Tuesday, February 13, 2007

El Gulag: Lo que Ahora Sabemos y por que Es Importante

El Gulag: Lo que Ahora Sabemos y por qué Es Importante
2007-02-12 LiberPress- El Cato
Anne Applebaum

6 de abril, del 2004.- Anne Applebaum es editorialista y miembro del
Consejo Editorial del Washington Post. Es parte del Comité Internacional
de Selección 2004 del Premio Milton Friedman para el Avance de la
Libertad. El 5 de abril ha sido galardonada con el Premio Pulitzer en la
categoría No-Ficción por su libro: Gulag: a History (Gulag: Una
Historia). Este ensayo es un extracto de una conferencia dada el 7 de
noviembre del 2003 en Nueva York y publicada en la Edición de Invierno
(Número 1, Volumen 2) de Cato's Letter.

Cuando hablo o escribo sobre los campos de concentración soviéticos,
siempre me gusta comenzar con una aclaración, porque no quiero
atribuirme que, al escribir una historia narrativa del Gulag, he
descubierto un nuevo tema que nunca antes ha sido tocado. El libro de
Solzhenitsyn, Archipielago Gulag, la historia del sistema de campos de
concentración que se publicó en Occidente en los años 1970, en gran
medida ha sido correcto. Aunque el autor no tuvo acceso a los archivos y
basó todo su escrito en cartas y memorias de otros prisioneros, ahora
parece que comprendió muy bien la historia del sistema.

Sin embargo, en los años que he llevado investigando para mi libro
Gulag: A History (Gulag: Una Historia), concluí que los archivos pueden
hacer una diferencia para nuestra comprensión. Los documentos, por
ejemplo, me permitieron ser mucho más precisa de lo que era posible en
el pasado. Gracias a los recientemente abiertos archivos soviéticos,
ahora sabemos que existieron por lo menos 476 sistemas de campos de
concentración, cada uno conformado por cientos, incluso, miles de campos
individuales, que en algunos casos se extendían sobre miles de millas
cuadradas de lo que, de otra manera, sería tundra vacía.

También sabemos que la vasta mayoría de los prisioneros eran campesinos
y trabajadores, no los intelectuales que luego escribían memorias y
libros. Sabemos que, con unas pocas excepciones, los campos no eran
construidos específicamente para matar personas: Stalin prefería usar
pelotones de fusilamiento para conducir sus ejecuciones masivas. No
obstante, a menudo los campos eran letales: cerca de un cuarto de los
prisioneros de los Gulag murieron durante los años de la guerra. La
población de los Gulag también era muy fluida. Los prisioneros se iban
porque morían, porque escapaban, porque tenían cortas condenas, porque
iban a ser entregados al Ejército Rojo o porque habían sido promovidos
-como con frecuencia sucedía- de prisionero a guardia. Esas liberaciones
invariablemente eran seguidas por nuevas olas de arrestos.

Una Nación de Esclavos

Como resultado, entre 1929, cuando los campos de prisioneros por primera
vez se volvieron un fenómeno masivo, y 1953, el año de la muerte de
Stalin, cerca de 18 millones de personas pasaron por el sistema.
Adicionalmente, unos 6 o 7 millones de personas fueron deportados a
pueblos en el exilio. El número total de personas con alguna experiencia
de encarcelamiento y trabajo forzado en la Unión Soviética estalinista
pudo haber estado cerca de los 25 millones, o cerca del 15 por ciento de
la población.

También sabemos dónde estaban los campos de concentración
-concretamente, en todas partes. Aunque todos estamos familiarizados con
la imagen del prisionero en una tormenta de nieve, excavando carbón con
un pico, existieron campos de concentración en el centro de Moscú en los
que los prisioneros construían bloques de apartamentos o diseñaban
aviones, campos de concentración en Krasnoyarsk donde los prisioneros
dirigían plantas de energía nuclear, campos de pesca en la costa
Pacífica. De Aktyubinsk a Yakutsk, no había un solo centro de gran
población que no tuviera uno o varios campos de concentración locales y
no existió una sola industria que no empleara prisioneros. Por años, los
prisioneros construyeron caminos, ferrocarriles, plantas de energía y
fábricas químicas. Fabricaron armas, muebles, repuestos para máquinas e,
incluso, juguetes para niños.

En la Unión Soviética de la década de 1940, cuando los campos de
concentración alcanzaron su cenit, habría sido muy difícil en muchos
lugares cumplir la rutina diaria sin tropezar con prisioneros. Ya no es
posible argumentar, como algunos historiadores occidentales hicieron,
que los campos eran un fenómeno marginal o que ellos sólo eran conocidos
por una pequeña proporción de la población. Al contrario, eran centrales
al sistema soviético en general.

