Friday, July 16, 2010

Los Castro sí ceden bajo presión

«Los Castro sí ceden bajo presión»
Viernes 16 de Julio de 2010 01:27 DIARIO DE CUBA

Las excarcelaciones de presos políticos abren nuevas interrogantes,
relacionadas con el papel de los "mediadores" y con el contexto nacional
e internacional. DIARIO DE CUBA acude a Juan Antonio Banco, experto en
temas de negociación, mediación y transformación de conflictos, y doctor
en Historia de las Relaciones Internacionales, para valorar el escenario
en el que se mueve la política cubana actual.

Blanco ha sido diplomático y representante de diversas organizaciones
internacionales no gubernamentales. En su trayectoria profesional, ha
facilitado procesos de diálogo tanto entre representantes de Estados con
situaciones conflictivas como entre gobiernos y organizaciones de la
sociedad civil con temas en disputa.

¿Qué opinas de la 'mediación' que viene conduciendo la Iglesia Católica?

Que no es todavía una mediación ni mucho menos una negociación. Son
conversaciones, en este caso iniciadas por el gobierno, cuando decidió
acudir a la Iglesia Católica para que colaborara en implementar
iniciativas que oxigenaran la tensa situación a la que había llegado con
la aplicación de la espiral represiva previa.

Es importante definir las cosas con claridad, porque en este tema de
resolver conflictos cada concepto es muy preciso. Cuando las personas o
periodistas usan indistintamente términos como negociación y mediación
para lo que no pasa de ser una conversación, se crean expectativas
falsas que pueden venirse abajo de golpe. El gobierno de Zapatero
conversaba —no negociaba— con ETA hace algún tiempo, pero la prensa y
hasta algunos funcionarios hablaban de diálogos y negociaciones cuando
no se pasaba de conversaciones sobre temas puntuales para conocer mejor
las posturas de ambos.

Un bombazo en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas los hizo
aterrizar. Una de las causas de aquel atentado fue que otros líderes de
ETA consideraron que el gobierno no permitía avanzar en las
"negociaciones", y quisieron dejar constancia de su desagrado asesinando
a más personas. Al parecer, nadie les había aclarado de forma inequívoca
que aquello no era una negociación, sino conversaciones para decidir si
luego podría negociarse una fórmula de solución.

En Cuba, vemos que la Iglesia Católica conversa con el gobierno por
iniciativa de éste (que decidió escogerla de interlocutora después de
que Fariñas rechazara hablar con el Consejo de Iglesias). La Iglesia
Católica ha aceptado actuar como intermediaria —que no es lo mismo que
"mediadora"— para comenzar a comunicar a algunos de los otros actores en
este conflicto (a los que el cardenal Ortega nunca ha escuchado
seriamente antes, ni representa formalmente) lo que dice, quiere o
decide la cúpula gubernamental en relación con ellos.

El que el gobierno escuche las opiniones de la Iglesia en esas
conversaciones le concede una condición adicional de consultora a esta
institución, además de la de fungir como mensajera oficial. Lo cual no
es insignificante, si realmente la escuchan en vez de solamente oírla.
La Iglesia, por cierto, no es el cardenal. Pero la ausencia de
compromisos definitivos y precisos, la ausencia de un calendario para
continuar esas reuniones bilaterales (que ocurren solamente cuando el
gobierno decide convocarlas), y la inexistencia de plazos fijos para
cumplir sus promesas, indica la precariedad y limitaciones que todavía
tiene esa interlocución.

¿Puede confiarse en la Iglesia o en el gobierno?

En cualquier situación de conflicto los actores combaten o dialogan,
pero siempre en defensa de sus intereses básicos. Los diálogos en los
conflictos no se producen entre angelitos ni se espera que, como
resultado de ellos, los viejos enemigos salgan amándose. Lo que se
pretende cuando se "ensaya" un diálogo —esa es la mejor palabra, porque
todo diálogo es un experimento que puede fracasar— es que las partes
busquen el modo de acomodar algunas necesidades vitales y se hagan
corresponsables de un plan consensuado para avanzar hacia un nuevo
comienzo, hacia el futuro.

