Monday, October 05, 2015

Capitolio Nacional - restaurar los símbolos

Capitolio Nacional: restaurar los símbolos
La reconstrucción de la prosperidad y la democracia no están incluidos
entre los proyectos gubernamentales
lunes, octubre 5, 2015 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- En días recientes la prensa oficial cubana publicó un
reportaje sobre las obras de restauración que se están realizando en el
Capitolio Nacional, a fin de alistarlo para el funcionamiento de la
Asamblea Nacional, en una fecha aún no precisada.

Lamentablemente, dicho texto peca de las imprecisiones y floreos típicos
de la escuela cubana de periodismo, por lo que se centra más en las
emociones del autor durante su rápido recorrido por las obras y su
aventura personal de a más de 80 metros de altura a bordo de un
'winche', que en las cuestiones realmente interesantes para un lector
medianamente sagaz, como pudieran ser, por ejemplo, el costo total de
los trabajos tras cinco años de iniciado el proyecto de restauración –un
tiempo que ya supera el que se invirtió en la construcción original del
icónico edificio–, o las razones que determinaron la decisión de
devolver a este inmueble su función original –esto es, albergar al
Parlamento– después de la deliberada y sistemática destrucción del
edificio y de los valores republicanos por voluntad de Castro I.

Otro detalle de interés hubiera sido conocer si se volverá a colocar o
no en su lugar original el gran diamante de 25 quilates que a los pies
de la Estatua de la República y bajo la cúpula que se yergue a 92 metros
de altura, marcaba el Kilómetro Cero de ese otro ícono de la ingeniería
civil cubana, la Carretera Central. En particular resulta sugestivo este
punto, por cuanto el reportaje de referencia informa que el grado de
protección que se aplica a este icónico inmueble de Cuba es de grado 1,
es decir, que debe conservarse sin alteración la composición original
del edificio, incluyendo tanto los elementos estructurales como los
decorativos.

El enigma del "Kilómetro Cero"

Así, además de los cuestionamientos en torno al enorme costo de la
rehabilitación constructiva del fastuoso edificio en medio de una ciudad
cuyo fondo habitacional literalmente se está cayendo a pedazos, las
actuales obras de restauración del Capitolio ponen nuevamente en el
candelero el enigma del diamante, que por sí solo bien merecería una
crónica aparte.

Rodeada de leyenda, se dice que la joya perteneció a un zar ruso, y que
llegó a Cuba de la mano de un joyero turco que la adquirió en Francia.
Más atrás, su origen se diluye en las brumas. Lo que sabemos con certeza
es que fue comprada por el gobierno del General Gerardo Machado y
Morales (1925-1933) y destinada a satisfacer la desmedida vanidad
nacional de la joven República, al ser sembrada en el piso principal del
emblemático Capitolio.

Durante la segunda presidencia del Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1948)
fue robada –dizque por un oscuro teniente de policía o por un
funcionario corrupto, que nunca ha sido bien esclarecido el entresijo– y
restituida a su lugar, a los pies de la imponente Estatua de la
República, donde permaneció expuesta a la vista de los visitantes hasta
el año 1973.

El destino de la controvertida gema es un completo misterio desde
entonces, cuando –sin previo aviso y bajo circunstancias desconocidas
para la opinión pública– se tomó la decisión de sustituirla por una
réplica. Según se dice, el original fue depositado en la caja de
seguridad del Banco Nacional de Cuba. No existen testimonios fidedignos
ni pruebas que así lo corroboren, aunque el rumor popular especula que
fue el omnímodo dictador, el ex presidente, Fidel Castro, quien se lo
apropió. Tampoco faltan los "enterados", quienes aseguran que años atrás
la valiosa piedra fue extraída del país bajo los auspicios del propio
autócrata. Pero tampoco estas versiones han sido confirmadas, y los
implicados –reales o supuestos– guardan un absoluto silencio sobre este
particular.

Un camino de retorno

Más de cinco décadas atrás, y en nombre de una revolución que tuvo una
vida breve, pero un efecto devastador y prolongado, el Capitolio fue
intervenido por el Innombrable. Las cámaras del Congreso habían quedado
inhabilitadas y el majestuoso edificio fue entregado a inicios de los
años 60 a la entonces recién nacida Academia de Ciencias de Cuba, una
institución con malformaciones congénitas cuyo costo y nombre superaría
con mucho sus funciones, y que se encargaría de destruir metódicamente
la mayor parte del patrimonio mobiliario y otras instalaciones
interiores del inmueble.

A lo largo de los años fueron realizadas sucesivas divisiones en el
interior del Capitolio, afectándose las paredes y columnas, mientras los
jardines interiores de las alas norte y sur, así como las lámparas,
instalaciones sanitarias, cristales, cortinas, tapices y frescos que
decoraban los espacios interiores sufrieron los embates del abandono y
la rapacidad de los nuevos ocupantes.

