Saturday, December 09, 2006

Matilde me hablo del nazismo

SOCIEDAD
Matilde me habló del nazismo

Tania Díaz Castro

Esta crónica se la quiero dedicar a la poetisa Belkis Cusa Malé, quien
también fue amiga de Matilde.

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Todo escritor cubano que
haya frecuentado al inicio de la década del sesenta, a la recién fundada
Unión de Escritores y Artistas de Cuba -UNEAC-, situada en las calles 17
y H del Vedado habanero, seguramente recuerda a Matilde Domínguez,
aquella mujer alta, robusta, bien vestida, de modales elegantes, con
unos sesenta años de edad, que atendió por unos años la biblioteca de
esta organización.

Matilde fue un verdadero personaje que algunos, quizás los más curiosos,
escuchaban entre incrédulos y sorprendidos. Lo que ella hablaba y en los
términos como lo decía, impresionaba y desconcertaba a cualquiera.
Matilde había vivido bajo el nazismo alemán y delante de cualquiera lo
comparaba con el incipiente régimen castrista.

Hacía la historia de su vida con mucha frecuencia y se sentía orgullosa
de haber nacido en Cuba y en el seno de una familia culta. A partir de
sus seis años comenzó a vivir en varios países mientras su padre
desempeñaba el cargo de embajador. Vivió unos años en Japón siendo niña
y antes de que Adolfo Hitler diera su golpe de estado, su padre se
trasladó a Alemania como jefe de la misión cubana en Berlín, donde
Matilde se casó y tuvo a sus dos hijos.

Nos atraía mucho aquella mujer que hablaba varios idiomas, entre ellos
el japonés, pero sobre todo por las cosas que contaba. Su marido alemán,
según ella, un ario puro, fue militar sin mucha jerarquía durante el
nazismo. En un apartamento del barrio más elegante de Berlín vivieron
los dos hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En más de una ocasión, como si dijera la cosa más natural del mundo,
comentaba que lo que ocurría en Cuba ella lo había visto en Alemania:
todos los poderes en manos del Estado, su autoritarismo, su expansión
militar y narraba además cómo vio caer las bombas sobre Berlín como si
fueran fuegos artificiales.

Repitió más de una vez ciertas cifras del nazismo que hoy nos son
familiares, como por ejemplo, la existencia de siete millones de
prisioneros, de los cuales sólo pudo sobrevivir un millón.

Por aquellos años ni Matilde, ni quienes la escuchábamos hablar del
nazismo, sabíamos que en esta islita del Caribe, con sólo seis millones
de habitantes, existía una población penal de quince mil presos
políticos -dicho recientemente por el propio Fidel Castro-, muchos de
ellos pertenecientes a organizaciones que no se reconocían como opositoras.

Adolfo Hitler utilizó la GESTAPO para eliminar las organizaciones
políticas y llegó a tener en su partido, el único que podía haber en
Alemania, más de siete millones de miembros. Consideraba un delito la
formación de nuevos partidos y organizaciones al margen del Estado.

Muchas veces aquella anciana nos manifestó su desdén por el fanatismo
castrista, porque ese ciego sentimiento -decía- lo sufrió y lo vivió muy
de cerca en la Gran Alemania, como llamaba a ese país que le había
brindado una doble ciudadanía.

En una ocasión me comentó los libros de autores cubanos que estaban
prohibidos en la biblioteca de la UNEAC por órdenes superiores y
relacionó este hecho con algo que vio en los años cuarenta en una calle
céntrica de Berlín y que jamás pudo olvidar: una gran hoguera donde los
estudiantes nazis berlineses arrojaban libros de marxismo y los que se
refirieran a la libertad y la democracia.

En la sala de su apartamento, sobre una estufa y entre las fotos de la
familia, había una bandera nazi con fondo rojo y en cuyo centro se veía
un círculo blanco con una cruz esvástica negra y la foto de Hitler.
Recordaba cuando le pidió al esposo guardarla y cuando este, disgustado,
se negó. Ya Matilde sabía de los campos de concentración y de todo lo
que ocurría en ellos. Me dijo muchas veces que no era un misterio para
la población alemana la crueldad de Hitler y que aún así reunía
multitudes, porque un estado totalitario tiene la forma de hacerlo.

Años después que Matilde dejó de trabajar en la biblioteca de los
escritores, hice amistad con ella. Nos visitábamos y asistimos muchas
veces a conciertos de la Sinfónica y espectáculos de ballet. Su tema
preferido era hablar del nazismo, de cómo Hitler pensó que su régimen
duraría mil años y de cómo Alemania terminó empobrecida, mientras el
pueblo continuó sufriendo hasta mucho después de la muerte del dictador.
Entonces me confesó que recordaba con mucho amor a su esposo el alemán,
aunque sentía en aquellos momentos una profunda pasión por el pintor
cubano Rubén Moreira.

A finales de los años setenta dejé de ver a mi amiga Matilde Domínguez.
Alguien me contó que había marchado a los Estados Unidos con el
propósito de vivir con sus hijos y que estuvo localizando mi nueva
vivienda para despedirse de mí. Por estos días, no sé porqué, me he
acordado mucho de esta amiga y de cómo insistió en abrirme los ojos,
porque según ella, como muchos, yo estaba ciega.

http://www.cubanet.org/CNews/y06/dec06/08a9.htm

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