Las camas del pueblo
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - Desde hace algún tiempo me
daba vueltas una crónica en la cabeza, pero por lo absurdo, bárbaro e
irracional del asunto, no sabía cómo enfocarla. Sin embargo, al saber
por estos días que el Comandante en Jefe y su numerosa familia han
contado con una carpintería propia donde le hacen sus muebles a su gusto
y con buenas maderas -bien oculto se lo tenía-, creo necesario decir
que, en cambio, en 48 años de régimen comunista, la población cubana se
ha visto impedida de comprar sus camas en las tiendas.
Con este mueble imprescindible ocurrió lo mismo que con las armas en los
primeros albores de la llamada revolución cubana, aunque nadie preguntó
en público: ¿Camas para qué?
Se nacionalizaron las tiendas hasta vaciarse por completo, se vendieron
en las naves de recuperación de bienes los muebles que pertenecían a las
familias que huyeron del país. Las carpinterías capitalistas -muchas
cerraron por falta de madera- pasaron a manos de los organismos
estatales donde sólo se necesitaban muebles de oficina. La iniciativa
privada fue suspendida y los carpinteros particulares, capaces de
fabricar una cama como Dios manda, no podían hacerlo porque de acuerdo a
las nuevas leyes iban de cabeza a un calabazo por realizar trabajo ilegal.
Así fue como comenzaron a desaparecer las camas de los establecimientos
comerciales a principio de los años sesenta. Ni siquiera los jóvenes que
se casaban recibían en su ajuar de novios, por la libreta de productos
racionados, lo más necesario para consumar el matrimonio: la cama.
Como también dejó de escucharse por las calles aquel pregón tan
solicitado que decía: "¡Estiro bastidores!"; aquella especie de colchón
de tela metálica heredado de los abuelos. Tanto cedía con el peso del
cuerpo, que se terminaba durmiendo en un hoyo.
La producción de todo quedó en manos del estado, pero el estado, que ni
siquiera puede brindarle un camastro cómodo a sus cien mil presos, se
olvidó también, como se ha olvidado de tantas otras cosas, de las camas
del pueblo.
Como para recordar aquellas casas de empeño del capitalismo, donde se
podía adquirir cualquier mercancía a bajo costo, desaparecidas también
bajo el actual gobierno. A finales de los años setenta se crearon las
llamadas casas comisionistas, donde cualquiera podía llevar adornos,
lámparas, muebles, etc., y de acuerdo con el administrador, ponerle un
precio para su venta. Así fue como volvimos a ver las viejas camas de
caoba y cedro fabricadas por nuestros carpinteros del ayer más lejano,
pero al precio de un ojo de la cara.
Tanta era y es la escasez de camas, que en las posadas o casas de citas,
los lechos eran de cemento. No es un chiste ni una exageración. Las
bases de las camas, en vez de ser de madera, se hicieron de piedra para
evitar que se rompieran. Hoy, por suerte, esas camas de piedra han
desaparecido, pero también las posadas. Me cuentan que los jóvenes,
cuando no tienen dinero para alquilar un cuarto de forma clandestina en
una casa particular dedicada a esos menesteres, hacen el amor donde
quiera: junto a los monumentos de los parques, por ejemplo, el de José
Miguel Gómez, situado en la Avenida de los Presidentes; en las escaleras
de los edificios, en el Parque Lenin, entre las ruinas de los derrumbes
o en las mismas calles que se mantienen a oscuras.
A partir del período especial, en años noventa del siglo pasado, las
cosas comenzaron a cambiar. Todo aquél que recibiera dólares de su
familia residente en el extranjero, podía adquirir una cama un poco más
cómoda que las antiguas de principio de siglo y a precios sorprendentes
en las tiendas recaudadoras de divisas. Los carpinteros particulares,
que no olvidaron su oficio, recibían encargos, aunque de forma discreta,
para no llamar la atención de las autoridades, que insisten en que todo
debe hacerse a través del estado, aunque a través del estado muy poco se
puede hacer.
En cierta ocasión, de visita en la casa de un colega de la prensa
independiente, contemplé con gran pena su cama maltrecha, un viejo
recuerdo de familia. Meses después, cuando pude adquirir una cama nueva,
más cómoda y como Dios manda, le regalé la mía. Vino a buscarla en
cuestión de minutos. Aquella mirada suya de verdadera complacencia
cuando cargó con la cama y su colchoncito de goma, jamás podré olvidarla.
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