Por su parte, los sótanos se inundaban con frecuencia sin que las aguas
fueran evacuadas con la regularidad necesaria, afectando con la humedad
las paredes y las instalaciones hidráulicas y eléctricas.

Bajo el arco de la escalinata, la Tumba del Mambí Desconocido y su
conjunto escultórico fueron profanados durante décadas, al utilizarse
esta área para la carga y descarga de camiones de los servicios de
"mantenimiento", y al virtualmente convertirse en taller de reparaciones
del parque automotor de la Academia.

En el exterior, los versallescos jardines originales se fueron
transformando de a poco en improvisadas áreas deportivas que niños y
adolescentes utilizaban para jugar futbol o beisbol, o para patinar, con
la consecuente afectación de los jardines, mientras el constante
trasiego de transeúntes abría caminos de tierra en los otrora verdes
céspedes.

Los ángulos exteriores, al pie de los hemiciclos, eran otros tantos
urinarios públicos por los que se hacía literalmente imposible circular
a causa del hedor, mientras las explanadas posteriores se convirtieron
en espacios donde los círculos de ancianos realizaban ejercicios
matutinos, y las rampas laterales de las majestuosas escaleras servían
como canales por los que se deslizaba toda la chiquillería de los
barrios colindantes.

Todo el entorno rezumaba la mugre y decadencia inherentes al sistema.
Diríase que la voluntad gubernamental era someter por humillación la
imponente soberbia de este orgulloso símbolo republicano.

Hacia los finales de los años 80' otro delirio de Castro I –"la mayor"
Biblioteca de Ciencia y Tecnología de Latinoamérica– dio al traste con
los ricos fondos de la Biblioteca del Congreso, que milagrosamente hasta
entonces habían permanecido relativamente intactos y a salvo de su voraz
depredación. Montones de libros valiosos, frutos del conocimiento humano
y tesoros de la cultura universal, acabaron amontonados y revueltos
sobre el piso del Salón de los Pasos Perdidos, a merced de la rapiña de
algunos "científicos" devenidos revendedores, un hecho que –por
supuesto– no fue documentado por la prensa oficial ni por las
instituciones del gobierno, pero del que podemos dar fe numerosos
testigos presenciales. Algún día habrá que incluir este episodio entre
las pérdidas causadas a los cubanos por tanto vandalismo oficial, y
reclamar su reparación.

La flamante nueva biblioteca jamás alcanzó las cotas soñadas por el
Alucinante en Jefe, como tampoco cumplió las funciones por las que causó
tantos estragos. Y así la abulia y el deterioro siguieron enseñoreándose
del Capitolio hasta convertirlo en un lamentable espectro de lo que fue
durante la República. Curiosamente, el fruto de la creación de tantos
ingenieros, arquitectos y artistas había sido casi arrasado por el poder
de un solo hombre.

Sin embargo, y para sorpresa general, a despecho de la crisis económica
que sufre el país, y a contrapelo de las crecientes necesidades de la
población, en la actualidad se está acometiendo la restauración de mayor
envergadura que se haya realizado al Capitolio, a cargo de la Oficina
del Historiador de la Ciudad.

Como es habitual, las autoridades no se han molestado en informar acerca
del monto y la procedencia de los fondos que se han destinado a las
obras. La transparencia no es una cualidad que adorne a las autocracias,
y el espíritu "reformista" del General-Presidente tampoco da para tanto.
Pero es de suponer que la restauración de los ricos vitrales, bronces,
mármoles, tapices, esculturas, frescos, muebles y maderas preciosas,
además de la carpintería de las puertas y ventanas para devolverles su
aspecto original, alcance una suma muy elevada.

Por el momento, ya se han concluido las obras en la mayor parte del ala
Norte del edificio y de sus jardines, ahora visibles al público. Los
animadores del proyecto quieren engolosinar al público con un anticipo
de la imagen restaurada.

Quizás en algún tiempo no muy lejano los habaneros que transiten por la
zona podrán contemplar nuevamente con orgullo ese colosal emblema de la
ciudad. Para entonces se habrá cerrado otra etapa del curioso ciclo de
retorno a los símbolos –y solamente a los símbolos– de la tradición
republicana orquestado por Castro II y probablemente muchos cubanos –con
una paciencia digna de mejores causas– se resignarán a contemplar los
hermosos jardines y el imponente glamur del Capitolio, para después
regresar a la desesperanza y a la pobreza de cada día. O tal vez se
decidirán a cambiar la realidad por ellos mismos, convencidos de que la
reconstrucción de la prosperidad y la democracia no están incluidos
entre los proyectos gubernamentales.

Source: Capitolio Nacional: restaurar los símbolos | Cubanet -
https://www.cubanet.org/destacados/capitolio-nacional-restaurar-los-simbolos/

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