Posted on Mon, Jul. 10, 2006
El entierro de Castro
GINA MONTANER
Ricardo Alarcón vuelve a la carga. El presidente de la Asamblea del
Poder Popular de Cuba publicó el pasado miércoles en el Granma
--periódico oficial y oficioso de la dictadura castrista-- un artículo
titulado ''Crónica de una guerra anunciada''. O sea, una cansina
repetición del único mantra que desde hace casi medio siglo vocifera el
régimen de La Habana: que Estados Unidos es el coco imperialista. Que
los exiliados quieren quitarles las casas y arrasar como Atila el día
del regreso a la isla. Vamos, que la invasión está a punto de comenzar y
que a los cubanos no les queda más remedio que seguir atrincherados como
los últimos de Masada.
Me hace gracia que a estas alturas de la Divina comedia, el señor
Alarcón continúe paseándose por el mundo disfrazado de estadista y
respondiendo a las preguntas de los periodistas con aires de scholar
benevolente. Cuando en verdad se trata de uno de los mayores y más
directos responsables de una implacable dictadura que ha triturado las
instituciones y el tejido social de Cuba.
Es casi imposible que Alarcón no sea otra cosa que un cadáver político,
un apestado, cuando la inaplazable transición suceda. Pero precisamente
su discurso catastrofista forma parte de una maniobra del gobierno para
intentar abortar cualquier posibilidad de cambio después de la muerte
natural del ya anciano Castro. Un año más el gobierno de EEUU preparó un
informe sobre la transición en la isla y las medidas que podrían
agilizar el proceso. Lo que el documento contempla abiertamente es el
panorama político una vez enterrado el dictador. A lo que el propio
comandante, que no es ajeno al tufo de la decrepitud que avanza,
responde con un contraplan, pero siguiendo la misma premisa que su
archienemigo: que le quedan tres caídas más antes de sucumbir a su
propia mortalidad o simplemente naufragar en una variante de la demencia
senil.
La Casa Blanca puede elaborar todos los informes que quiera con
distintos escenarios posibles y en los aburridísimos plenos Raúl Castro
puede jurar que el único digno heredero de su hermano es el Partido
Comunista. Por mucha ovación y cierre de filas de la nomenclatura, lo
único que queda claro en este culebrón es que Castro se nos muere en
cualquier momento y todos (los de aquí y los de allá) ya han empezado a
organizar las exequias. Algo impensable hace años en Cuba, donde su
persona llegó a alcanzar dimensión de deidad, exenta de los rigores del
tiempo y la caducidad. Sin embargo, dentro del almidonado uniforme verde
oliva habitan el cuerpo y la mente de un frágil octogenario. Sería una
irresponsabilidad dejar para mañana los preparativos de las honras fúnebres.
Con el permiso de Castro, Alarcón, Raúl y los altos gerifaltes del
sistema tienen el deber de comunicarle al pueblo que, en vista de que el
gran timonel cada vez está más cerca del sueño eterno, lo que sí es
imperecedero es el Partido. La idea es que la vieja guardia le pase el
mando a los cachorros (los Lage, los Pérez Roque, los López Miera) para
que la gran ''piñata'' castrista se perpetúe per secula seculorom. De
ahí el cuento del lobo que viene a quitarnos la medicina gratuita, las
casas y la dichosa dignidad. Esa es la coartada de consumo interior que
Alí Ba Baba y los cuarenta ladrones le imponen a una sociedad amordazada
y en tinieblas.
Por primera vez la Casa Blanca y el gobierno cubano están de acuerdo en
algo y, a mi juicio, es una excelente noticia: hay que sacar los ternos
negros del armario. Porque ése no será más que el principio del final.
Poco antes de morir, el dictador español Francisco Franco (quien había
reforzado a toda su cúpula) le dijo a su gente ''lo dejo todo atado y
bien atado''. Sus palabras se las llevó el viento de la democracia. Hace
mal Alarcón en cambiar el título de su amigo Gabo. Es la crónica de una
muerta anunciada. Debería dedicarse a escribir obituarios.
http://www.miami.com/mld/elnuevo/news/world/cuba/15002183.htm
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