Como ya dije antes, aquí todavía no hemos llegado ni siquiera a un
diálogo. Lo que puede fracasar, aunque ya han dado sus primeros frutos,
son las todavía precarias conversaciones entre la Iglesia y el Estado.
Creo que la Iglesia está haciendo un esfuerzo —ya que le han dado esta
oportunidad— para convencer al Estado de que sus rígidas posturas son
contraproducentes y de que debe cambiarlas por otras más flexibles que
protejan mejor sus intereses vitales en la actual coyuntura. En ese
sentido, si bien nadie le ha conferido el poder de ser su representante,
la Iglesia está siendo vocera del clamor popular por cambios
estructurales de envergadura.

He aquí otro asunto que requiere precisión. Hay que saber distinguir
entre la defensa de posiciones y la defensa de intereses esenciales.

El interés estratégico del gobierno es permanecer en el poder. Así lo
entiende hasta ahora, aunque podría redefinirlo en el futuro. Hasta hace
poco su postura era la de jugar a la línea para proteger ese interés:
"no suelto a los presos, no cedo ante Fariñas, no permito que las Damas
de Blanco tomen la calle, no accedo a la visita del relator especial de
la ONU sobre las torturas y detenciones arbitrarias". Ahora hay indicios
de que, sin cambiar todavía su actual definición de lo que constituye su
interés estratégico (mantenerse en el poder), puede que estén
reconsiderando si, en las actuales circunstancias, la línea dura e
intolerante es la que mejor servicio les presta.

Eso no es nuevo. Fidel aplicó la línea dura para enfrentar el impacto de
la caída de la URSS y la mantuvo hasta 1994. Después del Maleconazo
—aunque no sólo por ese motivo— decidió no continuar escalando el
conflicto con una población que, angustiada, reclamaba cambios o
intentaba escapar a EE UU. Finalmente cedió a una apertura reformista
controlada que pudiera revertir más tarde, como sucedió gradualmente a
partir de febrero de 1996.

Por otro lado, la misión de la Iglesia es servir al prójimo, pero
considera también que su interés estratégico en el orden institucional
es adaptarse y sobrevivir ante circunstancias adversas, por lo que a
veces su misión toma un perfil matizado y prudente en aras de salvar la
institución para mejores tiempos. Pero aquí también —al igual que en el
gobierno cubano— hay quienes opinan (obispos, sacerdotes, creyentes) que
esa postura es insostenible en situaciones extremas como las que hoy se
viven en Cuba, y que mantener una línea de excesiva prudencia puede
comprometer el futuro de la institución si la gente termina alejándose
de la Iglesia porque se decepciona con sus posiciones timoratas.

Como ves, no sólo Raúl Castro tiene que enfrentar la presión a favor de
cambios que proviene de sus bases, también el cardenal Ortega tiene que
hacer frente a quienes le reclaman un mayor activismo social. Al final,
lo que vemos es que hay diferentes maneras de apreciar —entre feligreses
y militantes— cómo se sirve mejor a los intereses institucionales y
estratégicos de la Iglesia Católica y del PCC.

¿De qué depende que se abra una nueva fase?

Una cosa es la mentalidad y otra las posiciones. Si el gobierno no
cambia su mentalidad cualquier cambio de posición será un movimiento
táctico y transitorio. Podría vivirse una fase efímera de mejoras que
luego retrocedería si el gobierno llegara a creer que puede revertirla.
Fidel cambió de posición en 1994 respecto a los mercados campesinos, el
cuentapropismo y la cesión de espacios para el debate. Pero nunca cambio
de mentalidad. Lo veía, no como un mejor camino, sino como un movimiento
táctico, una engañifa que luego corregiría cuando el agua —que entonces
le llegaba a la nariz— bajara de nivel. Luego, burlándose de quienes lo
alentaron a emprender reformas, dijo haberlos escuchado con la paciencia
de Job y la sonrisa de la Mona Lisa. Desde el inicio él tenía decidido
lanzar una contrarreforma en cuanto se liberara de la presión del momento.

La situación financiera, económica y social del país es hoy nuevamente
crítica. No tuvo por qué ser así. La historia nunca es lineal. En el
presente siempre se anidan diferentes proyectos de futuro. El hecho de
que se materialice uno u otro depende las opciones que tomemos. En 1996,
Fidel las tomó por todos sin consultar a nadie. Se ha regresado a esta
grave situación, porque Fidel Castro volvió a apostar irresponsablemente
por la posibilidad de que un nuevo mecenas (Venezuela) sustituyera a la
URSS y pudiera sostenerse un régimen de producción y gobernabilidad
totalmente obsoleto e ineficaz con subsidios externos.

