Posted on Wed, Dec. 06, 2006
El fin de un mito
NICOLAS PEREZ DIAZ-ARGÜELLES
No apareció Fidel Castro el sábado. El gobierno de Cuba estuvo durante
meses entreteniendo al mundo con su estado de salud, pero llegó el 2 de
diciembre y se rompió el encanto de un secreto de Estado con aires de
sainete que se estiró más que la novela Pedro el Escamoso. Ya nadie
puede llamarse a engaño. Esté el dictador muerto o moribundo, la
transición en Cuba ha comenzado.
Y el gobierno de La Habana pretende no estar desconcertado con la
próxima partida de su líder. Es cierto que ellos no se proyectan dando
respuestas diarias a sus problemas como nosotros en Miami, sino con
estrategias a largo plazo, y han estado planificando durante meses o
años este desencuentro y creían poder asimilar el fin de un hombre que
fue más aplaudido que Madonna, más temido que un César avanzando con sus
furiosas legiones sobre las Galias latinoamericanas, y más resbaloso que
una babosa con hipo. Aunque una cosa es con guitarra y otra con violín,
ahora con el cada vez más probable requiesque in pace, amén de este
grotesco sujeto se sienten tan asustados y huérfanos, que con patetismo
extienden la muerte de un hombre de carne y hueso que come, duerme,
orina, suda y se despeina, como si morir con lentitud y a pedacitos
tuviese algo que ver con la vida eterna. Mientras tanto, el búnker, con
una mayor fe en el dramatismo castrista que en su ideología, se mueve
dentro de tres sets diferentes, filmando los exteriores e interiores de
una tragedia no griega sino caribeña.
El primero es en intramuros, donde a base de tentempié y bofetada
preparan ''pinchos'' y grupos de respuesta rápida la pirámide ideológica
para el entierro del faraón, mientras quieren dar la impresión que los
días transcurren en medio de una escena bucólica repleta de paz y
dulzura, donde Dafnis y Cloe hacen el amor sobre la hierba mientras
pastores, lobos y ovejas se soportan, discrepan pero sin fiereza,
soltando el gobierno a un preso político el Día de la Caridad y
encarcelando a tres el Día de las Mercedes, para que no se rompa el
equilibrio de terror.
Una segunda toma se practica en las calles del inevitable Washington,
donde desde todas partes llegan a funcionarios de ojos azules que cortan
el bacalao cartas, telegramas, correos electrónicos, notas diplomáticas
serias, recaditos insulsos, chismecitos de solar y seguridades desde las
más altas instancias del poder en Cuba: que yo te doy mi palabra de
honor que el próximo gobierno de La Habana no va a desestabilizar a sus
vecinos, va a impedir a toda costa un nuevo Mariel e incluso puede
iniciar cambios, como lo insinuó el viernes pasado el aparentemente
incoloro pero emblemático Silvio Rodríguez.
Finalmente, el último interés de un castrismo sin brújula se ocupa con
su buró de propaganda y difamación, desprestigio y brete en tratar de
hacer picadillo a Miami. Porque ellos saben que pueden engañar a
Washington y a la opinión pública mundial, pero al exilio cubano ni de
juego. La actual nomenklatura que sucederá a Castro se leyó a Guiseppe
Tomasi de Lampedusa y saben que somos los únicos que podemos impedir,
como dijo don Fabricio Corbera en Il Gatopardo, que ellos logren ''que
todo cambie (en Cuba), para que todo siga igual''. Por eso, para
distraernos, si no zarandean a The Miami Herald, prenden un fósforo y
echan gasolina sobre Radio Martí, al cual temen como el diablo a la
Cruz, porque saben que una sola noticia bien dada y difundida en la isla
por esa emisora, si llega a 10,000 radioescuchas, tiene más poder de
destrucción sobre ellos que 100,000 fusiles.
Mientras tanto, nos enfrentamos al minuto más importante de 47 años de
exilio. Lo que hagamos u omitamos hoy se reflejará mañana en nuestras
vidas. Las cosas han comenzado bien: Raúl Castro por segunda vez le
ofrece a George Bush sentarse en una mesa de negociaciones, y el
presidente norteamericano le responde que con quien el sucesor tiene que
sentarse a hablar es con el pueblo de Cuba. Lo mejor que le he oído
decir al actual inquilino de la Casa Blanca. ¿Eso indica que tendremos
voz y voto en un nuevo Tratado de París y que, salvando las distancias,
no nos dejarán en las puertas de La Habana, como el general William
Schaffer dejó en las puertas de Santiago de Cuba al generalísimo Calixto
García? El tiempo dirá la última palabra.
nicop32000@yahoo.com
http://www.miami.com/mld/elnuevo/news/world/cuba/16171617.htm
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