Monday, May 20, 2013

José Martí y la República de los Pasos Perdidos

República, 20 de mayo

José Martí y la República de los Pasos Perdidos
En correspondencia con el legado martiano, el actual modelo cubano deber
ser superado por otro que conceda la mayor libertad posible a la
iniciativa económica de los trabajadores independientes
Ariel Hidalgo, Miami | 20/05/2013 11:29 am

No se sabe exactamente —al menos yo no lo sé—, por qué se escogió la
fecha del 20 de mayo para inaugurar la República de Cuba, un día después
de conmemorarse siete años de la muerte en combate del hombre que había
dado inicio a aquella guerra de independencia como delegado del partido
que fundara en 1892, a no ser que quisieran representar la resurrección
de sus ideales al día siguiente de su muerte. Pero a pesar de que ese
día inaugural se consideraba oficialmente fundada la república
independiente por la cual se libró aquella guerra, muy poco tuvo que ver
aquel parto en que se arrastraban cargas impositivas a la soberanía
nacional y un cúmulo de sueños frustrados, con los ideales que inspirara
la labor titánica de aquel hombre, José Martí, que en sus últimas
palabras en carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, manifestara que
su principal propósito era "impedir a tiempo con la independencia de
Cuba que se extiendan los Estados Unidos por las Antillas y caigan, con
esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América". Aquellas previsiones
fueron certeras si tenemos en cuenta que los Estados Unidos
intervinieron en aquella guerra de liberación nacional para apoderarse
de Cuba y Puerto Rico y pocos años después, en Panamá para apoderare del
Canal. Martí, que había vivido quince años en esta gran nación, durante
los cuales había sido periodista y cónsul de un país suramericano,
señalaba las razones para aquellos temores: "Viví en el monstruo, y le
conozco las entrañas". Y agregaba ante la magnitud del reto emprendido
contra un gigante de siete leguas: "Y mi honda es la de David" (Martí:
Obras Completas, Edit. Nac.,1963-1965, t. IV, p. 167).

La Enmienda Platt, impuesta a la fuerza por el Gobierno interventor
norteamericano, generaba una República timorata, sujeta al derecho
interventor del vecino poderoso, a la imposición de bases militares y a
la imposibilidad de abolir o reformar las medidas de gobierno dictadas
durante la intervención que favorecían primordialmente los intereses
económicos de grandes propietarios norteamericanos, y por ende al
establecimiento de un sistema político donde los aspirantes a altos
cargos públicos debían requerir la anuencia de Washington si querían
sentirse seguros en el gobierno del país, o como el propio Martí preveía
en la citada carta, el empoderamiento de "una especie curial … contenta
sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga o les cree,
en premio de oficio de celestinos, la posición de prohombres desdeñosos
de la masa pujante, … la masa inteligente y creadora de blancos y
negros" (Ob. cit. P. 168), todo lo cual lamentablemente se cumplió y
quedó demostrado con la obra del primer presidente, quien consolidó los
puntos de aquella enmienda con un pacto donde supuestamente el pueblo
cubano daba su anuencia a aquellas sujeciones, y llevando al plano
económico aquella subordinación con un tratado arancelario que impedía
el desarrollo industrial del país y convertía a Cuba en una mera
factoría norteamericana.

Ese estado de factoría azucarera con una mano de obra semiesclava se
extendió hasta fines de los años 20 cuando un presidente nacionalista
abolió aquel tratado, impulsó la redacción de una nueva constitución que
sustituiría a la de la Enmienda Platt, industrializó y modernizó al país
al poner fin a la semiesclavitud de plantaciones, embelleció a las
principales ciudades del país con un ambicioso plan de obras públicas
que puso fin al desempleo, entre las cuales se destacó una carretera
central que unía todos los mercados locales aislados y abarataba los
precios de las mercancías. Entre las principales obras realizadas por
Gerardo Machado sobresalía la del palacio del Capitolio Nacional, centro
del poder legislativo, donde un diamante marcaba el kilómetro cero de la
Carretera Central, y por ende, el punto de partida de todos los caminos
del país. Irónicamente, el nombre del recinto en cuyo centro se hallaba
aquel diamante era el Salón de los Pasos Perdidos. Machado cometió el
error de intentar prorrogar su mandato, y el descontento ocasionado por
esa decisión y por las precariedades de la crisis mundial, dieron lugar
a una fuerte oposición en 1933. Pero no fue derrocado por una revolución
sino por un golpe militar promovido por el Gobierno de Roosevelt, debido
a los intereses cárnicos de Chicago afectados por el nuevo tratado
comercial.