A la actual situación se le sumó —al igual que en 1994— la presencia de
protestas diversas (no sólo las de los grupos disidentes y de
oposición), que en ciertas circunstancias podrían haber catalizado, aun
sin proponérselo, algunas explosiones sociales. El gobierno quiso
aplastarlas, pero erró en sus cálculos. Las Damas de Blanco y de Apoyo
no se amedrentaron con el acoso de las turbas, ni Fariñas abandonoó su
huelga de hambre tras la declaración pública de Raúl Castro de que lo
dejaría morir sin ceder a sus demandas.

No sólo fueron llamados discretamente a capítulo por algunos de sus
amigos, o acusados públicamente por miembros de la izquierda
internacional, sino que sus propias bases internas rehusaban dar el aval
o participar en aquellos actos fascistas. La gente se negó a firmar
cartas que ampararan aquella barbaridad, o a unirse a los actos de
repudio pese a que lo habían hecho en el pasado. Cada vez más militantes
se expresaban demandando cambios reales y denunciando el inmovilismo y
la corrupción imperantes. Los periodistas independientes no se
amilanaron y se multiplicaron por todo el país, transformando una
sociedad cerrada en otra cada vez más abierta al escrutinio. De alguna
manera, las autoridades se percataron de que escalar el conflicto los
aislaría cada vez más.

¿Eres de los que opina que el gobierno cubano nunca cede bajo presión?

Con todo respeto para los que sinceramente creen esa falacia, la
actuación del gobierno demuestra —contrario a lo que afirman sus
discursos— que siempre cede cuando se conjugan la crisis económica,
financiera y social, y peligra el consenso interno sobre cómo proceder
en esas circunstancias. Una vez que cree haberse librado de esas
presiones y trascendido la crisis, vuelve a actuar del mismo modo. Hasta
ahora ha capeado esas coyunturas con ajustes temporales en sus
posiciones, pero no rectificando su mentalidad.

Liberar gratuitamente al gobierno de todas las presiones internas y
externas, sin que haya dado muestras fehacientes de dar los primeros
pasos para corregir su mentalidad, sería —a mi juicio— un grave error.

Si ahora el gobierno estuviese dispuesto a cambiar de mentalidad, y no
sólo de tácticas, podría demostrarlo cambiando las leyes migratorias,
suprimiendo la criminalización de la opinión, cancelando las leyes de
peligrosidad, permitiendo la autonomía económica de los ciudadanos,
respetando su libre asociación en defensa de derechos básicos, y de
muchas otras maneras. La vida nos dirá si la excarcelación de los presos
es una táctica o es la primera señal de un cambio de mentalidad.

Si bien me alegra, también me preocupa el hecho de que el gobierno
seleccionara, para hacer su primera concesión importante, un tema
demandado por gobiernos extranjeros (EE UU / Unión Europea), que son los
que pueden beneficiarlo grandemente a cambio de ese gesto.

El gobierno pudo haber dado un paso paralelo que fuese favorable a las
demandas más reiteradas por la población –—derecho de libre empresa,
supresión de los permisos de salida y entrada al país, acceso a
internet, etc.—, pero prefirió ceder primero a quienes pudieran darle
acceso a mejores condiciones de financiamiento y mercados. ¿Han cambiado
su mentalidad y comprendido que sólo una reforma estructural radical
puede sacar el país adelante? No lo sé.

¿Están jugando a crear nuevas expectativas de cambio con un gesto
humanitario hacia un grupo de presos cuyas plazas pueden ser cubiertas
mañana por nuevos detenidos mientras no se cambien las leyes vigentes?
Pudiera ser. Tal vez sí, tal vez no. Veremos.

Y aclaro, para evitar confusiones: con esta explicación no estoy
abogando por minimizar lo que ha venido ocurriendo en días recientes, ni
propongo adoptar una postura de absoluto inmovilismo o de desprecio ante
cualquier gesto gubernamental. Nada de eso. Deben apoyarse las
conversaciones y tratar de que ellas se extiendan a otros interlocutores
hasta transformarse en diálogo nacional de múltiples carriles. Deben
corresponderse los pasos del gobierno con otros —cuidadosamente pensados
y calibrados— para motivarlo a seguir avanzando en la dirección
correcta. Tanto el inmovilismo que emana de un total escepticismo como
la ingenuidad desmedida que hace caso omiso de las anteriores
experiencias son peligrosos consejeros en esta hora.

¿Por qué pasa esto ahora?