También entendemos mejor la cronología de los campos de concentración.
Por mucho tiempo hemos sabido que Lenin construyó los primeros en 1918,
durante la Revolución, pero los archivos ahora nos han ayudado a
explicar por qué Stalin decidió expandirlos en 1929. En ese año, él
lanzó el Plan Quinquenal, un intento extraordinariamente costoso, tanto
en vidas humanas como en recursos naturales, para forzar un incremento
del 20 por ciento anual en la producción industrial soviética y para
colectivizar la agricultura. El plan llevó a millones de arrestos a la
vez que los campesinos eran expulsados de sus tierras; eran encarcelados
si se rehusaban a irse. También llevó a una enorme escasez de mano de
obra. De repente, la Unión Soviética se encontró con necesidad de
carbón, gas y minerales, la mayoría de los cuales se encontraban
únicamente en el lejano norte del país. La decisión se tomó: los
prisioneros serían utilizados para extraer los minerales.

Para los agentes secretos que estaban a cargo de la construcción de los
campos de concentración, todo tenía sentido. Así es cómo Alexi Laginov,
antiguo comandante suplente de los campos de Norilsk, al norte del
Círculo Ártico, justificaba el uso de prisioneros como mano de obra en
una entrevista en 1992: Si hubiéramos enviado civiles, primero
hubiéramos tenido que construir casas para que vivieran en ellas. Y,
¿cómo gente común y corriente podría vivir aquí? Con prisioneros, es
sencillo. Todo lo que se necesita es una barraca, una estufa con una
chimenea y de alguna manera ellos sobreviven.

Nada de esto quiere decir que los campos de concentración no intentaban
también aterrorizar y subyugar a la población. De hecho, los regímenes
de prisiones y campos, que eran diseñados hasta el último detalle por
Moscú, estaban diseñados definitivamente para humillar a los
prisioneros. Se les quitaban los cinturones, botones, tirantes y
artículos elásticos. Los guardias los veían como "enemigos" y les
prohibían utilizar la palabra "camarada" incluso entre ellos mismos.
Esas medidas contribuyeron a la deshumanización de los prisioneros desde
la perspectiva de los guardias de los campos y de los burócratas, que de
esta manera encontraron mucho más fácil no tratarlos como conciudadanos
y ni siquiera como seres humanos. Realmente, esto resultó ser una
combinación ideológica extremadamente poderosa - la indiferencia por la
humanidad e individualidad de los prisioneros y la irresistible
necesidad de cumplir con el plan centralmente determinado.

Los "Aburridos" Homicidios de Stalin

Una de las razones por las que escribí el libro es que comencé a
preguntarme por qué me topé con este tema únicamente cuando viví en
Europa Oriental. Tengo un título en historia rusa de la Universidad de
Yale, pero sabía muy pocos de estos detalles. También me inspiró, debo
admitirlo, una crítica bastante irritante hecha por el New York Times de
mi primer libro, Between East and West: Across the Borderlands of Europe
(Entre Oriente y Occidente: A través de las fronteras de Europa), el que
trataba sobre los países occidentales fronterizos de la ex Unión
Soviética. Aunque mayoritariamente positiva, la crítica contenía la
siguiente frase: "Aquí ocurrió la hambruna del terror de la década de
1930, en la que Stalin asesinó a más ucranianos que Hitler a Judíos. Sin
embargo, ¿Cuántos occidentales recuerdan eso? Después de todo, los
homicidios eran tan aburridos y aparentemente sin dramatismos".

¿Fueron aburridos los homicidios de Stalin? Mucha gente cree eso. Los
crímenes de Stalin no inspiran la misma reacción visceral en el público
occidental como lo hacen los crímenes de Hitler. Ken Livingstone, un
antiguo miembro del Parlamento y ahora el alcalde de Londres, una vez
gastó toda una noche tratando de explicarme la diferencia. "Sí", dijo,
"los Nazis eran malos. Pero la Unión Soviética estaba deformada." Esa
visión refleja el sentimiento de muchas personas, incluso de personas
que no son miembros chapados a la antigua del Partido Laborista
británico. La Unión Soviética de alguna manera estaba mal, pero no
fundamentalmente mal en el mismo sentido en el que lo estuvo la Alemania
de Hitler.

La Ciega Visión de la Ideología

Hasta hace poco era posible explicar esta ausencia de sentimiento
popular sobre la tragedia de la Europa comunista como el resultado
lógico de un conjunto particular de circunstancias. El paso del tiempo
es una parte: los regímenes comunistas fueron menos censurables con el
transcurso de los años.

