fue trasladado tras ser capturado y
ejecutado en 1967 por tropas bolivianas— fue ordenada por Castro cuando
su régimen "atravesaba por sus peores momentos", para "distraer al
pueblo de sus apremiantes penurias" y "relanzar la mística revolucionaria".
Los periodistas Maite Rico y Bertrand de La Grange, ex corresponsales en
América Latina de los diarios El País (Madrid) y Le Monde (París),
firman el reportaje de Letras Libres, una revista cultural dirigida por
el historiador mexicano Enrique Krauze.
Para Rico y De La Grange, el plan consistía en enviar un equipo a
Bolivia y llevar a Cuba los restos antes de octubre, cuando se
conmemoraba el 30 aniversario de la muerte del Che, para depositarlos en
el mausoleo que se erigía en su honor en Santa Clara, la ciudad liberada
por Guevara en 1958.
Según la versión oficial, el cadáver del Che fue hallado en 1997 en una
fosa común en el aeropuerto de Vallegrande y, tras su identificación en
el Hospital Japonés de Santa Cruz (Bolivia), trasladado a Cuba.
El equipo enviado por el gobierno cubano incluía, de acuerdo con el
informe de Letras Libres, a tres ingenieros geofísicos, un antropólogo
forense, un arqueólogo y una historiadora, bajo la dirección del
director del Instituto de Medicina Legal de La Habana, Jorge González.
"¿De qué iba a servir tanta gente experta y tantos georadares y
detectores de magnetismo si al Che lo habían incinerado los militares y
esparcido sus cenizas por la selva, como todo el mundo sabía?", se
preguntan los autores del reportaje.
El hallazgo fue refrendado por un equipo forense argentino, lo que le
dio mayor verosimilitud, afirman Rico y De La Grange. Los periodistas
señalan "la sospechosa complicidad de la comisión nombrada por el
gobierno de Bolivia para supervisar la operación", encabezada por un
hombre elegido por el entonces presidente boliviano Gonzalo Sánchez de
Lozada, Franklin Anaya, ex embajador en La Habana.
La identificación del Che, según se explicó entonces, se basó en que el
esqueleto carecía de las manos, que le habían sido amputadas por el
Ejército, en las características del cráneo y en los restos dentales.
Además, según los forenses, "se habían encontrado pruebas contundentes
en la fosa, en particular un cinturón y una chamarra verde, idénticos a
los que portaba cuando su cadáver fue expuesto en la lavandería del
hospital Señor de Malta".
Pero todas esas evidencias, dicen Rico y De La Grange, son falsas.
"Hay un consenso entre los militares sobre un punto clave: incinerados o
no, sus restos fueron sepultados en solitario, en una tumba aparte, y
los muy pocos, tres o cuatro personas, que conocían el lugar exacto han
muerto", explican.
Por ello, era imposible que el esqueleto del Che fuera hallado junto a
otros, como se sostuvo en 1997.
Asimismo, la chamarra que apareció en la tumba y que sostienen que era
de él no pudo estar allí porque fue retirada de la morgue y se la quedó
el médico Moisés Abraham Baptista, director del hospital local, según
los periodistas.
Los investigadores señalan como clave de la falsedad, además de los
testimonios recabados, el incumplimiento del anuncio de que se
practicaría a los restos una prueba de ADN.
Según Rico y De La Grange, "sólo una prueba de ADN realizada por
expertos totalmente independientes permitirá comprobar si el esqueleto
atribuido al Che le pertenece realmente".
"Lo van a tener difícil —añaden— ya que las dos autopsias practicadas al
Che no coinciden. La primera, realizada en Vallegrande por el doctor
Abraham Baptista, en 1967, señalaba nueve heridas de bala. La segunda,
hecha en el hospital Japonés de Santa Cruz, treinta años más tarde,
menciona sólo cuatro proyectiles de arma de fuego".
Rico y De La Grange son autores de dos libros, Marcos, la genial
impostura y ¿Quién mató al Obispo? Autopsia de un crimen político, sobre
el asesinato del obispo guatemalteco Juan Gerardi.
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