La Revolución triunfó veinticuatro días después para desplazar al
gobierno títere que sucediera a Machado, cuyo vaticinio de que después
de él sólo reinaría el caos, era ya una realidad. El gobierno
revolucionario sucumbió a los cinco meses en medio de un torbellino de
contradicciones internas y una doble oposición de izquierdas y derechas.
Luego se sucedieron los llamados presidentes fugaces impuestos y
desplazados por Batista, el nuevo caudillo militar, con la anuencia de
la embajada norteamericana, hasta que la alianza antifascista de la
Segunda Guerra Mundial promovió el acercamiento de las diversas fuerzas
políticas que permitió la Constitución del 40 y una tolerancia que
posibilitó en el 44 el regreso al poder de los revolucionarios del 33
convertidos ahora en moderados socialdemócratas, para impulsar un
proceso de socialización e institucionalización en medio de una
atmósfera de corrupción y pandillerismo, hasta que en el 52 Batista
perpetra un nuevo golpe para poner fin a la Constitución del 40 e
iniciar un régimen autoritario de fuerza. Todo este cúmulo de males
abonaron las cruentas luchas insurreccionales y su posterior fruto: el
régimen centralizado y totalitario de partido único perpetuado por más
de medio siglo hasta el presente.

Ya en 1894 José Martí, en carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez,
quien participara poco antes en una actividad por el primero de mayo, le
había hablado acerca de "los peligros de la idea socialista". ¿Cuáles
eran estos peligros?

Para entender esto bien es preciso leer —o releer—, el análisis crítico
de su artículo "La Futura Esclavitud", donde comenta el libro del mismo
nombre de Herbert Spencer, quien describe para el futuro, el "despotismo
de una burocracia organizada y centralizada", y así percatarnos de que
tanto Spencer como Martí se están refiriendo a un tipo específico de
"socialismo", conocido después como socialismo de Estado, mal llamado
también "socialismo real", basado en el Estado como propietario y
administrador de la mayoría de los bienes de producción. Martí, en este
artículo, escrito varias décadas antes de que comenzaran a instaurarse
estos regímenes en Europa del Este, alerta sobre ese sistema
económico-social donde los funcionarios adquirirían un poder desmesurado
por sobre los trabajadores: "Todo el poder que iría adquiriendo la casta
de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación
privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo". Por ese camino se
desembocaba en una nueva forma de injusticia social, pues pasaría el
hombre a ser, de "esclavo de los capitalistas" a "esclavo de los
funcionarios". Y concluía: "El funcionarismo autocrático abusará de la
plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre".

Sin embargo, Martí no adopta la indolente actitud de Spencer de
limitarse a condenar aquella supuesta solución como fraudulenta y callar
ante la realidad del problema que la originó. Por el contrario, critica
su silencio al no señalar, con igual energía, una inhumana distribución
de la riqueza pública que mantiene "en ira, desconsuelo y desesperación
a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por
donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de
un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas"
(Ob. Cit. t. XV).

También en la citada carta a Valdés Domínguez le señala que uno de los
peligros era "la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para
ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en
qué alzarse, frenéticos defensores de los desamparados". Pero al mismo
tiempo le advierte que tales reparos no significa el abandono del ideal
de la justicia social, porque "por lo noble se ha de juzgar una
aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión
humana". Y luego concluye lo que parece anunciar una futura lucha de
ideas en la República para evadir esos peligros y poder alcanzar
finalmente lo que llama excelsa justicia: "explicar será nuestro
trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer… Y siempre con la
justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las
almas de buena cuna a desertar de su defensa" (Ob. Cit. t.3, p. 168).

El pensamiento de José Martí, que no es un ideario del pasado, sino de
plena actualidad, pues se oponía a la discriminación social de los seres
humanos, ya fuese por el color de su piel, o por el color de sus ideas,
y sobre todo por insistir en que la riqueza exclusiva es injusta: "Sea
de muchos, no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que
honrada y laboriosamente la merezcan". Y agregaba: "No es rico el pueblo
donde hay algunos hombres ricos sino aquél donde cada uno tiene un poco
de riqueza" (Ob. cit. t. VII, p. 134).

Pero como todos sabemos, Martí no alcanzó a llegar con vida a la
República y no tuvo ocasión de poder iniciar esa lucha de ideas, y los
errores de los que advertía no llegaron a evitarse.

En contradicción con este legado, un grupo exclusivo en el poder,
amparado en una ideología que abogaba porque todos los bienes de
producción pasaran a manos de los trabajadores, se autoproclamó
representante de esos trabajadores, y en nombre de ellos, se apropió de
todas las riquezas del país. Fábricas, bancos, comercios, tierras y todo
lo que produjese valor, pasó de unas manos a otras, pero nunca a la de
aquellos que los hacían producir. Los latifundios, lejos de desaparecer,
pasaron a ser estatales. Y no bastándoles con esto, expropiaron también
a los trabajadores independientes: pequeños talleres, cafeterías,
barberías, lavanderías… y hasta los más modestos medios de los
vendedores ambulantes para sumarlos al ejército asalariado del gran
capital universal, el monopolio absoluto del Estado centralizado y
omnipotente. Todos los trabajadores dejaron de ser explotados por
capitalistas y terratenientes para ser explotado por los burócratas
estatales.