Nadie se asustaba mucho con el General Jaruzelski, o incluso con
Brezhnev, aunque ambos fueron responsables por gran parte de la
destrucción. Además, los archivos estaban cerrados. El acceso a los
lugares de los campos de concentración estaba prohibido. Ninguna cámara
de televisión filmó nunca los campos soviéticos o a sus víctimas, como
lo hicieron en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. A la vez,
la ausencia de imágenes significa que el tema en nuestra cultura visual
tampoco existió realmente.
La ideología también transformó las formas en las que hemos comprendido
la historia soviética y de Europa Oriental. En la década de 1920, los
occidentales sabían mucho sobre lo sangrienta de la revolución de Lenin
y de los campos de concentración que él acababa de establecer. Los
socialistas occidentales, muchos de cuyos hermanos estaban entre las
primeras víctimas de los bolcheviques, protestaron enérgica, firme y
frecuentemente contra los crímenes que estaban siendo cometidos por el
régimen bolchevique.

"Me Recuerda Montana"

En 1944, el vicepresidente Henry Wallace visitó Kolyma, uno de los más
notorios campos de concentración, durante un viaje a través de la Unión
Soviética. Creyendo que visitaba algún tipo de complejo industrial, le
dijo a sus anfitriones que el "Asia Soviética", como la llamó, le
recordaba al salvaje oeste, en particular a Montana, que era de donde él
venía. Dijo: "Las vastas extensiones de sus campos, sus bosques
vírgenes, ríos amplios y grandes lagos, todos los tipos de climas, su
inagotable riqueza, me recuerdan mi tierra". No era el único en
rehusarse a ver la verdad sobre el sistema estalinista en ese momento;
Roosevelt y Churchill también se tomaron sus fotografías con Stalin.

Juntas, todas estas explicaciones tuvieron sentido alguna vez. Cuando
por primera vez comencé a pensar seriamente en este tema, mientras el
comunismo colapsaba en 1989, también vi la lógica: parecía natural,
obvio, que debería saber muy poco sobre la Unión Soviética estalinista,
cuya historia secreta lo hizo todo más intrigante. Más de una década
después, lo siento muy diferente. La Segunda Guerra Mundial ahora
pertenece a una generación anterior. La Guerra Fría también terminó y
las alianzas y quiebras internacionales que produjo se volvieron buenas.
La izquierda occidental y la derecha occidental ahora compiten sobre
asuntos diferentes. Al mismo tiempo, la emergencia de nuevas amenazas
terroristas a la civilización occidental hace el estudio de las viejas
amenazas comunistas a la civilización occidental, más relevantes. Me
parece que es tiempo de dejar de ver la historia de la Unión Soviética a
través de los reducidos lentes de la política estadounidense y comenzar
a verla por lo que realmente fue.

Ciertamente ello nos ayudará a entender nuestra propia historia. Porque
si olvidamos el Gulag, tarde o temprano olvidaremos nuestra propia
historia. Después de todo, ¿por qué peleamos la Guerra Fría? ¿Fue por
locos políticos derechistas, en alianza con el complejo
militar-industrial y la CIA, que inventaron todo y obligaron a dos
generaciones de estadounidenses a acompañarlos? ¿O algo más importante
estaba sucediendo? La confusión ya está extendida. En el 2002, un
artículo en la revista británica conservadora Spectator opinó que la
Guerra Fría fue "uno de los más innecesarios conflictos de todos los
tiempos". Gore Vidal también describió las batallas de la Guerra Fría
como "cuarenta años de guerras sin sentido que crearon una deuda de $5
millones de millones de dólares". Ya estamos olvidando qué fue lo que
nos movilizó, lo que nos inspiró, lo que mantuvo a la civilización de
"Occidente" unida por tanto tiempo.

También hay razones más profundas para entender esta parte medio
olvidada de la historia. Si no estudiamos la historia del Gulag, algo de
lo que sabemos de la humanidad misma se distorsionará. Cada una de las
tragedias masivas del siglo 20 fue única: El Gulag, el Holocausto, la
masacre de Armenia, la masacre de Nanking, la Revolución Cultural, la
Revolución de Camboya, las guerras de Bosnia. Cada uno de esos eventos
tuvo diferentes orígenes históricos y filosóficos y surgió de
circunstancias que nunca más se repetirán. Sólo nuestra habilidad para
degradar y deshumanizar a nuestros semejantes ha sido -y será- repetida
una y otra vez.Entre más entendamos cómo diferentes sociedades han
transformado a sus vecinos y conciudadanos en objetos; entre más sepamos
de las circunstancias específicas que llevaron a cada episodio de
asesinato masivo; mejor entenderemos el lado más oscuro de nuestra
propia naturaleza humana.

Yo escribí mi libro sobre el Gulag no "para que no vuelva a suceder otra
vez", como dice el cliché, sino porque sucederá otra vez.
Necesitamos saber por qué -y cada historia, cada memoria, cada documento
es una pieza del acertijo. Sin ellos, despertaremos un día y nos daremos
cuenta que no sabemos quiénes somos.

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Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=8745

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