NACIONALES - 05/19/2007
LAURA WIDES-MUNOZ
MIAMI/AP — El hombre hizo una señal con una linterna en una madrugada de
julio mientras su esposa embarazada y otros 30 cubanos se acurrucaban
junto a las costas de Matanzas. Un bote pesquero de velocidad se acercó
a la costa y dos contrabandistas hicieron que el grupo abordara la nave.
Después, al igual que miles de cubanos que intentan salir cada año,
rogaron que el bote atestado lograra trasponer los 240 kilómetros (150
millas) hasta Cayo Hueso, en la Florida.
De ser interceptados en el mar por los cubanos o la Guardia Costera
estadounidense, serían devueltos a Cuba. De hundirse el bote,
probablemente morirían ahogados.
Pero de lograr su empeño, la mayoría conseguiría a la larga la
ciudadanía estadounidense. Según la política federal, la mayoría de los
cubanos que tocan suelo de Estados Unidos son autorizados a quedarse. Y
un número cada vez mayor de ellos (o sus familiares en Estados Unidos)
están dispuestos a pagar hasta 10.000 dólares por cada uno y a arriesgar
sus vidas para tratar de cruzar el estrecho de la Florida.
Entrevistas con funcionarios de la Guardia Costera y una revisión de la
Associated Press de documentos judiciales indican que desde octubre del
2002 hasta octubre del 2006, el número de cubanos que intentaron llegar
clandestinamente a la Florida o Puerto Rico se duplicó con creces hasta
alcanzar 7.027 el año pasado. Más de la mitad lo logró.
Muchos en la policía atribuyen el aumento no exactamente a la
incertidumbre por la salud del presidente Fidel Castro sino a los
contrabandistas, que han convertido su actividad en un gran negocio. Una
lancha de velocidad nueva cuesta unos 150.000 dólares, una inversión
fácilmente recuperable cuando una embarcación llena de gente puede
recaudar 300.000 dólares o más. Además, la pena de cárcel que enfrentan
de ser capturados es significativamente menor a la que les
correspondería de ser sorprendidos traficando drogas o una suma
equivalente de dinero.
"De algún modo, como se trata de contrabando humano, algunos creen que
es algo distinto, quizás más altruista o humanitario. Pero no lo es",
dijo el fiscal de Miami R. Alexander Acosta. "La realidad es que esos
seres humanos mueren. Y mueren a manos de los contrabandistas que hacen
esto por dinero y no por motivos humanitarios".
Los cubanos en la embarcación rápida estaban a 16 kilómetros (10 millas)
de la Florida cuando fueron interceptados por un escampavías de la
Guardia Costera estadounidense. Los sistemas de espionaje cubanos habían
alertado a las autoridades estadounidenses sobre la salida de la
embarcación, según documentos judiciales. Los cubanos instaron a los
contrabandistas a desoír las órdenes de la Guarda Costera de detenerse.
Y los cubanos aceleraron la lancha a 80 kilómetros por hora (50 millas).
Algunos de los que llegan a Estados Unidos dicen que los funcionarios
cubanos aceptan sobornos para hacerse de la vista gorda, pero la
interceptación del contrabando humano es uno de los pocos rubros en los
que La Habana coopera con Washington. Mientras tanto los contrabandistas
perfeccionan su actividad provistos de sistemas de posicionamiento
global (GPS) y teléfonos de satélite.
En reacción, las autoridades estadounidenses intensifican la acción
judicial.
Acosta, cubanoestadounidense, es un astro en ascenso en el Departamento
de Justicia. El año pasado empezó a acusar a supuestos contrabandistas
de delitos severos —dejando de lado la práctica de acusarlos de delitos
menores cuando nadie resultaba herido— y a presentarles más cargos,
añadiendo a la sentencia potencial de los contrabandistas.
Acosta espera que la amenaza de largas sentencias de cárcel presione a
los subordinados de los contrabandistas a atestiguar contra sus líderes
para lograr sentencias más leves.
Pero no es sólo la amenaza del contrabando humano lo que ha suscitado la
movilización.
"Cuando interceptamos una embarcación por la noche, no sabemos si a
bordo hay diez abuelas o diez terroristas", dijo Zach Mann, un vocero en
Miami de la agencia de protección de aduanas y fronteras. Los
contrabandistas están "restando recursos que podrían concentrarse en el
terrorismo".
En el mar, la Guardia Costera finalmente logró abordar la nave en fuga.
Un oficial averió un motor de un tiro. En el caos, la pasajera Anai
Machado González, de 24 años, se golpeó la cabeza en la cubierta y
empezó a desangrarse hasta que murió antes de llegar a suelo estadounidense.
Los contrabandistas Heinrich Castillo Díaz y Rolando González Delgado se
declararon culpables de la muerte de la mujer y de contrabando. Amil
González Rodríguez fue condenado por un jurado de conspiración para
contrabando humano pero absuelto en relación con la muerte de Machado.
La mayoría de los otros cubanos fueron autorizados a desembarcar.
Los críticos de la política estadounidense hacia Cuba se preguntan si
las penas más severas pueden ayudar a reducir el contrabando humano
cuando aquellos que evitan la Guardia Costera son recompensados con
tarjetas de residencia. La mayoría de los inmigrantes ilegales de casi
cualquier otro país son deportados.
Aun los cubanos que cumplen penas de cárcel en Estados Unidos por
contrabando humano rara vez son repatriados a la isla por temor a que
sean torturados.
Pero Acosta dice que las penalidades pueden servir de disuasivo.
El juez Michael Moore, que presidió el caso de Matanzas, sentenció a los
tres acusados a 12 años, casi el doble de lo que dictan las pautas de
sentencias y más largas de lo que Acosta había solicitado. Los tres han
apelado sus sentencias.
El número de cubanos que intenta el cruce ha bajado ligeramente en el
año fiscal iniciado en octubre: se sabe que 3.181 lo han intentado hasta
ahora. Pero el porcentaje que llega a tierra ha aumentado a casi el 70%.
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