Antes de la llamada "revolución socialista", los voceros de grupos de
izquierda y de partidos comunistas denunciaban el "despiadado" sistema
salarial del régimen capitalista, pero una vez en el poder, no tuvieron
ningún reparo en continuar sometiendo a los trabajadores al mismo
sistema. El sistema salarial es una relación económica con miles de años
de existencia que hasta hace pocos siglos sólo se empleaba para algunos
pocos sectores, como por ejemplo, el militar. Justamente la palabra
"sueldo" viene de soldado, que a su vez era llamado así por recibir su
paga con una moneda del Imperio Romano: el sólido. Hasta fines de la
Edad Media a nadie se le había ocurrido que este tipo de relación
pudiera aplicarse a toda la sociedad, sobre todo porque el asalariado,
por su naturaleza, no estaba realmente interesado en la calidad del
fruto de ese trabajo, ya que ese fruto era para beneficio de personas
ajenas al proceso productivo, algo tan conocido que hasta el propio
Jesús lo señala en ocasión de su parábola del buen pastor en el
Evangelio de Juan, "el asalariado, de quien no son propias las ovejas,
ve venir al lobo y huye, porque es asalariado y no le importan las
ovejas", un desinterés muy similar al del esclavo. Este sistema de
relación económica sólo pasa al primer plano con el surgimiento de la
sociedad industrial. Independientemente de la buena o mala voluntad de
quienes pagan, incluso independientemente de que la cantidad que se paga
al trabajador sea justa o no, el sistema no fue diseñado para generar
trabajadores libres y prósperos, sino como una forma de prolongar la
dependencia del esclavo o del siervo bajo una forma más sutil o
encubierta. El amo se evitaba la preocupación de tener que procurar
techo, comida y abrigo a los esclavos y resolvía esto entregándoles un
poco de dinero y permiso para que se ausentaran en horas no laborables y
fueran ellos mismos los que se procuraran la satisfacción de estas
necesidades y así evitarse él estas gestiones. Esos somos nosotros, los
asalariados de la sociedad industrial: esclavos con ciertas licencias,
ya se llame a esa sociedad capitalista o socialista.

En correspondencia con el legado martiano, el actual modelo cubano deber
ser superado, a mi juicio, por otro que conceda la mayor libertad
posible a la iniciativa económica de los trabajadores independientes,
con estímulos fiscales y ayudas crediticias, reparto de tierras, fomento
de cooperativas independientes, libertad de comercialización e incentivo
a los trabajadores de las empresas del Estado mediante su participación
en el reparto de las ganancias de la producción y en las decisiones
administrativas. Las crítica neoliberales contra el sistema actualmente
imperante en Cuba de que no ofrece estímulo productivo a nadie excepto
quizás a un pequeño grupo en la cúpula del Estado, mientras el
capitalismo permite ese incentivo a cientos o miles de capitalistas, es
un argumento que, llevado hasta las últimas consecuencias, nos conduce a
concluir que sería aún más beneficioso que ese interés lo tuvieran millones.

Un país donde el reparto de las utilidades se convertiría en la
principal fuente de ingresos de las grandes mayorías, se aumentaría el
valor de la fuerza de trabajo para hacer decoroso el jornal del
trabajador allí donde permanezca el sistema salarial, por lo que se
haría realidad el fin de la explotación del hombre por el hombre y la
materialización, aun más allá de un estado de derecho, de un estado de
satisfacción plena de los derechos, sino que también se produciría, por
el gran estímulo productivo, un despegue económico tal que la
prosperidad pondría a nuestro país como ejemplo a seguir para el mundo
entero.

Por eso considero impostergable invitar a emprender, junto con todos los
cubanos de buena voluntad, ese intercambio de ideas que Martí deseaba
llevar a cabo por el bien de la patria pero que nunca pudo realizar, y
tomar, como referente para ese diálogo-debate, justamente ese ideario
que apuntaba a la realización de ese hermoso sueño en la Cuba futura, y
que la palabra martiano corone la definición de lo que realmente somos
cuando todos los arroyos dispersos de la Sierra desemboquemos juntos al
mar de consenso del ideal de José Martí, el de la excelsa justicia.

http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/jose-marti-y-la-republica-de-los-pasos-perdidos-284288

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