Wednesday, May 15, 2013

Las trampas de la nostalgia

Las trampas de la nostalgia
mayo 14, 2013
Verónica Vega

HAVANA TIMES — Que la nostalgia puede tendernos trampas edulcorando el
pasado, es una idea que consideré por primera vez hace años, leyendo una
novela de García Márquez.

Con los estrujones de la vida, lógicamente, mi propia percepción del
pasado se fue haciendo más y más suspicaz e incluso en los momentos en
que me arrastra una melodía asociada a un amor, a una época, a aquellas
fantasías del futuro por culpa de un exceso de juventud, reacciono y
trato de ubicar los recuerdos, desmembrar situaciones, perfilar con
objetividad rostros y actitudes.

Nos educan con un sentido exagerado de la añoranza. No sólo en Cuba, con
la idealización expresa de la revolución y el culto mítico a sus
mártires, sino en general en todas partes.

Se explota el sentimentalismo a través de los medios, de las modas
retro, y en la mayoría de las canciones románticas hay una dosis
desmesurada de nostalgia.

Se nos enseña a vivir reteniendo, (con las manos, con los ojos, con la
mente), cuando la vida es justamente lo contrario, un eterno proceso de
transformación, comenzando por nuestra propia imagen. Se van los amigos,
no sólo a "mejor vida", tras la línea del horizonte, o del cementerio,
sino porque cambian las circunstancias, los intereses y los caminos.

Se van muchas parejas, se van los padres, se van los hijos. Porque
incluso si no abandonan la casa (como frecuentemente ocurre en Cuba por
el gran drama que es la vivienda), mutan sus cuerpos y mentes y nuestra
relación con ellos, cambia.

Los objetos, no importa cuánto nos agraden, se desgastan o se rompen.
Los espacios alrededor se transmutan. Cambian las ideas, y "los tiempos".

Entonces, ¿por qué vivir reaccionando contra premisas que son tan
naturales? ¿Por qué no pensar, como Tagore:

"…La belleza nos es dulce porque el ritmo voluble de su danza
es el de nuestras vidas.
La sabiduría nos es cara porque no tenemos tiempo de completarla.
En lo eterno todo está hecho y concluido, pero las flores de la
ilusión terrena son eternamente frescas, gracias a la muerte.
Hermano, recuerda esto y alégrate".

Un reajuste de enfoque

Digo todo esto especialmente a mí misma, pues la nostalgia se ha
convertido en mi sombra. Últimamente me descubro evitando los lugares
que recorrí con mi hermana menor que emigró hace años, o un amigo que
tampoco vive en Cuba, o las inmediaciones del edificio donde vivía mi madre…

Pero rehúyo sobre todo, enfrentarme al deterioro total que exhiben los
lugares que habitaron mis pasos y mis sueños: la playa "de los rusos",
en Alamar, la piscina donde iba con mis hermanas y nuestros hijos y es
una acumulación de muros rotos y agua pestilente. Un cine irreconocible
en la Habana Vieja donde vi algún filme inolvidable, edificios demolidos
cuyo veloz reemplazo (un parque, una tienda, un quiosco) me parecen
falsos, puestos por Fotoshop.

Me aterra encontrar el pasado como pisoteado por la burla del futuro
(ahora presente) corroído por un peso interno que no preví y que salta
de repente a mi rostro.

Sin embargo, hace unos días, este golpe visual me produjo un efecto
inverso: sentí con total claridad que uno tiende a echar de menos
aquello que le causó placer en algún momento, aislándolo en la memoria,
de su evolución como hecho. Separándolo del "antes" y sobre todo del
"después". No viendo el proceso total, donde están las causas de la
pérdida, no viendo cómo lo que añoramos fue sólo un detalle en un flujo
incesante de acontecimientos.

Es lógico que una ciudad maltratada, testigo y cómplice de nuestra
identidad, nos impacte. Más cuando su imagen se congeló en el tiempo en
que nos sentíamos a punto de compartir su mutación a la belleza y la
prosperidad. Pero, desmembrando cuidadosamente mis recuerdos, no
encuentro sino salpicaduras de esplendor, como ahora mismo.

¿Qué echo de menos de Centro Habana, por ejemplo, donde viví en un
antiguo hotel de vigas herrumbrosas, y paredes con pregnante olor a
humedad? ¿Un edificio que parecía a punto de caerse en los ochenta y
todavía está ahí, sostenido por una gravedad inexplicable?

En el Vedado, sí, tal vez Coppelia, la variedad de sabores y la
consistencia del helado, el té con hielo en un mediodía tórrido en 23 y
G… Tal vez pequeñas delicias que hoy, simplemente, han cambiado de
sitio. Se han alternado los espacios recuperados de la destrucción,
pero, en el fondo, hemos ganado más de lo que se percibe a simple vista.

Porque lo que entonces parecía a punto de ser, no era, simplemente. Fue
un espejismo sostenido con la alianza soviética, fue sólo un impasse en
la transformación real que no ha dejado de ocurrir, incluso en la
aparente inercia.

Un proverbio hindú reza: "la mentira puede correr un año, la verdad la
alcanza en un día". Cuba es hoy más de lo que fue cuando sólo era una
promesa. La idealización no nos ayuda a entender la existencia ni el
funcionamiento del mundo. Nos pierde en una viscosa neblina mientras la
dialéctica sigue en movimiento.

Creo que lo que extrañamos, más que nada, son nuestros propios sueños.
Las construcciones que hicimos con nuestra sustancia mental, y en este
sentido nuestra nostalgia no es diferente a la de un primermundista que
siente tristeza al no reconocer (aunque sea por culpa de una ola de
progreso), su barrio natal.

Un amigo contaba que un día, él iba con su padre y, deteniéndose frente
al Parque Central, en la Habana, de pronto el padre se quedó como en
suspenso, con la mirada perdida. Al preguntarle qué le pasaba,
respondió: "es que acabo de ver… ¡si pudieras ver lo que he visto! Acabo
de recordar cómo era todo esto antes" (del 59). Y en sus ojos, más que
nostalgia, había dolor.

Los que creen haber ganado con la revolución reaccionarán enardecidos, y
lo entiendo. También entiendo que si hubo un cambio entonces era porque
la fermentación existía, oculta bajo el esplendor. Lo positivo ahora,
¿no será que la fermentación está ya en la superficie? Cómo esas
pústulas que, una vez horadadas, sólo les queda drenar e ir sanando.

Ayer, en una película, la protagonista decía algo que me dejó pensativa.
Algo como que uno tiene miedo del futuro porque de algún modo cree que
nada va a cambiar. Que el final será como esto mismo. Pero sí cambia. Y
si las cosas están aún mal, si no nos satisfacen, si seguimos con esta
sensación de insuficiencia, de conflicto, significa que todavía no es el
final.

http://www.havanatimes.org/sp/?p=85202

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