2007-03-18.
Alfredo M. Cepero
Cuando el nuevo presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, declaró
la semana pasada que se proponía explorar áreas de cooperación e
intercambio con la tiranía comunista de Cuba me embargó un sentimiento
ambivalente de decepción y dolor.
Dolor porque, como tantos cubanos de mi generación, había aprendido a
admirar a México a través de aquellas películas en que Jorge Negrete,
Tito Guizar y Pedro Infante declaraban el amor a sus doncellas al ritmo
contagioso y emotivo de los corridos mexicanos.
Decepción porque, en el curso de este casi medio siglo de peregrinaje
sin rumbo, me sentí defraudado una vez más por otro jefe de gobierno con
potencial de estadista y visión de pigmeo. Calderón es un hombre
inteligente a la cabeza de un país con cuantiosos recursos y
considerable influencia continental.
Ante un Lula renuente a asumir el liderazgo latinoamericano y un Uribe
asediado por enormes problemas de seguridad interna, Felipe Calderón
parecía el candidato ideal para presentar un frente de sanidad y
decencia ante la locura y la vulgaridad de Hugo Chávez. Por desgracia
para México y para Cuba sus declaraciones lo han puesto dentro del
contexto de la cultura y la política tradicional mexicanas.
Desde que el cura Miguel Hidalgo proclamó la independencia de México el
16 de septiembre de 1810 con su histórico Grito de Dolores, todas las
expresiones de esa cultura y esa política han llevado el sello especial
de una mexicanidad que va más allá del orgullo de orígen para entrar en
los campos de la xenofobia, el aislacionismo y hasta el machismo.
Comenzando por las expresiones básicas de ese fenómeno, lo vemos en las
mismas relaciones familiares donde predomina hasta tal punto el sexo
masculino que, a la hora de celebrar un acontecimiento, los mexicanos te
dicen "está padrísimo". En ello tenemos prueba fehaciente del "amor a la
mexicana".
Por otra parte, el fracaso de la "justicia social à la mexicana" queda
demostrado por el hecho de que a casi cien años de la Ley de Reforma
Agraria de 1915 los campesinos mexicanos se ven obligados a cruzar en
bandadas la frontera norteamericana para poder alimentar a sus familias.
Pero quizás el aspecto más conocido de estas caracteristicas nacionales
sea la "democracia à la mexicana". Más de setenta años de dictadura
institucionalizada a través del Partido Revolucionario Institucional
(PRI). De cerca le sigue el famoso "nacionalismo à la mexicana",
exacerbado por la humillación de 1848 en que los Estados Unidos le
pagaron la miseria de 15 millones de dólares para mitigar la ofensa de
despojarlos de más de la mitad de su territorio.
Este nacionalismo tiene sus expresiones más obvias y lamentables en el
rechazo a todo extranjero que pise territorio mexicano y la hostilidad
de muchos mexico-americanos a las instituciones de los Estados Unidos.
De ahí la simpatía de estos sectores con el tirano de Cuba, las camisas
del Che Guevara que exhiben en sus manifestaciones y su indiferencia
ante la tragedia de nuestro pueblo.
Y esto nos lleva de manera directa a la "solidaridad à la mexicana" y la
hoja de parra de la Doctrina Estrada con la cual han justificado su
silencio cómplice ante los fusilamientos, los encarcelamientos y las
violaciones a los derechos humanos en Cuba. Después de todo Castro ha
sido su aliado en la lucha contra el enemigo común de los Estados Unidos.
Por otra parte, y de consecuencias negativas para el pueblo mexicano, no
podemos dejar de considerar la "economía a la mexicana". Una economía
donde los obstáculos de una burocracia anquilosada y un estado
omnipresente tienen paralizadas la iniciativa privada.
A tal punto es preocupante esta situación que Petroleos Mexicanos
(PEMEX) sufre una crisis de equipos obsoletos y oleoductos agrietados a
causa de la renuencia del gobierno a asociarse con empresas privadas con
la capacidad financiera y tecnológica de remediar el problema.
Para concluir, cabe destacar el factor más nocivo y determinante que no
es otro que la "política à la mexicana". Una política donde los llamados
dinosaurios del PRI, con su absoluto apego a la avaricia y su desdén por
los menesterosos, ha producido una izquierda ignorante y resentida que
tiene atadas las manos de Felipe Calderón para agilizar los procesos de
gobierno y modernizar los factores de la economía.
Calderón sabe que Castro es otro dinosaurio y como tal lo desprecia.
Pero el temor a las multitudes del PRD movilizadas por Manuel López
Obrador lo paraliza y opta por el contubernio con el tirano al precio de
renunciar a un liderazgo continental basado en principios de defensa de
la democracia, protección de los derechos humanos y solidaridad humana.
Ahora bien, no se equivoquen los "cuates" en cuanto a la capacidad del
pueblo cubano para recordar agravios y ajustar cuentas. El apoyo al
tirano les costará caro tanto en terminos de recuperación de inversiones
actuales como de oportunidades futuras. Veo muy difícil que Univision o
Televisa difundan su propaganda en La Habana. Y en cuanto a los charros
y sus corridos han quedado atrás con los desengaños de estos 48 años de
deambular por el desierto de la complicidad mexicana con el verdugo del
pueblo de Cuba.
Miami, Fl. Marzo del 2007.
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