20-06-2011.
Alberto Medina Méndez
(www.miscelaneasdecuba.net).- Cierta tradición política denomina
conservadores a los que están alineados a la derecha, en ese discutible
y vetusto formato que pretende definir ideologías, sin demasiado sentido.
Quienes utilizan esta terminología, la más de las veces, lo hacen de
modo despectivo, intentando asignarle peyorativamente a dicho vocablo,
una vinculación con ideas del pasado.
Habrá que decir que CONSERVAR es una actitud, que solo detentan aquellos
que procuran que nada cambie, que todo siga igual. En realidad, un
conservador es alguien que desea que el rumbo no se modifique, que el
sendero iniciado continúe de la mano de las viejas prácticas.
Ser conservador implica una postura ante los hechos, y no una mirada
ideológica específica. En definitiva, en la Cuba comunista ser
conservador sería algo bastante diferente a lo que la acepción cotidiana
indica.
Por eso, resulta paradójico observar como determinados sectores de la
política, utilizan este concepto de un modo crítico, cuando en realidad
muchas veces, esa acepción los describe a ellos mismos.
Y en esa línea, vale la pena recordar que vivimos, hace décadas, una
interminable continuidad en la que pocos se animan a modificar rumbos,
en todo caso, se han perfeccionado, mostrando la peor cara del pasado.
La sociedad evoluciona, pero solo por sus mecanismos naturales, por las
fuerzas espontaneas que avanzan, pese a los escollos que propone el más
duro estilo conservador, ese que no se decide a modificar ni una coma.
La política contemporánea, hace como que hace, simula revoluciones,
propone rimbombantes ideas, promete ambiciosos planes, pero solo milita
en la cobardía crónica, porque cuando del fondo de la cuestión se trata,
queda siempre a mitad de camino y vuelve invariablemente a las fuentes.
Cualquier diccionario que se precie de cierta seriedad, dirá que ser
conservador implica ser partidario de la continuidad de las formas y
adverso a los cambios bruscos. Esta descripción se ajusta a muchos
políticos y a casi todo el arco partidario. Son pocos los trasgresores,
los que se atreven siquiera a proponer algo demasiado diferente.
Con solo una mirada superficial, es posible darse cuenta que los
aspectos que están en manos del Estado siguen su dirección de rutina. La
seguridad recorre un camino sin retorno. Cada vez mas presupuestos, poco
ingenio, una demanda creciente por parte de la sociedad y soluciones
ausentes. Las estructuras siguen siendo las mismas de siempre. La
política solo propone lo habitual, más recursos, mucho esfuerzo, mega
estrategias, pero los resultados están a la vista, y hay poco que decir
en su favor.
La justicia solo parece ensayar mecanismos que la hacen cada vez menos
independiente. Se cuestiona su eficiencia y muchas veces hasta su
imparcialidad. Pero las soluciones propuestas, las grandes reformas al
sistema siguen ausentes. Todos plantean más de lo mismo. Las formulas
repetidas que ya conocemos que siguen la predecible línea de la obviedad.
Inclusive en asuntos en los que el Estado podría no estar presente, como
la salud y la educación, no solo nada cambia sino que se profundiza esa
crisis, ya sistémica a estas alturas, que empeora lo actual, nos aleja
de la salida para solo destinar más dinero a lo que ya sabemos
ineficiente, insuficiente y fundamentalmente inviable.
Ni hablar de la corrupción, los privilegios, y el arsenal de problemas
endémicos que nos describen como sociedad, de forma cotidiana. Esa lista
tampoco merece que nadie se ocupe de ella con seriedad, por lo tanto
forma parte también de la lista a CONSERVAR.
Son demasiadas las pruebas que disponemos para seguir perseverando con
recetas ya conocidas. Sin embargo buena parte de la oferta partidaria
solo nos ofrece insistir con el pasado, profundizar estrategias ya
fracasadas, vendernos ilusiones. Pretenden que la sociedad termine
creyendo que solo se trata de una mejor administración, de una gestión
más inteligente, sin comprender que los problemas permanentes que
padecemos tienen que ver con empecinarse en perimidos paradigmas que no
explican de modo adecuado el comportamiento social de este siglo.
El miedo a la libertad parece paralizarnos y entonces preferimos seguir
apelando a los matices, a las tonalidades, a pequeños giros que no
modifican el escenario actual, para ofrecernos esperanza, con el
inconveniente adicional de solo renovar la frustración.
En cada tropiezo, en cada oportunidad, los ciudadanos vamos perdiendo la
fe, y con ella, nos abalanzamos sobre la política con desprecio, al
sentirnos defraudados, engañados, estafados. Y eso tampoco es bueno.
Se trata de paradigmas equivocados, de ofertas políticas que nos
plantean soluciones parecidas, senderos ya transitados, tácticas que ya
hemos utilizado en el pasado, y que han sido una secuencia de decepciones.
Tal vez debamos romper viejos esquemas, animarnos al cambio en serio,
con mayúsculas, abandonar los temores a lo políticamente incorrecto.
Este círculo vicioso que estamos transitando no nos sacará del pozo, muy
por el contrario, seguirá hundiéndonos en él, porque solo probamos más
de lo mismo. Pero para ello, habrá que entender primero que la retorica
anticuada que intenta describir a los conservadores como algo vinculado
al pasado, es cada vez más autobiográfica, porque ese término se aplica
con más contundencia a quienes les viene tocando en suerte gobernar, los
de ahora y los de antes, los oficialistas, y los que dicen ser
opositores. En definitiva, se trata de una expresión más de la dinastía
de los conservadores.
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=32672
No comments:
Post a Comment