2007-05-20.
Shelyn Rojas, Periodista Independiente
19 de mayo de 2007. La Habana – Corrían los finales del año 2000 cuando
Eduardo Hernández abandonó su puesto de asistente de edición de teatro.
No estaba de acuerdo con el salario que le pagaban.
No podía permanecer mucho tiempo sin trabajo. Tenía 34 años y la
responsabilidad de un hogar. Sobre él caía la manutención de su esposa y
una hija.
Su amigo, Pablo Callazo, le comentó sobre GETAR. Las siglas significaban
Grupo Especializado en Trabajo de Alto Riesgo. Necesitaban mano de obra.
Eduardo no dilató y aceptó de inmediato. La idea de trabajar en las
alturas le emocionaba.
Eduardo fue aceptado en GETAR. Seis meses de preparatoria, si aprobaba
la teoría y la práctica, eran suficientes para obtener un empleo fijo.
Pagaban bastante bien. Así demostraba cuan osada e interesante podía ser
su vida en las alturas.
Aprendió técnicas de alpinismo. Se especializó en cuerdas: conoció
todos los detalles de las cuerdas estáticas y semi estáticas; y los
trabajos de tirolina, una técnica que se puede usar, por ejemplo, para
cruzar de una montaña a otra.
La brigada a la que fue asignado era de doce personas. En el grupo de
Juan Carlos, al que perteneció, todos eran jóvenes. Se querían y
llevaban bien. Juanka, el chino, ojos bellos, Jamil, el pelú, así se
llamaban entre ellos cariñosamente.
Su primer ascenso fue en la pared de escalada de GETAR, ubicada en
Belascoaín y Reina, en la capital. Era una pared de diez metros de
altura. Sintió su primer golpe de adrenalina. Ya le habían comentado
sobre eso en los estudios, pero no sabía a ciencias ciertas que era.
Fue emocionante, confiesa que "es lo más rico que existe". Lo compara
con "un orgasmo, pero en el cielo, con los ángeles".
Por cada escalada, dice Eduardo, se siente el golpe de adrenalina. Una y
otra vez. En las modalidades del péndulo o, a doscientos o más metros
de altura. Aunque lleves veinte años de alpinismo, siempre disfrutas el
golpe de adrenalina como la primera vez.
La brigada donde se encontraba Eduardo participó en las restauraciones
de la iglesia de Reina, el edifico Focsa y en varios lugares de La
Habana. Cada una con nuevas experiencias e interminables historias.
La empresa GETAR había hecho un contrato para la restauración del Morro
de la bahía de La Habana. El contrato era de cincuenta mil dólares. El
director de GETAR en aquel entonces, comenta Eduardo, junto a sus
secuaces, se apoderó del dinero de los trabajadores.
La merienda y el almuerzo no tenían la calidad de antes. El pago tampoco
era el mismo. Eduardo no trabajaría bajo esas condiciones. Después de la
restauración del Morro, abandonó su trabajo. A los pocos meses,
desapareció GETAR.
Eduardo y sus amistades recuerdan los dos años de vida trabajando allí y
las únicas e inolvidables experiencias.
Cuando Eduardo transita por algunos de los lugares que restauraron y
observa el renovado deterioro, siente que necesitan sus manos. Se siente
impotente. La ciudad no tiene la culpa, pero él nada puede hacer. Sólo
esperar que algún día vuelva a renacer GETAR. Ojala que en tiempos mejores.
Espera que sea pronto para tener todavía juventud y salud para volver a
sentir, "como un orgasmo", el golpe de la adrenalina.
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=10174
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