No hay que ver sólo a los actores, sino el contexto en que se mueven.
Esto ha sucedido porque se conjugaron una serie de situaciones. Primero,
la incapacidad del gobierno para comprender y asumir la necesidad de
cambios estructurales. Segundo, el impacto destructivo que su
inmovilismo ha tenido sobre la realidad material y espiritual de la
sociedad cubana.

Tercero, la imposibilidad de explicar los problemas acudiendo al
expediente de acusar por todo al "bloqueo" de EE UU, que hoy es el
quinto socio comercial de Cuba y provee el 80% de todas las
importaciones de alimentos (las que representan, a su vez, el 80% de
todos los alimentos que consumen los cubanos).

Cuarto, la emersión de un consenso negativo en contra del actual statu
quo que atraviesa a toda la sociedad cubana, incluyendo al gobierno y
sus funcionarios en todos los niveles. Quinto, la audacia y disposición
de sacrificio de diversos actores de la disidencia y oposición, como
Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Guillermo Fariñas, los
presos políticos, los reporteros independientes.

Sexto, la decisión de muchos militantes y personas "integradas" al
sistema de rehusar prestarse para cualquier infamia, y su creciente
voluntad de reclamar cambios sin temor. Séptimo, la presencia en la Casa
Blanca de una Administración que evita la retórica altisonante y se ha
venido caracterizando por hacer concesiones que puedan favorecer al
cubano de a pie —como en los temas de los viajes y remesas—, mientras
mantiene la presión sobre el Estado cubano. Y, por último, la desgracia
de haber sufrido pérdidas por más de diez mil millones de dólares por
desastres naturales en 2008.

Nunca como hasta ahora el sistema había quedado tan desnudo en toda su
incompetencia e inviabilidad. Nunca como hasta ahora tantas personas
habían comenzado a perder el miedo, a reclamar sus derechos y a exigir
cambios.

¿Quién crees que ganó en esta ronda?

Coincido 100% con Fariñas: la ganó Cuba. Cada paso sensato es un triunfo
para el que lo pide, pero también para el que lo da. Como bien ha dicho,
han ganado víctimas y victimarios en esta ronda. Pero, si bien no hay
perdedores, sí hay héroes indiscutibles de estas jornadas. Se llaman
Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas, Damas de Blanco y presos políticos.
Sin su determinación, inteligencia y coraje no habrían ocurrido estas
excarcelaciones.

¿Crees que el papel de Moratinos y de Lula fue decisivo en la excarcelación?

¿Es una broma?

¿Hay condiciones para levantar la Posición Común europea o las
restricciones de viaje a los estadounidenses?

No lo creo. Se requiere de una unanimidad que Moratinos no parece poder
alcanzar en el momento actual. Tampoco veo factible por ahora el
levantamiento de las restricciones de viaje a los estadounidenses,
cualquiera que sea la valoración que se tenga de ese debate. Como dije
antes: La Habana tendría que dar pasos más allá de este gesto
humanitario coyuntural para poder cambiar la actual ecuación de fuerzas
en Washington o Bruselas.

¿Fidel Castro ha aparecido casual o premeditamente en estos días?

Con él nada es casual.

¿Alguna sugerencia?

De las cosas positivas que ha facilitado la Iglesia Católica en días
recientes, una de las más valiosas ha sido el propiciar una discusión,
respetuosa pero franca, durante la Semana Social Católica, sobre temas
clave como el posible papel de la diáspora en la recuperación económica
y la necesidad de avanzar hacia diálogos reales —no los usuales montajes
mediáticos— que permitan acercarnos a la reconciliación nacional. Eso ha
sido tan importante como ayudar a tramitar la excarcelación de los
presos políticos.

Varias personas que viven en Cuba y otras que han visitado la Isla
recientemente me habían repetido que la gente, a todos los niveles, se
siente derrotada y dice que "no hay salidas". El deber de la diáspora
—que incluye pero rebasa lo que propiamente puede llamarse el exilio
cubano— es demostrar con propuestas concretas que sí las hay, y ponerlas
en la mesa.

Me abstengo de dar recomendaciones a los actores en la Isla. Recomiendo
a la diáspora cubana estar preparada para tener algo que proponer en
conversaciones que, en cualquier momento, pudieran darse con los cubanos
del destierro.

http://www.diariodecuba.net/opinion/58-opinion/2438-llos-castro-si-ceden-bajo-presionr.html

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